martes, 17 de julio de 2012

Entrevista publicada en Crónica Popular


Enric Llopis || Periodista.
Valencia.

“El gobierno del miedo. Es éste uno de los elementos más perniciosos de las políticas neoliberales. Asistimos hoy, de hecho, a una creación políticamente interesada de inseguridad, con el fin de generalizar el miedo en la sociedad y así evitar, por un lado, la resolución de los grandes problemas que nos afectan; y, por otra parte, aplicar políticas de recortes sociales y de derechos básicos”. De este modo opina el politólogo Manuel Monereo, que ha impartido el último taller de la Academia de Pensamiento Crítico de Socialismo 21 y El Viejo Topo, titulado “Pautas de comportamiento geopolítico: desmoronamiento de la hegemonía estadounidense”.

Además de militante histórico del PCE y ex director de la Fundación de Investigaciones Marxistas, Manuel Monereo es politólogo, abogado laboralista, miembro de la Asociación Socialismo 21 y del Consejo Editorial de “Crónica Popular”. Formó parte de la dirección de Izquierda Unida y ha escrito –solo o en colaboración con otros autores- “Con su propia cabeza. El socialismo en la obra y la vida del Che”; “Rosa Luxemburgo. Actualidad y clasicismo”; y “Porto Alegre. Otro mundo es posible”, editados los tres libros por El Viejo Topo.

Naomi Klein describió muy certeramente en “La doctrina del Shock” el valor del miedo como coartada para la implementación de ajustes y recortes. Como quiera que todo sistema político y socioeconómico necesita para reproducirse generar seres humanos funcionales, el neoliberalismo no supone una excepción y se ha aplicado a la tarea: “Ha construido un modelo que genera inseguridad social e individuos solitarios, desarraigados y llenos de miedo; preparados para hacer lo que se les ordene; dispuestos a vender su fuerza de trabajo a cualquier precio y que busque salidas individuales a los problemas colectivos; vivir, por tanto, se convierte en una guerra en la que se salva únicamente el más fuerte”, afirma Monereo.

domingo, 27 de mayo de 2012

¿Gobierno de coalición? De los partidos sistémicos y los diversos modos de mandar.



Se vuelve a discutir en los mentideros de la "villa y corte" de un posible y hasta deseable gobierno de coalición PP-PSOE. ¿Las razones?  La incapacidad del gobierno; el agravamiento de la crisis y la creciente contestación social. Más allá, la perceptible separación entre la "clase política" y la ciudadanía, incluido "la madre de todas las alarmas" el Rey y la institución Monárquica.
    No es la primera vez que se defienden posiciones como estas o, más tímidamente, de unos nuevos "Pactos de la Moncloa", es decir, un gran acuerdo político-social para "salir de la crisis”. El asunto no parece fácil: de un lado, porque las políticas que se viene aplicando muestran la radical incompatibilidad entre el capitalismo que emerge en la crisis  y los derechos laborales, sociales y sindicales de los asalariados. Como recientemente ha dicho el Presidente del BCE, en la Unión el Estado Social está en proceso de desaparición y es poco o nada lo que se puede ofrecer a los sindicatos y a los ciudadanía; de otro, porque una "gran coalición" es siempre la penúltima opción, más allá, no queda territorio donde retirarse: Grecia aporta muchas enseñanzas. Quizás, lo nuevo que emerge es que los que realmente mandan empiezan a dudar de la capacidad de este gobierno para gestionar con cierta eficacia una crisis a la que no se le ve fondo y, lo que es más grave, donde se están agotando los márgenes de maniobra.
            La cuestión del bipartidismo emerge así con sus límites y contradicciones. sigue leyendo>> 

viernes, 6 de abril de 2012

España: del sueño a la pesadilla




La depresión social y psicológica que hoy viven los españoles (fundamentalmente,  sus viejas y nuevas capas medias) solo se puede explicar por un sueño colectivo que se frustró, después  de más una década de crecimiento.  Tras 40 años de dictadura y la compleja y contradictoria transición democrática, situaron el ingreso en lo que luego se llamó Unión Europea en un horizonte ideal donde era fácil asociar democracia, progreso económico y derechos sociales. España como problema y Europa como solución nunca aparecieron  tan claras para el conjunto de la clase política y para una parte mayoritaria de la opinión pública. Así, hasta ahora.
El segundo”milagro español” (el primero, como es conocido, fue el “desarrollista” de los años sesenta del siglo pasado, en plena dictadura de Franco) generó no sola una gigantesca “burbuja inmobiliario-financiera” sino un “sentido común” de masas que sirvió de sólido fundamento  a  una “coalición por el crecimiento” que agrupó a una mayoría social  bajo la hegemonía (ideal y material) de los poderes económicos-financieros.  El “ya somos como ellos” y  el “somos europeos” se confundieron: atrás quedaban definitivamente el atraso económico y el complejo de inferioridad de un pueblo en busca de  una modernidad perdida y casi nunca encontrada.
Ahora todos afirman que el patrón de crecimiento era insostenible y que se veía venir su crisis. Pero no fue así anteriormente. Muy pocos, poquísimos, advirtieron (a  finales de los noventa) las debilidades y contradicciones; pocas, muy pocas fuerzas políticas y sindicales (solo Izquierda Unida y le costó una crisis interna muy grave)se opusieron al tipo de integración europea dominante y, sobre todo, a la moneda única (el euro). Hoy es  un lugar común decir que el euro estaba mal diseñado y que hubo un exceso de voluntarismo en su concepción y ejecución, pero los que defendieron (defendimos) eso mismo hace 15 años fueron durísimamente hostigados y condenados al ostracismo político.
Se ha podido definir el patrón como modelo de crecimiento “a crédito” o a “préstamo”. Hay mucha verdad en ello. La salida a la crisis de los noventa se hizo aprovechando cuatro circunstancias: tipos de interés muy bajos, abundancia de crédito, ayudas de la Comunidad Europea y el ingreso en el euro. Esto sirvió para, lo diríamos así, aprovechar  las “ventajas comparativas” reales: geografía, turismo y desarrollo financiero. El eje organizador  fue  la construcción de viviendas e infraestructuras en íntima relación con el incremento del consumo privado, impulsado por el capital financiero y con la complicidad de la clase política, es decir, el PP, El PSOE  y las derechas nacionalistas. Durante más de una década se hizo realidad la utopía del alquimista: convertir las piedras (el ladrillo) en oro. De 1997 a 2007 los precios de la vivienda subieron un 220%. Entre 2002 a 2007 se construyeron en España  más viviendas que en Alemania y Francia juntas (tienen tres veces más población y dos veces más territorio). En el 2006 se iniciaron 900,000 viviendas: más que en Alemania, Francia e Italia juntas. Literalmente, oro y locura consentida  y apoyada por los medios de comunicación.
Como se ha señalado, el  euro impulsó decisivamente el proceso y lo aceleró. Se estaba ante un caso claro de “dopaje” económico. De un lado, el euro le daba a España (y a los países periféricos Grecia, Portugal, Italia e Irlanda: los PIIGS) la cobertura de una moneda fuerte y minimizaba la importancia de los (recurrentes) déficit  comerciales; de otro (era la otra cara de la moneda) la iba endeudando cada vez más fuertemente y la obligaban a conseguir volúmenes crecientes de financiación. No estamos hablando de cosas pequeñas. El déficit por cuenta corriente alcanzó en el 2005 el 7,4 % del PIB: el más grande, en términos relativos, del planeta. En el 2007 llegó al 10% del PIB: el segundo en términos absolutos, detrás de los EEUU.
El problema del  euro es este: la convergencia en términos nominales, sin un banco central real, sin una haciendo pública común, sin una coordinación efectiva delas políticas económicas,sin una seguridad social que englobe al conjunto, como mínimo, de la Eurozona, consolida e incrementa las asimetrías entre países. Para ser más precisos, lo que  ha ocurrido estos años es que los países centrales, fundamentalmente Alemania, pusieron en marcha estrategias neo-mercantilistas  que consiguieron abundantes superávit con los países periféricos del sur. Esos excedentes fueron usados para financiar (a cambio de enormes beneficios, no hay que olvidarlo) a esos mismos países: ¿Se puede mantener un proceso de integración así diseñado?
No hay que engañarse: lo que se “rescatan” nos son los pueblos o los Estados, se rescatan bancos y se empobrecen a los pueblos para asegurar que los acreedores cobren. ¿Quién son esos acreedores? Fundamentalmente, bancos alemanes y franceses.  Los países del sur somos cada vez más “Estados intervenidos” y “protectorados” de  la Gran Alemania. Por cierto, ¿se podrá pagar la deuda?.  No parece demasiado probable. Y eso,  llamados “mercados” (la plutocracia internacional) lo saben. Los últimos datos hablan de una deuda de la economía española del 394 por ciento del PIB (unos 4 billones de euros) dela cual corresponde al sector público un 73% y el resto 321% a entidades financieras, empresas y familias.
Si todo esto lo mirásemos desde la historia habría que reconoce con Braudel (tan vinculado al Brasil) que no es concebible una moneda sin un Estado soberano que lo respalde. La política retorna por su lado grande. La Unión Europea no es un Estado  y muchos menos un Estado democrático; España no es ya, en la práctica, un Estado y, además, después de la crisis está sin margen de maniobra y a merced de la banca alemana (ahora si, y de su Estado).
Teóricamente, parecen posibles dos salidas: que la integración se acelere hacia alguna forma-Estado más o menos reconocible, o que se retorne hacia los Estados–Nación. Cabe una tercera: seguir como estamos, es decir, aceptar el “golpe” de los mercados (y sus Estados) y poner fin a los derechos sociales y laborales conquistados en un siglo de luchas de clases y con dos guerras mundiales por medio.
Mientras, las personas sometidas, como dice Krugman, a  las “políticas del dolor”. En España hemos alcanzado ya la cifra de 5,3 millones de parados (22,8 %  de la población activa). Según el nuevo gobierno de la derecha (y como consecuencia delas políticas de ajuste) llegaremos muy cerca de los 6 millones (24,3% de la población activa). El 22% de la población está por debajo del umbral de la pobreza y por primera vez en decenios, las rentas empresariales superan  a las rentas salariales.
Estamos (ustedes lo recuerdan bien) en plena ”lucha de clases desde arriba”. Un estado de excepción decretado por los poderes económicos –financieros. ¿Y los de abajo? Eso ya es otra historia.
Manuel Monereo Pérez
Madrid, 14 de marzo de 2012

miércoles, 4 de enero de 2012

sábado, 19 de noviembre de 2011

En el día de reflexión


Tanto las sociedades como las personas evolucionan, mezclando continuidad, cambio y ruptura. Hay momentos y momentos. Hoy toca la ruptura. SI bien puede parecer que las personas no hacen la historia y que la dirigen quienes tienen el poder, esto es una verdad a medias. Cuando los trabajadores, los pueblos, las mujeres y los hombres comunes y corrientes se organizan, se dotan de un proyecto y se movilizan, ellos y ellas marcan la historia. En este contexto, eso es más necesario que nunca pues vivimos una etapa sustancialmente nueva y, sobre todo, peor. Si no tomamos nota de esto, no tendremos fuerza para resistir y mucho menos para pasar a la ofensiva.
Desde hace tres años, vivimos un estado de excepción decretado por el capital financiero internacional y que tiene a la Unión Europea como instrumento dedicado a desposeer a la ciudadanía de sus derechos políticos, sociales y sindicales, y como herramienta para forzar la renuncia a la soberanía popular en cada uno de los Estados. Es el llamado Consenso de Viena, la versión europea del Consenso de Washington, aplicado en el territorio europeo y en sus Tratados de Libre Comercio con terceros países.
 Este estado de excepción tiene dos características: el predominio de los poderes reales, de hecho, y la suspensión del Derecho. (seguir leyendo ->)

sábado, 5 de noviembre de 2011

¿Serán las próximas elecciones fundacionales?

"El enemigo no es otro que la oligarquía económica y financiera, que ha cooptado a la clase política"

" Hay que construir una fuerza democrático-popular capaz de ganar a las mayorías sociales desde una propuesta clara que sitúe el poder ciudadano en su centro y la República en el horizonte de lo posible: Para ello es necesario propiciar una ruptura democrática con las instituciones y «los poderes salvajes» que nos gobiernan"

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