domingo, 18 de octubre de 2015
lunes, 12 de octubre de 2015
Después de las elecciones en Cataluña, necesitamos un nuevo proyecto de país
¿Estamos interiorizando la derrota?
Creo que sí. Las señales empiezan a estar ahí. Parecería que la
única lección que se saca de las elecciones catalanas es el fracaso
de Catalunya sí que es pot, derivadamente, de Podemos y, más allá,
de Pablo Iglesias. Si el primer intento serio de unidad es percibido
como derrota, si no se explica bien, lo que viene después es
conocido, la lucha, el combate por la unidad ya no tendría sentido
y que cada cual debería buscarse su propio nicho electoral, aunque
sea a costa de un conflicto muy serio en un mismo bloque político-
social .
Asombra el coyunturalismo y el
electoralismo ciego. Hay diversas maneras de entender e interpretar
los resultados de las elecciones en Cataluña. Yo no lo voy a hacer
ahora, tiempo habrá. Solo prestar atención en sus consecuencias
para el conjunto de
Es seguro que, tanto la dirección de
Catalunya sí que es pot como la de Podemos, eran plenamente
conscientes de que ésta era la gran dificultad a vencer. Hay que
reconocer la derrota, discutir a fondo sus causas, los errores
cometidos y, sobre todo, rectificar la línea principal, a saber:
no ser como ellos, diferenciarse y hacer una propuesta comprensible
para la mayoría de la sociedad. Las victorias van, casi siempre,
precedidas de derrotas y sabemos perfectamente que las únicas
batallas que se pierden son las que no se dan. Las elecciones
catalanas deberían de dar para mucho y no quedarse en el puro y
simple partidismo de los que siempre están dispuestos a aprovechar
la valoración de unos resultados electorales para justificar el
sectarismo y la prepotencia.
Se está olvidando lo fundamental, que
podría plantearse del siguiente modo: las elecciones en Cataluña,
¿favorecen la restauración o contribuyen a la ruptura? Este debería
ser el criterio básico de evaluación. La resultante es
contradictoria y con su punto de ambigüedad. Es cierto que la crisis
del régimen se acentúa y que la llamada “cuestión catalana” va
a estar ahí como problema real durante mucho tiempo. También parece
evidente que el anunciado avance electoral de Ciudadanos nos dice que
el régimen ha sabido fabricar una fuerza de recambio y que ya existe
una derecha alternativa al PP, que le disputará el centro al PSOE;
el partido de Pedro Sánchez no se hunde y, lo fundamental para
ellos, sigue por delante de Podemos. Analistas de diverso signo han
puesto el acento en la profunda y duradera fractura de la sociedad
catalana; visto desde la distancia -que como antes se dijo es algo
más que espacio- lo sobresaliente sería que por primera vez el voto
despectivamente llamado “españolista” no solo se moviliza en una
elecciones autonómicas sino que se organiza como alternativa
política al independentismo. Lo que se daba de forma fragmentaria y
difusa en la sociedad, se traduce en voto y se hace política.
Hace unos meses argumentábamos que la
crisis del bipartidismo era una de las varias expresiones de la
crisis del régimen. No nos equivocábamos. Con Ciudadanos la cosa
cambia, desde el propio régimen, desde los poderes reales, se
fabrica y organiza la expansión de una fuerza política “nueva”,
“joven” y “moderna” capaz de construir una nueva centralidad
en la política española desde un programa de “renovación”
neoliberal de verdad, es decir, conducir la enésima y penúltima
restauración monárquica en España. El triunfo sería realmente
histórico: cerrar por arriba y por la derecha una crisis de régimen
que empezó por abajo y por la izquierda.
Cuando se dice que Sí que es pot y
Podemos han fracasado, lo que se está diciendo realmente es que se
está construyendo una correlación de fuerzas contra el cambio y que
la transformación está siendo sustituida por el transformismo, es
decir, por una operación política dirigida y organizada por la
trama económica, mediática y financiera dominante. Esto es lo que
debería preocuparnos. Llevamos tiempo discutiendo de listas, de
coaliciones, con un movimiento social estancado y sin perspectivas,
sin un proyecto de país alternativo y sin responder eficazmente a
los envites del poder. Llevamos meses a la defensiva, con un goteo de
malas noticias y con la experiencia de Grecia pisándonos los
talones. Ahora no sabemos demasiado bien si lo que estamos vistiendo
es la unidad o a quién culpabilizar de la división. En medio, las
gentes que siguen aspirando a una sociedad más justa e igualitaria,
a construir un futuro para todos y, especialmente, para los jóvenes
condenados a la precariedad, a salarios de pobreza, a la inseguridad
permanente y a la emigración.
¿Esto qué significa? Que los de
abajo, los hombres y mujeres comunes viven ya con el miedo en el
cuerpo. Cuando no hay salida colectiva, el sálvese quien pueda se
impone. La restauración en ciernes puede ganar y duraderamente. Es
esto lo que hoy está en juego en nuestro país. Hay un “plan B”
de las fuerzas del régimen que se está cociendo a fuego lento y
discutiéndose en las covachuelas del poder. Ese plan tiene dos ejes
claves, modificar el sistema electoral en un sentido aún más
mayoritario y reformar la Constitución orientándola hacia la
recentralización político-administrativa, el autoritarismo social y
la defensa de las políticas que vienen de la Unión Europea, es
decir, poner fin a los elementos progresivos de la Constitución
vigente y constitucionalizar formalmente la nueva correlación de
fuerzas organizada por las clases dominantes. Ciudadanos podría
convertirse en el eje de la transformación política en el país;
aparentemente, combatiendo a la casta, a la partidocracia y a la
corrupción y, en la práctica, realizando la otra “revolución
pendiente”: el neoliberalismo hasta el final en íntima alianza con
la troika.
Hemos hablado mucho de gobierno de
coalición PP-PSOE. Con el avance de Ciudadanos la perspectiva
cambia; estos pueden gobernar tanto a derecha como a izquierda,
aliándose bien con el PP, bien con el PSOE, convirtiéndose en la
nueva centralidad política del país. De ahí la enorme importancia
de la reforma de la Constitución con el objetivo explícito de
adaptarla a la UE que, en lo concreto, significa aceptar el papel
periférico y subalterno que se está imponiendo en la Europa alemana
del euro. Para que se me entienda con claridad: un país dependiente,
un protectorado como España, no puede tener un Estado social digno
de ese nombre, no puede tener derechos sociales y sindicales
avanzados y libertades reales para las mayorías sociales.
Ahora que nos estamos jugando la unidad
y que se empieza a interiorizar la derrota, deberíamos volver a la
política en grande y combatir a los que, de nuevo, quieren imponer
el partidismo estrecho y el sectarismo de siempre. Ahora más que
nunca, hay que hacer política, cerrar lo antes posible los debates
de las listas y situar en el centro los problemas de nuestras gentes.
Tenemos dos meses para recuperarnos. El “sí se puede” que
gritamos cada vez que nos juntamos sigue teniendo pueblo y ciudadanía
detrás. Hace falta un proyecto claro y diferenciado que diga quienes
son los enemigos y cómo combatirlos; que denuncie con precisión lo
que significa el programa restaurador neoliberal en curso y que
defienda un proyecto de país alternativo.
miércoles, 23 de septiembre de 2015
Tsipras: la normalización
Grecia ya es un país normal. Las
elecciones han sido las normales. La campaña ha sido la normal, sin
injerencias externas; las pocas, favorables. El clima político, el
normal, una mezcla contradictoria, entre la resignación y el “no
ha podido ser”. La abstención, la normal, es decir, creciendo y
mucho, no es bueno que la política provoque pasiones —los
terribles populismos, tan dañinos para la estabilidad—, esta debe
ser razonablemente aburrida y lejana. No ha habido polarización
real, solo lucha por la alternancia entre la buena derecha y, ahora,
la buena izquierda. Los medios han jugado a lo normal, escorándose a
la derecha, pero sabedores —las encuestas estaban ahí— de que
Tsipras podía volver a ganar; sin pasarse, pues; lo más neutrales
posible. Todo normal, Grecia, gracias a Tsipras, ha sido normalizada
y los griegos han aceptado la derrota como inevitable, al menos, por
ahora.
¿Qué se elegía realmente en estas
elecciones? Quién y cómo se iba a gestionar el programa de la
troika, porque de eso se trataba y de eso se trata. Los hombres de
negro hace tiempo que volvieron a Grecia y tienen acceso directo a
las estadísticas públicas. Como comisarios políticos que son de la
troika, tienen que discutir con los funcionarios griegos, cada punto,
cada ley, cada decreto administrativo, cada resolución. La Grecia
normalizada, la Grecia domesticada, va a aplicar ahora,
democráticamente legitimado, el programa dictado por los enemigos
del pueblo griego.
Algunos me han criticado por hablar de
transformismo al referirme a Tsipras. Ahora, con su gloriosa
victoria, se ve con claridad lo que realmente significa el término
que tan profusamente emplearon los padres de la ciencia política
italiana y que Antonio Gramsci hizo suyo: los enemigos de la troika,
los mismos que ganaron credibilidad y prestigio enfrentándose a
ella, aplicarán ahora su programa, un programa que Syriza
calificaba, no hace mucho tiempo, de austericida. Se trata de una
victoria completa de los que mandan hoy en Europa, en íntima y
natural alianza con la oligarquía de ese país. Es hegemonía de la
buena, de la que crea consenso, de la que dura en el tiempo:
hegemonía acorazada de coerción.
Ahora todo el mundo es de Tsipras, la
normalidad nos acecha. Cuando se habla del realismo de Tsipras, de su
pragmatismo, hasta de su valentía por aceptar la realidad tal como
es, es decir, inmodificable, inmutable, incambiable, se olvida que
todo el enorme capital político acumulado por Syriza se hizo
defendiendo un proyecto que tenía en su centro la reivindicación de
la soberanía popular, la salida urgente de la austeridad y el
respeto por los derechos sociales de las mayorías. Con este
proyecto, con un líder joven con fama de sincero y con una
movilización social imponente, Syriza derrotó a la derecha y
aniquiló al Pasok. Cuando se mira sólo el final de la película y
se intentan sacar lecciones de la experiencia griega, no se debería
olvidar que los pragmáticos de hoy fueron antes irrealistas,
utópicos y, sobre todo, rebeldes que no aceptaron las reglas del
bipartidismo dominante; que hicieron de la insubordinación moral y
política un poderoso instrumento contra una casta que vendía el
país al por mayor, que, en definitiva, construyeron la esperanza de
un pueblo y reconciliaron la democracia con la justicia, con los
derechos de las mayorías, con la soberanía del país. Hoy, esta
fuerza política ha sido normalizada, domesticada y convertida en la
mano izquierda de los que mandan y no se presentan a las elecciones.
François Hollande lo ha dicho con
mucha claridad, la victoria de Tsipras tendrá una gran influencia en
la izquierda europea. Claro que sí, en esto tampoco se equivoca el
también pragmático y realista presidente francés. El mensaje es
claro y la Grecia normalizada lo prueba: no son posibles programas de
izquierda en esta Europa alemana del euro. Lo que realmente tienen
que hacer las poblaciones y una clase política responsable es
defender propuestas compatibles con Bruselas, con las sabias y
ponderadas propuestas de la incomprendida troika y, más allá, de la
buena señora Merkel. Si no es así, si siguen apostando
irresponsablemente por los populismos, serán penalizadas, serán
castigadas, después de un largo proceso de criminalización y de
desprecio.
Este mensaje es de masas. Estará en el
centro de nuestras próximas elecciones. Un conocido dirigente de la
izquierda española ha dicho, hace pocos días, que estas cosas
ocurren porque se hacen propuestas que no se pueden realizar,
propuestas irrealistas, inaplicables dada la correlación de fuerzas.
La consecuencia lógica de esto es también clara y distinta: hay que
hacer programas compatibles con la troika o que al menos respeten sus
“líneas rojas”, solo esos se pueden realizar. Esto tiene, al
menos, dos problemas: 1) que el capitalismo monopolista-financiero
dominante —la troika es su expresión política— exige, en su
normal y cotidiano funcionamiento hoy, sacrificios humanos en
derechos, en libertades, en condiciones de vida y de trabajo,
incompatibles con cualquier tipo de reformismo fuerte o débil; 2)
que en España existe ya un partido capaz de realizar estos gloriosos
y realistas cometidos sin necesidad de grandes mutaciones ni de
grandes esfuerzos programáticos o de imagen: el Partido Socialista
Obrero Español.
Los que están de vuelta sin haber ido
a parte alguna empiezan a defender aquello de que al final nada
pasará y que los que mandan lo seguirán haciendo sin grandes
complicaciones. La vida es lucha y lo de Grecia nos dice que nuestras
clases dirigentes tienen mucho poder. Se puede continuar con aquello
de quien construye en el pueblo construye sobre el barro y que no hay
más cera que la que arde. Cambiar la sociedad en un sentido
democrático e igualitario nunca fue fácil. Algunos venimos de una
tradición que partía de una afirmación audaz: conocer el mundo
para transformarlo. Ese mundo, la realidad, era contradictoria,
contenía pliegues diversos y muchas veces antagónicos. La “realidad
de lo real” no es única y apunta a varias direcciones posibles.
Hay realistas irreales, por así decirlo, y realistas reales. Bertolt
Brecht, en el Me-ti, llamó a estos últimos dialécticos. Una cosa
es segura: la normalidad de nuestros “realistas” nos mata.
domingo, 20 de septiembre de 2015
Una España federal-republicana en una Europa democrática y pacífica
Discutir con un compañero como Ferrán
Gallego (FG) es siempre una oportunidad para ir más allá de la“política politicista”, de la respuesta coyuntural a una agenda
casi siempre marcada por el adversario, de un día a día que absorbe
las mejores energías y que carcome el discurso alternativo, en
definitiva, una invitación para pensar en grande. Esto obliga a
situarse bien en la fase concreta, sin olvidar el ciclo largo de una
historia que no comenzó ayer y que nos marca y nos marcará
definitivamente durante décadas. No se debe olvidar que FG, es,
sobre todo, un historiador competente, especialista, entre otras
muchas cosas, en los diversos fascismos y en los varios populismos
conocidos, desde su temprana tesis doctoral sobre los militares de
izquierda en Bolivia.
Hablo de discutir, de discurrir con un
compañero con el que creo estar de acuerdo en cosas sustanciales del
presente, de nuestro presente colectivo como país y pueblo. Quisiera
discutir sobre varios asuntos: a) la Grecia de Syriza; b) la
naturaleza de la Unión Europea; c) el Estado alemán; y d) la vieja
y nueva cuestión del Estado-Nación, ligada a la soberanía popular
y a la democracia republicana.
Lo de Grecia duele y seguirá doliendo,
es más, me temo que veremos cosas peores muy pronto. FG señala el
centro del asunto: aceptar que hay un limite sistémico que los
Estados, los pueblos, no pueden superar, es decir, interiorizar,
convertir en política que la soberanía popular y la independencia
nacional tiene que someterse a la dictadura de los acreedores
organizados por los poderes de la Unión y garantizados por la “gran
Coalición” que gobierna el Estado alemán. FG dice también en
esto lo que hay que decir: una cosa es ser derrotado y otra cosa muy
diferente es asumirlo y, sobre todo, hacer la política del
adversario, del enemigo de clase.
Aquí conviene hacer una pequeña nota.
Para justificar lo injustificable, a mi juicio, se suele decir que
Tsipras está ganando tiempo, está creando condiciones, por así
decirlo, para una superación futura de la derrota. Se subestima, en
primer lugar, que el gobierno griego está aplicando un nuevo
memorándum: ¿eso qué significa? Que están privatizando los
sectores más significativos del patrimonio público, demoliendo lo
que queda del Estado social, desregulando hasta el final los derechos
laborales y sindicales, desintegrando la sociedad y liquidando las
instituciones básicas del gobierno. Para decirlo de otro modo: están
realizando el programa neoliberal. Esto es decisivo, la clave de este
programa −que le hace materialmente (contra) revolucionario− es
su voluntad de permanencia, en un sentido preciso: que los gobiernos
que vengan detrás nunca puedan cambiar el modelo creado.
El otro asunto, en segundo lugar, es
que el partido Syriza en este proceso habrá cambiado de naturaleza.
Creo que el partido de Tsipras ganará las elecciones y que la Unidad
Popular no sacará un resultado demasiado brillante. Esta es la gran
victoria de los que mandan: matar la esperanza, obligar a escoger
entre lo malo y lo peor, convertir la democracia en un juego con las
cartas marcadas, desligar la política de la transformación social.
Todo ganancias, pues.
FG señala un dato que nos va a servir
de “hilo rojo” en este escrito, la clave de lo que fue el efecto
Syriza, volver a situar en el centro de la vida pública la soberanía
popular, el Estado nacional y la democracia en un sentido fuerte,
entendida como elección entre modelos de sociedad y organización
del poder. No fue poco, de ahí que la capitulación de Tsipras haya
tenido consecuencias tan negativas; de ahí, también, que la
victoria para los poderosos haya sido tan importante, tan decisiva,
mandando una aviso claro y rotundo: los hombres y mujeres, la
ciudadanía, nada vale, nada cuenta, frente al poder real de los
bancos, de los acreedores, de los Estados ricos, de Alemania. La
desmoralización organizada y programada.
La “cuestión alemana” y la
naturaleza de la UE van de la mano. Aquí tampoco se equivoca FG. Lo
que hay detrás del proceso de integración no es otra cosa que “la
destrucción de la soberanía popular y la demolición de los
Estados”. Aquí aparece, nuestro historiador lo sabe muy bien, lo
que ha sido una de las últimas trincheras de la socialdemocracia, el
llamado y nunca bien concretado federalismo europeo. La ideología
europeísta tiene aquí su fundamento básico: construir paso a paso,
de crisis en crisis, un espacio económico, político y cultural que
nos conduzca a los Estados Unidos de Europa. Cada tratado, cada
directiva o resolución que ceda soberanía de los Estados a ‘Europa’
es vista como una señal en la buena dirección, un avance en el
necesario e irreversible camino de la Unidad. Poco importa que dicho
proceso se haga fortaleciendo el poder de organismos e instituciones
esencialmente no democráticas. Tampoco parece demasiado relevante
que los principios neoliberales y sus políticas sean
constitucionalizados, que el Estado social sea sistemáticamente
demolido y que la UE se rompa entre un centro cada vez más poderoso
y una periferia sur económicamente dependiente y políticamente
subalterna, devenida progresivamente en protectorado; son, se insiste
una y otra vez, los costes necesarios que hay que pagar por la unidad
europea.
Ferrán Gallego, afirma con todo
claridad que “La cacareada ‘nueva soberanía’ desplegada hacia
arriba, hacia la constitución de una sola representación de un solo
pueblo europeo en instituciones transnacionales es un fraude, cuya
mezquina y decidida voluntad ha sido siempre la de destruir los
espacios políticos que podían ofrecer márgenes de maniobra para la
protección de los derechos sociales y para la obtención de espacios
de movilización y representación de los sectores subalternos”. Lo
que hay en el trasfondo, él lo sabe muy bien, es una viejo proyecto
de Von Hayek: impulsar una variante del “federalismo económico”
que sustraiga a la soberanía popular, a la ciudadanía
democráticamente organizada, el control sobre la política fiscal y
monetaria, impida la regulación del mercado y prohíba la
intervención directa del Estado en el conjunto de la actividad
económica y empresarial.
El otro lado de la cuestión es también
evidente: impedir el ‘Leviatán’ de los Estados Unidos de Europa,
es decir, de un súper Estado que pueda ser “politizado” por las
poblaciones y caer en la tentación de las democracias plebeyas de
controlar con mano firme la economía. Lo que se construye realmente
es un ‘federalismo económico’ fuertemente autoritario,
políticamente centralizador, al servicio de los poderes económicos.
Lo nuevo es que las durísimas políticas de austeridad y la cuestión
griega lo han hecho visible para las mayorías, especialmente, las de
la periferia sur.
El tema central sigue siendo el Estado
alemán. Casi todo el mundo lo sabe ya: la señora Merkel −al
frente de la Gran Coalición de democristianos y socialdemócratas−
es la que realmente manda en la Unión Europea. La desestructuración
de los Estados europeos, la planificada demolición de la soberanía
popular tiene, al menos, una excepción, el país germano. Es la gran
paradoja del “federalismo” realmente existente: la UE se está
organizando como sistema de poder y dominio en torno a un Estado
nacional que tiene definida una estrategia de desarrollo económico
neo mercantilista y deflacionario basada en el dumping social y en un
nacionalismo exportador. De ahí que cada vez que se demanda “más
Europa” lo que realmente se consigue es un control cada vez más
fuerte de la poderosa Alemania, mayor poder para los grupos económico
financieros dominantes y menos peso de la política entendida como
autogobierno democrático, sin olvidar, que todo esto va unido a una
creciente subalternidad a los dictados imperiales del ‘amigo’
norteamericano.
FG apuesta en tiempos como los
presentes por construir “una nueva subjetividad de resistencia y
transformación”, un sujeto político democrático-popular en torno
a la defensa del Estado republicano y federal. No es poca cosa. Estoy
convencido, como él, que el tipo de integración europea que
representa la UE es un instrumento de expropiación, de acumulación
por expolio, de derechos y libertades de los pueblos y de los
Estados, un mecanismo político e institucional que tiene como
objetivo liquidar las conquistas históricas del movimiento obrero
organizado, forjadas, nunca se debe de olvidar, en más de un siglo
de cruentas luchas sociales, de guerras y de enorme sufrimientos de
las y de los de abajo. La Unión Europea, insisto, este tipo concreto
e históricamente determinado de integración europea que se presenta
totalitariamente como la única posible y por tanto irreversible, se
está convirtiendo en el mayor enemigo de una Europa verdaderamente
democrática, pacífica y autónoma. La Europa europea, por así
decirlo, es la vieja intuición de De Gaulle, solo será posible si
se basa en los derechos sociales, la soberanía popular y la
independencia nacional. La pregunta hay que formularla: ¿por qué
una UE aparentemente fuerte, unida, integrada, es cada vez más
subalterna de los EEUU?
Para terminar, un asunto de mucha
actualidad y que da muchas pistas sobre las ideas de fondo que FG
defiende y propone. El enorme auge del independentismo catalán
tendría que ver, entre otras causas, con el desamparo, la
inseguridad, el retroceso social que las personas reales y concretas
están sufriendo, privadas de instrumentos de protección política,
de defensa ante la enorme agresión de los poderes económicos y
financieros que de nuevo exigen sacrificios humanos. Dotarse de
Estado, en este sentido, interpreto, sería una respuesta, con los
“materiales histórico-sociales disponibles” (nacionalismo
catalán e inexistencia de un proyecto nacional-popular alternativo),
a la crisis político-cultural de nuestras sociedades. Me viene a la
memoria el Karl Polanyi de la “La Gran Transformación” y las
duras, durísimas, experiencias de la historia europea cuando el
capital −el “mercado autorregulado” en su terminología−
intenta, una vez más, dirigir y colonizar nuestra vidas. Hay que
seguir discutiendo.
lunes, 7 de septiembre de 2015
Mélenchon contra Merkel: el Estado alemán viene para mandar
Para Moreno Pasquinelli
“Si la Unión Europea es incapaz de ayudar a
los países de una manera verdaderamente
colegiada y asociativa, debería proceder a
desmantelar la inviable unión monetaria y
empezar un nuevo proceso de integración
más creíble”. Oskar Lafontaine, 2015.
los países de una manera verdaderamente
colegiada y asociativa, debería proceder a
desmantelar la inviable unión monetaria y
empezar un nuevo proceso de integración
más creíble”. Oskar Lafontaine, 2015.
En unos días, la editorial El Viejo Topo publicará el polémico ensayo de Jean Luc Mélenchon ‘El
arenque de Bismarck (El veneno alemán)’. El conocido dirigente de la
izquierda francesa no tiene ningún problema en denominarlo panfleto,
tampoco oculta la motivación última del mismo: denunciar el
“tratamiento” que la Troika, en general, y Alemania, en particular,
están aplicando a la Grecia de Syriza. Hoy sabemos que las cosas han ido
a peor y que los poderes de la Unión consiguieron que Tsipras
capitulara. Una tragedia, no solo griega.
La indignación ha dado paso a una rabia contenida y pareciera,
esperemos, que se abre paso una crítica más de fondo de este sistema de
dominación que ha devenido la Europa alemana. Poner fin, en definitiva, a
un debate prohibido que impide discutir a fondo sobre la Unión Europea
(su naturaleza política y de clase; su papel geopolítico o sus
relaciones con los EEUU, OTAN mediante) y sobre el papel del Estado
alemán. Ambas cosas están íntimamente unidas y ya no se pueden separar.
Quizás merecería la pena resaltar, antes de continuar, que el
ensayo-panfleto de Mélenchon cabe enmarcarlo en una discusión más
amplia, especialmente rica y estimulante, que se ha venido dando en la
‘decadente’ Francia desde hace años. Los nombre son conocidos, Chevènement, Sapir, Cassen, Lordon, Todd,…
todos ellos, desde sus diferencias, se caracterizan por una crítica
seria y cada vez más argumentada contra la Unión Europea, desde la
defensa del Estado nacional republicano y, más allá, por la impugnación
del proyecto globalitario que tiene en su centro el dominio imperial de
los EEUU.
El panfleto-ensayo de Mélenchon tiene un objetivo claro, presentar la
“otra cara” de un país que los medios no quieren difundir, intentado
mostrar que el tan nombrado “modelo alemán” no tiene nada de envidiable;
que oculta una sociedad envejecida, crecientemente marcada por las
desigualdades sociales; unas relaciones laborales y sindicales cada vez
más degradadas, donde la precariedad se generaliza y los salarios se
reducen para una parte significativa de la fuerza de trabajo; el
deterioro ecológico-social crece, con un insano y contaminante sistema
agro-alimentario, férreamente controlado por las grandes empresas de
distribución de bajo costo y el dominio, tradicional en la historia
alemana, de la industria química; todo ello, al servicio de un patrón de
crecimiento basado, lo ha denominado así Lafontaine, en un nacionalismo exportador, desde una explícita estrategia neo-mercantilista.
No se trata, aquí y ahora, de comentar los diversos aspectos del
ensayo-panfleto que el socialista francés va enhebrando en su lúcida
crítica de la Alemania de Merkel; tan solo, poner el acento en aquellos
datos, que, de una u otra forma, tienen que ver con el modo en que el
país teutón ejerce su dominio en la UE y que explican el contenido
último de sus políticas. Mélenchon destaca, creo que es el centro de su
escrito, en la reunificación alemana y en lo que él llama el “método” de
anexión, lo que pudiéramos llamar los antecedentes necesarios para
entender cómo y para quién manda Alemania.
Lo primero que hay que señalar es que el Estado alemán, su clase
política, sus gobernantes de ayer y de hoy –son prácticamente los
mismos– saben muy bien qué significa aplicar en lo concreto y real la
unión monetaria y económica a un territorio desigual, más débil y
diferenciado: me refiero a la antigua República Democrática Alemana. El
asunto es conocido y la palabra anexión explica con bastante precisión
lo ocurrido. Un entero país, una sociedad, una economía y una cultura
fueron destruidas, por así decirlo, en un abrir y cerrar de ojos. La
‘doctrina del shock’ fue sistemáticamente aplicada: privatizaciones,
cierre de empresas, entrega de latifundios, puesta en venta del
patrimonio público y ‘limpieza política’ de las instituciones y aparatos
del Estado, empezando por las universidades. Las consecuencias: paro,
emigración, incremento brutal de las desigualdades y degradación de los
derechos sociales y laborales, especialmente para las mujeres.
¿Los beneficiarios? las grandes empresas financieras y las grandes
corporaciones industriales que, de pronto, se encontraron con 16 nuevos
millones de consumidores, una mano de obra cualifica y disciplinada, y,
lo que fue más importante, heredaron un amplio conjunto de contactos,
redes y relaciones que las empresas de la RDA tenían con el antiguo
campo socialista. No se debe olvidar que la ‘otra’ Alemania exportaba la
mitad de su producto y que era, con mucho, el país más desarrollado de
ese mundo. La ‘colonización’ del centro y del este de Europa comenzó con
la anexión y, como dice Mélenchon, fue el descubrimiento de un
‘método’.
Como suele ocurrir, el incremento sustancial de los beneficios de las
grandes empresas tuvo un coste económico, social y territorial enorme,
que fue pronto ‘socializado’ por y desde el Estado. Las cifras varían.
Se calcula que la ‘operación anexión’ costó al erario público en torno a
2 billones de euros y, lo que es peor, 25 años después las heridas
causadas aún siguen abiertas y una parte importante de la población de
la ‘otra’ Alemania continúa sin sentirse incluida en una común patria.
Efectivamente, las clases dirigentes germanas sí saben lo que significa
la unión económica y monetaria con un territorio más atrasado y débil;
también saben su enorme costo. Ahora no está dispuesta a pagarlo con los
países del sur, con los países orientales de la UE.
Hoy se olvida, pero la todopoderosa Alemania, felizmente reunificada e
integrada en la OTAN, fue durante años ‘la enferma’ de Europa,
incumplió sistemáticamente los criterios de convergencia aprobados en
Maastricht y favoreció el laxismo monetario del BCE, por intereses
propios, que ayudó a cebar las burbujas financiero-inmobiliarias de
Grecia, España e Irlanda. El gobierno de Tsipras habría
necesitado tanta compresión, tanta prudencia como sus homólogos
germanos. La ley nunca es igual para todos cuando hay por medios poderes
y Estados desiguales, cuando quien manda ha construido unas reglas de
juego que siempre le benefician.
Hay momentos en que los poderes necesitan urgentemente un
socialdemócrata audaz, valiente, que no le tiemble el pulso ante los
sindicatos, que desafíe a sus bases partidarias y que haga lo que la
pusilánime derecha no se atrevió a realizar, precisamente, porque este
político de altura casi siempre lo impedía desde la oposición. Ya se
sabe, los programas están para no ser cumplidos y las promesas se las
lleva el viento de la responsabilidad: los que mandan, mandan, y lo
mejor es no oponerse y encabezar la manifestación. Ese hombre apareció: Gerhard Schröder. Su propuesta: la ‘Agenda 2010’.
Es necesario entender bien este paso en el razonamiento que articula
Mélenchon. La ‘Agenda 2010’ hay que verla como una estrategia de las
clases dirigentes alemanas para organizar su modelo de crecimiento en
torno a las exportaciones. Para eso era necesaria una devaluación
salarial sustancial, reduciendo el papel de los sindicatos y debilitando
la capacidad contractual de los trabajadores. La anexión ayudó mucho a
este objetivo y justificó la necesidad de (contra) reformas
estructurales. La cuestión es conocida y durante años el crecimiento
alemán se basó en la represión salarial, la reducción de las
prestaciones sociales y el debilitamiento del Estado social. La
precariedad laboral fue fomentada desde el propio poder y, como antes se
indicó, las desigualdades sociales y la pobreza se incrementaron.
Alemania practicaba el dumping social para impulsar aún más la competitividad de su economía.
Cuando la señora Merkel habla de que ellos ya hicieron los deberes se
refiere a esto, convertir la devaluación salarial en un mecanismo de
ajuste permanente que compense las diferencias de productividad entre
las desiguales economías. El problema que la dirigente alemana no dice
es que el modelo alemán solo es aplicable cuando lo realiza el Estado
económicamente relevante; cuando todos lo hacen a la vez, el modelo no
funciona. En lo concreto, la estrategia neomercantilista aplicada se
basa en ‘arruinar al vecino’ y es incompatible con cualquier proceso de
integración supranacional. Nada explica mejor esto, como la crisis ha
puesto de manifiesto, que un conjunto de políticas realizadas haya
provocado la consolidación de un centro cada vez más rico y poderoso
especializado en exportar mercancías e importar capitales y una
periferia importadora y crecientemente deudora.
Se puede ver que utilizo con mucha frecuencia el término Estado
alemán. Lo que quiero subrayar con esto es que existe un Estado, el
alemán, que expresa una matriz de poder y de clase, que organiza unas
determinadas políticas de alianzas sociales internas que, por ejemplo,
hace que hoy gobiernen socialdemócratas y democristianos y que una parte
considerable de los sindicatos apoyen las políticas que vienen de este
gobierno de coalición. Estamos hablando de un Estado que define
intereses nacionales, que tiene una estrategia no cooperativa con los
demás Estados y que concibe la UE como un gran mercado para el
desarrollo de las grandes empresas alemanas.
Cuando se emplea el mantra de que, en el proceso de integración
europea, los Estados tienden a perder influencia y poder, se dice solo
una parte de la verdad, peor, una media verdad. Lo que se reduce,
planificadamente, es la soberanía económica de los Estados, eso que se
llamó, en varios sentidos, el Estado Social. Pero esto, que es de
carácter general, es decir, para los otros países, no cabe aplicarlo al
Estado alemán, éste sigue siendo un imponente aparato de poder, que
organiza a las clases dominantes, regula la economía y la sociedad,
define la ‘gran estrategia’ de inserción en la UE y en el mundo,
contribuye con éxito a articular el consenso de las clases subalternas
y, sobre todo, que no admite ni admitirá que se cree un poder soberano
que decida sobre el destino de su nación, sobre el destino de su pueblo.
Aquí terminan los sueños del federalismo europeo: no habrá algo
parecido a los Estados Unidos de Europa. Más Europa será más dominio y
más control del Estado Alemán. Así es el sistema de poder que la UE
institucionaliza y aplica; lo demás, literatura de evasión.
Lo único que espero con este comentario es incentivar la lectura de
un ensayo-panfleto, irreverente y contra corriente que debería suscitar
debate, polémica, en una cuestión en la que todas y todos nos jugamos
mucho. Buena lectura.
Publicado en Cuarto Poder: http://www.cuartopoder.es/cartaalamauta/2015/09/01/melenchon-contra-merkel-el-estado-aleman-viene-para-mandar/112
Publicado en Cuarto Poder: http://www.cuartopoder.es/cartaalamauta/2015/09/01/melenchon-contra-merkel-el-estado-aleman-viene-para-mandar/112
Alexis Tsipras: el transformismo como instrumento para derrotar al sujeto popular
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| Alexis Tsipras, durante una sesión en el Parlamento griego. / Efe |
Ellos, los que mandan, nunca se
equivocan. Aciertan casi siempre. Su especialidad es cooptar,
integrar, domar a los rebeldes para asegurar que el poder de los que
mandan de verdad y no se presentan a las elecciones se perpetúe y se
reproduzca. El transformismo es eso: instrumento para ampliar la
clase política dominante con los rebeldes, con los revolucionarios,
asumiendo algunas de sus reivindicaciones a cambio de neutralizar y
dividir a las clases subalternas. La clave es esta: para conseguir
que el sujeto popular sea no solo vencido sino derrotado, es
necesario cooptar a sus jefes, a sus dirigentes. Con ello se bloquea
la esperanza, se promueve el pesimismo y se demuestra que, al final,
todos son iguales, todos tienen un precio y que no hay alternativa a
lo existente. La organización planificada de la resignación.
Con Tsipras no ha sido fácil. Era un
reformista sincero y, además, un europeísta convencido, de los que
pensaban que se podrían conseguir concesiones de los socios
europeos; que a estos se les podría convencer de que las políticas
de austeridad no solo eran injustas sino profundamente ineficaces y
que para poder pagar la deuda se deberían incentivar un conjunto de
políticas diferentes que relanzaran la economía, que solucionaran
la catástrofe humanitaria que vivía el país y que hicieran
compatible la soberanía popular con la pertenencia a la UE.
Varoufakis ha sido la cara y los ojos de esta estrategia negociadora
que él, en algún momento, ha definido como kantiana, es decir,
basada en la razón y en la búsqueda del interés común.
La historia es conocida. Hoy sabemos
que esa estrategia ha sido un rotundo fracaso: no se consiguió nunca
dividir a los Estados europeos más poderosos y el dominio alemán
fue claro y definitorio desde el comienzo. Todo esto lo sabemos por
el propio Varoufakis, que ha ido relatando este auténtico “vía
crucis” que nunca implicó realmente una negociación y que, desde
el primer momento, fue un chantaje en toda regla del tipo “lo tomas
o lo dejas” y, mientras, la presión sostenida y permanente del BCE
agotando la liquidez y las instituciones europeas negando los
créditos.
Dieciocho contra uno. Así ha sido este
proceso, que tenía tres objetivos fundamentales. El primero,
combatir el malísimo precedente griego en un sentido claro y
rotundo: los países endeudados del Sur no pueden tener otras
políticas económicas que las dictadas por la Troika. En segundo
lugar, apoyar firmemente a los gobiernos de la derecha y de la
socialdemocracia que, de una u otra manera, en uno u otro momento, se
plegaron a las políticas impuestas por el Estado alemán; estos
partidos siguen siendo absolutamente necesarios para garantizar las
políticas neoliberales dominantes y bajo ningún concepto se les
puede dejar caer, máxime cuando emergen fuerzas alternativas, de eso
que la UE y los gobiernos de turno llaman populismo. El tercero, el
mensaje real que se manda a las poblaciones, sobre todo del Sur, es
que ésta UE, sus políticas y sus relaciones reales de poder, no
tienen alternativa. Lo que queda es la estrategia del miedo: o se
aceptan estas políticas o se producirá el caos y la catástrofe
económica y social de la salida del euro.
En muchos sentidos, el caso griego es
bastante excepcional. Grecia es un viejo-joven país con una honda
tradición político-cultural, con una fuerte identidad como pueblo y
con un gran sentido patriótico. Se había ido produciendo en éstos
años una simbiosis, una nueva relación entre la defensa de los
derechos sociales, la independencia nacional y de la unidad de una
gran parte del pueblo en torno al apoyo a las clases trabajadoras, a
los pobres y a los jóvenes que estaban viviendo una grave regresión
en sus condiciones de vida y de trabajo. Todo esto terminó
identificándose con dos nombres: Syriza y Tsipras. El ejemplo más
claro de esto fue la victoria en el referéndum en un país, no se
debería olvidar, que estaba viviendo un “corralito”, con
amenazas constantes de las “autoridades europeas” y con unos
medios de comunicación masivamente partidario del “sí”.
Que al final fuese Tsipras el eslabón
más débil de la cadena obliga a pensar las cosas a fondo. Lo
primero, la enorme capacidad de presión de la Troika, en un sentido
muy preciso y que se olvida con mucha frecuencia: lo que existe es
una alianza estratégica entre las instituciones europeas y los
poderes económicos dominantes de cada país que el Estado alemán
garantiza. Para decirlo con mayor precisión: las clases
económicamente dominantes están de acuerdo con ésta Europa que es
la UE y con el papel que se asigna a estos países en la división
del trabajo que se está definiendo en y desde la crisis. En segundo
lugar, lo que Tsipras y la derecha de Syriza expresan es una posición
ideológica que no siempre se consigue identificar y que, al final,
se ha convertido en una enorme debilidad. Me refiero a eso que se ha
llamado europeísmo. Reformismo socialdemócrata y europeísmo han
estado íntimamente relacionados. Se podría decir que la bandera del
europeísmo sirvió para camuflar la crisis del proyecto
socialdemócrata sobre tres ideas básicas: que la UE era la única
construcción posible de Europa; que la UE es un bien en sí,
independientemente del conflicto social y de la distribución del
poder entre Estados y clases; y que el Estado-nación se había
convertido en una antigualla que necesariamente había que superar en
el proceso de integración europea.
La inexistencia de un plan B en el
proceso negociador tiene que ver, a mi juicio, con la posición
política que he intentado definir. Se demostró que para Tsipras era
inimaginable una Grecia fuera del euro, fuera de las instituciones de
la UE, aunque eso significase la ruina económica de su país,
continuar con la degradación de las condiciones sociales de la
mayoría de la población y la aceptación de que el Estado griego
es, de hecho, un protectorado de los países acreedores.
La Troika ha conseguido claramente sus
objetivos. Las políticas que ha venido realizando Tsipras y su
gobierno tras su capitulación (así lo ha definido Varoufakis) nos
impiden ser optimistas. La hoja de ruta aprobada por las
instituciones europeas la están cumpliendo a rajatabla, a veces da
la sensación de que se realiza con el “furor del converso”. Hay
datos que nos llevan a pensar que el asunto irá a peor. Tsipras
sabía mejor que nadie que no estaba garantizada su mayoría en el
próximo congreso de Syriza. La convocatoria de nuevas elecciones no
tiene nada de heroico. Sabedor de que las cosas en su partido estaban
difíciles para él, convoca elecciones generales para conseguir tres
cosas a la vez: garantizarse las siglas, propiciar la ruptura de
Syriza huyendo del debate democrático y del posible cuestionamiento
de su liderazgo y, por último, buscar el respaldo popular antes de
que se empiecen a notar los efectos económicos y sociales de las
políticas de austeridad impuestas por la troika y aceptadas por la
mayoría del parlamento griego.
Seguramente Tsipras ganará, pero su
partido habrá ya cambiado de naturaleza y el movimiento popular y
democrático se dividirá por mucho tiempo. Nada será igual.
Reconstruir desde abajo la alternativa después de la derrota
requerirá tiempo, inteligencia y un compromiso moral especialmente
fuerte. Tsipras ahora es valiente, responsable y realista y los
otros, sus amigos y camaradas de ayer, populistas, maximalistas y
euroescépticos. Los que mandan ganan una vez más: ¿aprenderemos en
cabeza ajena?, mejor, ¿en país ajeno? La vida dirá.
Publicado en Cuarto Poder:http://www.cuartopoder.es/cartaalamauta/2015/08/23/alexis-tsipras-el-transformismo-como-instrumento-para-derrotar-al-sujeto-popular/104
sábado, 15 de agosto de 2015
Paco Fernández Buey: maestro, compañero y amigo
(Para Santiago Fernández Vecilla, la conexión zamorana)
“Déjame que, con vieja sabiduría, diga: a pesar, a pesar de todos los pesares
y aunque sea muy doloroso, y aunque sea a veces inmunda, siempre, siempre,
la más honda verdad es la alegría. La que de un río turbio hace aguas limpias…”
Claudio Rodrígue
Está siendo muy difícil vivir sin
Paco. Son ya tres años sin él. Se le echa de menos. Tenerlo ahí,
al lado, sabiendo que siempre, siempre, estaba disponible para
conversar, para dar opiniones serias y fundadas, combinando mesura,
buen juicio y radicalidad analítica. Sobre todo, calidez, afecto
concentrado y por ello, contenido, que lo convertía en la fortaleza
de una amistad sobria y profunda. Uno, con Paco, siempre sabía a que
atenerse; estaba ahí, al lado, ayudando, sin que se notara,
haciéndose hábito.
Así lo viví por más de treinta años.
Era, para muchos de nosotros, un referente político, filosófico y,
sobre todo, moral. Había conseguido una especie de “geografía de
los afectos”: estar muy cerca, hacértelo sentir, y a la vez
distante, próximo y lejano. Quizás esa era la sabiduría que fue
adquiriendo con la edad, con las decepciones, con el estudio y con la
reflexión del poeta que llevaba adentro. Sí, poeta, y razonar como
tal. La razón moral funciona mejor usando el sentimiento
esclarecido, la pasión razonada que era, lo repitió muchas veces,
el modo en que entendió siempre la incansable tarea, la milenaria
lucha por la emancipación de las mujeres y hombres del mal social
del dominio y la explotación.
Era seguridad, dentro de un cierto
orden. A muchos jóvenes que no lo conocieron o lo vieron de lejos
les puede parecer algo oscuro que una persona mayor, hasta muy mayor,
como yo, diga de otra persona, de parecida edad, que le ofrecía
seguridad. Ser referente es eso, la seguridad que nos da una posición
sólida, fundada, diáfana, anclada en el tiempo y en el espacio,
como los astros que iluminaban el navegar de los marineros intrépidos
por los procelosos mares de la vida vivida, comprometida siempre con
personas e ideas. Muchas se acordarán de la vieja metáfora de Otto
Neurath que tanto le gustaba repetir: “somos como los hijos de la
mar”. Siempre iba en serio y hasta el final.
Qué pensaría de nuestro país hoy;
cómo interpretaría hechos tan dramáticos como los de Grecia, la
guerra de Ucrania o las variadas derivas de los procesos
emancipatorios latinoamericanos. Cataluña y la propia existencia de
eso que se llamó España, cuando la Unión Europea enseña su peor
lado. Hablando con él, insisto, disponible siempre, te formabas
opinión, riqueza de juicio y punto de vista. Podías estar de
acuerdo o no, pero las cosas que decía importaban, ayudaban, daban
pistas sensatas y juiciosas. Mesura radical.
Un mes antes de su muerte, quizás
menos —Jordi Mir estaba con él, creo—, me llamó Julio Anguita y
me preguntó si Paco estaba enfermo. Le dije que sí, que estaba muy
enfermo. Me lo preguntaba porque tenía delante a una persona que se
parecía mucho a él. Eso sí, estaba más demacrado y envejecido.
Anguita, siempre tímido, me dijo: ¿Qué hago? Fácil, te acercas a
él y lo saludas. Así lo hizo y fue un momento extraordinario para
los dos. Paco, fue su último mensaje, me escribió y me dijo:
después de muchos años he vuelto a ver a Julio Anguita: ¿será una
premonición? Premonición ¿De qué? ¿De la muerte por llegar? ¿De
la vida recobrada? Nunca lo sabré.
Paco, nuestro Paco Fernández Buey,
vive, en sus escritos, en su excelente castellano y en su dicción
serena y clara. Vive porque los que lo quisimos seguimos añorándolo
y pensando en él, con él y desde él. Porque tiene a Salvador López
Arnal, el mejor de nosotros, que seguirá luchando por su obra,
engarzando pasado y futuro y Miguel Riera publicándolo. Así somos.
Nuestro mundo, definitivamente, fue mejor con él.
Manolo Monereo. A 14 de Agosto de 2015.
En Arenas de San Pedro, Ávila.
En el centenario de Teresa de Jesús.
jueves, 13 de agosto de 2015
Entrevista
Entrevista a Manuel Monereo, exmiembro de la dirección de IU
"En noviembre habrá que crear una nueva fuerza política más allá de Podemos e IU"
Gara
Nacido en Jaén en 1950,
Manolo Monereo lleva a sus espaldas la trayectoria de la izquierda
española en las últimas décadas. Expulsado del PCE en 1978 y,
posteriormente, miembro de la dirección de Izquierda Unida, es uno de
los intelectuales que más apuestan por la «unidad popular» en el Estado
español. Alejado de la primera fila política pero no de la conspiración,
insiste en la importancia del momento.
Manolo Monereo es una especie
de lúcido eslabón entre la izquierda española tradicional, la de una
hoz y martillo críticos, con fenómenos nuevos como Podemos. Este
politólogo antiguo miembro de la Ejecutiva de IU y actual militante de
base conoce bien a Pablo Iglesias o Iñigo Errejón, con quienes ha
compartido aulas, reuniones y plató en «La Tuerka» y «Fort Apache».
Las encuestas prevén un estancamiento de Podemos. ¿Puede quedarse estancado en los máximos de la IU de Julio Anguita en 1996?
No
tengo una percepción muy clara de que vaya a bajar a los límites del
12%, 13% ó 14% que tuvo IU en tiempos de Julio Anguita. Más bien tengo
la impresión de que en el campo de Podemos, en el campo de IU, hay un
momento de confusión, de tensiones varias, no siempre bien gobernadas,
que han podido generar también en el electorado confusión y pérdida de
norte. Mi convicción es que una vez que comience la campaña electoral
todo eso cambia y el partido empezará de nuevo.
En una entrevista reciente, pidió «una tregua» entre Podemos e IU. ¿Lo ve factible?
Por
las personas que se van a enfrentar, tanto Pablo Iglesias como Alberto
Garzón, creo que habrá una percepción de tregua, de debate sensato, de
fondo, civilizado. Como vengo insistiendo desde hace mucho tiempo,
después de noviembre viene diciembre. Noviembre va a definir, de una u
otra manera, elementos centrales de la coyuntura política. Pero hay que
estar muy preparados para lo que viene después: una durísima pugna de
las fuerzas que están por la restauración, encabezadas por el PP, para
imponer un nuevo modelo económico, político y social. Todo lo que sea
hacernos demasiado daño en este proceso nos perjudica.
Durante
todo el ciclo político se ha afirmado que el régimen de 1978 estaba al
caer. ¿Se ha vendido la muerte del bipartidismo antes de tiempo?
Está
en una agonía. Hay una lucha a muerte del bipartidismo para no
desaparecer. Creo que ha habido mucha ingenuidad en Podemos y en las
fuerzas del cambio pensando que los poderes iban a consentir más o menos
versallescamente desaparecer. Se han puesto a trabajar los aparatos del
Estado y las cloacas. De eso los lectores en Euskadi saben mucho. Creo
que hay una agonía del bipartidismo si le damos a agonía el término de
lucha, de enfrentamiento. El bipartidismo va a hacer lo posible para
mantenerse empleando todos los métodos como siempre ha hecho: métodos
legales, ilegales o mixtos. Pero siempre intentando mantener el poder,
como se ha visto en Grecia.
Al margen de los ataques, el PSOE
no ha caído en la «pasokización» que se vaticinó. ¿Qué ocurre si
Podemos termina relegado a muleta de Ferraz?
Habrá que
repensar lo que hemos hecho en este año. Lo primero, aprender y hacer
una lectura autocrítica. A partir de ahí, las fuerzas del cambio
deberían asentarse en el país y construir una estrategia de guerra de
posiciones. Hasta ahora la hipótesis Podemos tiene un elemento central:
una guerra de maniobra y ataque corta. Tiene elementos de interés y de
posibilidad pero, si no se diera, tendríamos que establecer un debate
estratégico que nos llevara a una guerra de posiciones porque el poder
no se va a contentar. Si las fuerzas del cambio no son suficientes para
impulsar el cambio real lo que vendrá es una reacción durísima. No nos
engañemos: la alternativa no es el bipartidismo en abstracto o Podemos
en abstracto. La alternativa es restauración o ruptura democrática. Si
la ruptura democrática no avanza vendrá una reacción durísima. Esa es la
clave de lo que viene.
En esta tesitura, ¿la confluencia de fuerzas transformadoras es una alternativa? No parece que Podemos esté dispuesto.
Podemos
es la vanguardia de la ruptura y lo vemos muchos de nosotros que no
somos de Podemos. El aspecto meritorio que va a tener es que ha abierto
una grieta en el poder. Esa grieta hay que seguir ampliándola para que
sea un inmenso boquete. Los demás deberíamos buscar fórmulas de unidad
electoral y unidad de acción. También de unidad popular. Como saben los
lectores de Euskadi, la unidad popular no es un proceso ni
fundamentalmente electoral ni estrictamente institucional.
¿Cómo la definiría usted?
Va
desde la organización de la sociedad civil, desde abajo, la
constitución de un contrapoder social que marque la agenda política, sin
la cual no se pueda vivir y no se pueda trabajar.
En el Estado español cualquier iniciativa de este calibre estaría todavía muy verde.
La
unidad popular es muy embrionaria, está demasiado mezclada con las
cuestiones electorales. Por eso deberíamos intentar la unidad electoral
siendo partidarios de ampliar lo máximo posible el Frente del Cambio. En
segundo lugar, intentar dar un mensaje concreto al país y, en tercero,
poner las bases para estrategias de unidad popular.
IU, pese a
que presenta a Alberto Garzón como candidato, mantiene una posición
dubitativa. Da la sensación de bicefalia y dificultad para entender el
momento actual. ¿Cree que puede terminar desapareciendo o cayendo en lo
residual?
Yo haría la pregunta de la siguiente manera: ¿qué
tenemos que hacer para que una organización como Izquierda Unida, con su
trayectoria, sus miles de cuadros, no desaparezca en un voto marginal
al margen de los cambios reales del país?
A esa pregunta, en
parte, el propio Alberto Garzón ya ha respondido: después de noviembre
va a iniciar la construcción de una nueva fuerza política en el país.
A
mi juicio ese es el buen camino. En noviembre lo que hay que poner en
el conjunto del Estado es una nueva fuerza política más allá de Podemos,
de IU y de miles de hombres y mujeres independientes. Una fuerza
política incluyente, nacional-popular, donde podamos definir un gran
partido de masas, con una implantación seria en el conjunto del país y
un proyecto serio. Me preocupa mucho la política que se hace día a día
sin tener estrategia. Para mí, ese discurso estratégico es que en unos
meses, después de estas elecciones, habrá que ir a la construcción de
una gran fuerza política. Y en esa construcción naturalmente estarán
miles de hombres y mujeres de IU.
En Euskal Herria, un grupo
de personalidades de la sociedad civil ha lanzado un llamamiento para
listas unitarias entre EH Bildu, Podemos, Irabazi, Ezker Anitza o Equo.
¿Cómo valora la iniciativa?
Esto ya pasó en Galiza. Para
nosotros, como para Podemos, la experiencia gallega fue muy importante.
Se mezclaron dos cosas: por un lado la izquierda soberanista e
independentista y, por el otro, la izquierda federalista. ¿Esa
posibilidad se puede repetir en Euskadi? Creo que se tiene que intentar.
¿Soy optimista? No. Fórmulas políticas de estas características son muy
difíciles en un contexto electoral en el que todo el mundo amenaza con
la unidad. Soy escéptico. Creo que para que haya unidad tiene que haber
bases objetivas que la hagan posible. La unidad es un proceso de
confluencia, de debate de ideas, de luchas, de estrategia, y es evidente
que eso no se da en este momento a mi juicio en Euskadi. Ahora bien,
también considero que todo lo que sea abrir un debate sobre la unidad
que vaya más allá de los alineamientos tradicionales y que se ponga como
objetivo la construcción de una alternativa democrática y popular y la
ruptura democrática y un proceso constituyente, me parece muy
importante. Aunque no haya acuerdo. El proceso constituyente tendrá
diferentes canales y vías. No será lo mismo en Catalunya o Euskadi que
en Madrid. Pero habrá ruptura democrática. Al menos esa es la ventana de
oportunidad que se abre. Si al final no lo conseguimos, apretar los
dientes y tirar para adelante.
Da la sensación de que la
cuestión nacional de Euskal Herria o Catalunya nunca es prioritaria para
la izquierda española. Eso se demuestra con el proceso soberanista
catalán.
En Euskadi hay otro debate, no es exactamente ese.
Entre otras cosas porque si algo dio Herri Batasuna a la política en
Euskadi es escorar el nacionalismo a las clases populares. En Catalunya,
con la candidatura de Ada Colau, se encuentra un nuevo eje entre
cuestión social y cuestión nacional. Ahora emerge una nueva sintonía, un
nuevo núcleo entre cuestión de clase y cuestión nacional popular.
Aunque lo veo desde la lejanía y puedo estar equivocado.
«Espero que se recupere la rebeldía»
Podemos
surgió con mucha fuerza pero, como consecuencia de su hipótesis, ha
modulado su discurso. ¿Cree que se ha dejado demasiado por el camino?
Podemos
se ha sentido demasiado golpeado por el poder. En segundo lugar creo
que en algún momento demostró debilidad. Es decir, demostró que los
golpes les afectaban y eso les dejó durante unos meses sin norte. Creo
que ahora están en un proceso de esclarecimiento ideológico aunque
todavía les falta un elemento esencial, que es el discurso político.
Cuando salieron, de una manera muy fresca, tenían un discurso político
muy claro, representando a los de abajo, enfrentándose a los grupos de
poder. Creo que ese impulso inicial se ha ido agotando y que lo que hace
falta es que de una vez por todas podamos tener un proyecto de país,
las bases y las perspectivas que tiene ese proyecto para las naciones y
pueblos que configuran el Estado español. Hasta ahora se han dedicado a
responder pero no tienen una estrategia definida. Están en transición
desde el momento en el que perdieron la iniciativa política y la
tuvieron los aparatos del Estado y los medios de comunicación y el
momento actual en el que repensar cuál sería aquí y ahora un proyecto
alternativo. Espero que el discurso de rebeldía, que el discurso de
cambio profundo, de transformación social de Podemos lo recupere para un
proyecto que sea entendible para las grandes mayorías.
Fuente: http://www.naiz.eus/eu/hemeroteca/gara/editions/2015-08-11/hemeroteca_articles/en-noviembre-habra-que-crear-una-nueva-fuerza-politica-mas-alla-de-podemos-e-iujueves, 6 de agosto de 2015
Tsipras y el síndrome Tina: la alternativa como problema político electoral
Alexis Tsipras, durante el Comité Central de Syriza celebrado el pasado jueves, 30 de julio. / Orestis Panagiotou (Efe)
Para analizar la Grecia de Syriza sería bueno evitar el lenguaje
falsario e intentar, simplemente, decir la verdad. Las derrotas son
derrotas y no avances sobre la retaguardia. La condición previa para
salir en buenas condiciones de una derrota es encararla con veracidad y
afrontarla radicalmente, es decir, ir a sus raíces últimas. El gobierno
griego ha sufrido una enorme derrota que va a tener consecuencias graves
en Grecia y, más allá, en la periferia sur de la Unión Europea.
Cuando Goliat vence a David siempre hay que condenar al fuerte que se
impone y solidarizarse con el débil. Esto obliga a ser cuidadoso en la
crítica, a analizar los diversos puntos de vista y, sobre todo, a
aprender. Parece claro —Varoufakis ha dado muchos
elementos de autocrítica— que la estrategia negociadora ha fallado desde
el principio y que no se tenía un análisis realista de lo que es hoy la
UE. Tiempo habrá para analizar a fondo los puntos débiles de dicha
estrategia. Ahora hay que poner el acento en lo que son las consecuencia
inmediatas, no solo para la izquierda griega, de la derrota del
gobierno Tsipras.
Como muchos hemos venido diciendo en estos últimos meses, la
negociación entre la Troika y el gobierno griego ha sido, desde el
principio, centralmente política. Syriza era un mal ejemplo que había
que derrotar y convertirlo en una línea de ruptura para los pueblos y
para las fuerzas políticas contrarias a la austeridad neoliberal. La
lección que se ha pretendido dar es clara: no se puede ir contra las políticas dominantes en la UE y quien se atreva, lo pagará caro;
no es de extrañar que el ‘acuerdo’ haya sido el peor de los posibles y
que ha podido calificarse de capitulación o entrega sin más a la Troika.
Lo que aparece ahora son las lecciones que debemos de aprender, es una versión burda del síndrome thacheriano TINA (There is not alternative),
es decir, no hay alternativa a las políticas neoliberales dominantes,
impuestas con puño de hierro por el Estado alemán y asumidas por las
clases dirigentes, específicamente, del Sur de Europa. Las próximas elecciones van a tener a TINA en el centro de un chantaje discursivo,
que va a ser convertido en una línea de masas para colonizar el sentido
común de las gentes: o las políticas neoliberales o la salida del euro,
es decir, entre la catástrofe o la crisis autoprovocada; más en
concreto, recuperación económica o salida del euro, “corralito”,
incluido. En esto estará de acuerdo todo el establishment bipartidista, con el añadido de Ciudadanos; obviamente, con el objetivo de situar a la defensiva a Podemos y a IU.
Muchos de nosotros estamos convencidos, desde hace años, de que la
Europa alemana del euro es un instrumento decisivo para propiciar un
gigantesco proceso de acumulación por expropiación de los Estados y
pueblos europeos, especialmente los del Sur. La UE es hoy un sistema de
dominación que organiza y administra los intereses generales de las
clases económicamente dominantes, bajo la garantía y la hegemonía del
Estado alemán. No basta con afirmaciones de principio, es necesario que
las personas, que los trabajadores y trabajadoras hagan su propia
experiencia de lucha y de acción, aprendan en lo concreto los límites
reales del sistema euro. Estamos hablando de una propuesta política que
permita avanzar, aquí y ahora, noviembre y más allá, a las fuerzas
democrático-populares y de izquierda, en un contexto de crisis de
régimen y ante unas elecciones cruciales.
¿Cómo construir la alternativa, a la vez posible y radical, de
ruptura democrática y de transformación social? A mi juicio, en primer
lugar, diciendo la verdad sobre la naturaleza de esta UE
y no hacerse ninguna ilusión sobre su futuro. La UE es, en muchos
sentidos, la anti-Europa, la divide y la convierte en un instrumento
subalterno de los intereses geopolíticos norteamericanos.
En segundo lugar, hay que clarificar con precisión la naturaleza del
adversario. En esto tampoco nos debemos de engañar: estamos ante un
enemigo bifronte que expresa un proyecto común y una alianza entre las
clases dirigentes de la UE. El Estado alemán ejerce su hegemonía porque
defiende un proyecto en el que están de acuerdo las clases dirigentes de
los países del Sur. El bloque en el poder en España, en el que se
incorporan partes sustanciales de las burguesías vasca y catalana, está
de acuerdo con el modelo productivo y de acumulación
que los poderes dominantes y las instituciones europeas han diseñado
para nuestro país. Este es el problema central y todo lo demás es
secundario.
En tercer lugar, hace falta un programa político, económico y social de transición que defienda la soberanía popular, los derechos sociales y las libertades de nuestro país.
Este programa debería expresar una alianza entre pueblos y clases de
esa pluralidad que históricamente hemos llamado España. En el centro, la
reivindicación de un Proceso Constituyente que dé voz, protagonismo y
participación a las mayorías sociales en torno a un Nuevo Proyecto de
País.
En cuarto lugar, hay que avanzar en una unidad electoral lo más amplia posible,
creando condiciones para que pueblos, clases y grupos sociales puedan
estructurarse como sujetos políticos. La Unidad Popular es algo más que
una fórmula electoral, es la construcción consciente de (contra-)
poderes sociales. Hoy, como ayer, la madurez de una fuerza política está
relacionada con su concepción del poder. La característica de esta
etapa —Grecia lo pone de manifiesto— es que es posible organizar amplios
frentes democrático-populares, pero —es el lado negativo de la
cuestión— una vez llegado al gobierno, los poderes reales que éste puede
ejercer son limitados.
La tensión entre lo que es necesario y lo que es posible política y
electoralmente nos acompañará hasta noviembre. Hacer propuestas
políticas teniendo sólo en cuenta lo que dicen las encuestas electorales
suele ser un mal método, sobre todo, cuando la crisis llega y las
percepciones sociales cambian aceleradamente. El discurso político debe
buscar una coherencia entre el proyecto y la propuesta programática. El
programa debe de ser percibido como viable, posible y necesario, pero, a
la vez, articulado a un nuevo proyecto de país que promueva un
imaginario social transformador, creencias e ideas que engarcen razones y
pasiones. En definitiva, un discurso por el que merezca la pena comprometerse, luchar y votar.
Desde otro punto de vista, propiciar una campaña electoral, por así
decirlo, no electoralista donde las personas concretas se sientan parte
de una identidad colectiva que crea país y pueblo. Para lo otro, ya
están el PP y el PSOE.
miércoles, 8 de julio de 2015
El ataque a Grecia: PODEMOS a la vista
Para Pablo
Honor a quienes en su vida se han marcado / el defender unas Termópilas. /
Sin apartarse nunca del deber; / en todas sus acciones justos y equilibrados, /
y, sin embargo, con pena, y con entrañas. / Si ricos, generosos; y aun en lo poco /
generosos, si pobres; prestos / a socorrer en tanto pueden; / siempre con la verdad
a flor de labios, / sin odiar sin embargo a los que mienten. / Y aun mayor honor les
es debido / cuando prevén —y muchos lo prevén—/ que surgirá por último un
Efialtes / y los persas terminarán pasando. (C.P. Cavafis)
Sin apartarse nunca del deber; / en todas sus acciones justos y equilibrados, /
y, sin embargo, con pena, y con entrañas. / Si ricos, generosos; y aun en lo poco /
generosos, si pobres; prestos / a socorrer en tanto pueden; / siempre con la verdad
a flor de labios, / sin odiar sin embargo a los que mienten. / Y aun mayor honor les
es debido / cuando prevén —y muchos lo prevén—/ que surgirá por último un
Efialtes / y los persas terminarán pasando. (C.P. Cavafis)
No han ayudado mucho al gobierno griego de Syriza
los cambios en España y, sobre todo, los previsibles en el futuro. Es
normal. Uno de los muchos escenarios implicados en las negociaciones de
Grecia con la troika, tiene que ver con sus consecuencias en el
conjunto de la UE y, específicamente, en los países del Sur, de un buen
acuerdo o de un mal acuerdo. En el primer caso, quedarían muy mal los
gobiernos que aceptaron — como los de Zapatero y Rajoy—
los planes de ajuste impuestos por los acreedores; en un segundo caso,
serviría de escarmiento para los pueblos que se atrevieran a votar
contra los partidos del sistema, es decir, PSOE-PP, caracterizados por
su servilismo hacia los poderes económicos y, específicamente, con el
Estado alemán.
He estado del 26 al 29 de junio en Atenas y estas cuestiones eran
conocidas, formando parte del debate. Me pasé tres días discutiendo
sobre Podemos, sobre IU y las posibilidades reales de
conseguir en noviembre una nueva mayoría política más favorable a los
griegos y a su gobierno. Como me decía un destacado miembro de la
dirección de Syriza, nuestro mayor acto de solidaridad sería derrotar a
la derecha y construir una alternativa democrática en nuestro país. Me
vino a la cabeza la experiencia latinoamericana y pensé cuánto
necesitamos de gobiernos honestos y limpios que defiendan a la
ciudadanía y que no se sometan a la tiranía de los Estados acreedores.
De este proceso hay que sacar algunas lecciones para el futuro, para
nuestro común futuro. La primera, es clara y rotunda: el centro de la
negociación es político y solo derivadamente económico y técnico. Cuando
Merkel habla de que no aceptarán negociar bajo la
amenaza de un referéndum, dice dos cosas importantes: que la democracia
es negativa para su Europa y que la transparencia es incompatible con el
funcionamiento normal de las instituciones de la Unión, eso que antes
se llamaba la troika.
El estilo de la negociación ha sido un elemento clave. Se podría
decir que ha sido “corleonesco”: a Grecia se le hizo una oferta que no
podía rechazar, con la pistola de la liquidez apuntándole a la cabeza y
el puñal del cese del crédito apretándole en la espalda. Todos contra el
gobierno de Tsipras, cuando digo todos, son realmente
todos, minoría de a uno, pues; en frente, socialdemócratas,
conservadores, derechas varias. La unanimidad confirma la ignominia, la
corrupción de una clase política al servicio de los poderes económicos y
que conscientemente conspira contra sus pueblos, todo a la mayor gloria
de una Europa alemana: ¿qué tipo de artefacto, de maquinaria de
dominación infernal, es esta Unión Europea que se opone con fiereza a un
pequeño país que lo único que pide es respeto, dignidad y salir de la
catástrofe social y económica creada por políticas injustas e
ineficaces?
Lo que más asombra es la valentía, la audacia y el coraje moral del gobierno de Syriza. Lleva toda la razón —es habitual en él— Jacques Sapir
cuando señala que el gobierno griego nos devuelve la deliberación, el
valor de la soberanía popular y la democracia constitucional. Es un
crimen que la Unión Europea y las clases dominantes no pueden consentir.
También en esto están de acuerdo Mariano Rajoy y Pedro Sánchez; al
final, poco importa que haya o no un gobierno de coalición entre el PP y
el PSOE cuando hay un consenso básico en torno a unos Tratados, que, de
una u otra forma, obligan a realizar políticas neoliberales.
Esto nos lleva a la segunda lección. La UE no puede permitir un
precedente como este. Debe castigar al pueblo griego porque ha votado
mal, ha elegido a políticos irresponsables y —gravísimo— ha puesto al
frente de su gobierno a una fuerza política que quiere cumplir sus
promesas electorales. Todo en ellos es malo, lo que dicen y cómo lo
dicen, faltando siempre al respeto debido a las reglas no escritas pero
escrupulosamente seguidas por todos y —horror— pretendiendo que el
debate sea público e inteligible para la gente común. Decididamente,
esto no puede ser.
Sentar un precedente así es muy peligroso. Al fin y al cabo, Grecia
es poca cosa, pero, precisamente por ello, hay que evitar que la
excepción se convierta en regla. Ahí está Rajoy recomendando mano dura,
advirtiendo de que un buen acuerdo con los “populistas” griegos daría
alas a Podemos y que una alianza España-Grecia rompería los consensos
básicos y generaría una situación incontrolable e inmanejable. España es
más grande, más potente y debe más, muchísimo más, que los helenos. No
se puede olvidar que se está negociando con los “primos” norteamericanos
el Tratado Transatlántico (TTIP) y que la OTAN anda en pleno rearme y
reposicionamiento en un contexto donde la guerra de facto ya está en Europa.
La tercera lección tiene que ver con los fundamentos mismos de la
Unión Europea. No se cansan de repetirlo los representantes de la troika:
los griegos deben escoger entre estar o no estar en Europa. Así de
simple. Se acepta la mentira convertida en ideología: la Unión Europea
no es Europa, es el modo neoliberal de construcción de un espacio
económico al servicio de los poderes económicos, bajo hegemonía y
garantía del Estado alemán. Se puede decir, para llegar hasta el final,
que la UE es la anti-Europa, la rompe, la divide permanentemente entre
un núcleo rico y cada vez más poderoso y unas periferias dependientes
económicamente y subalternas políticamente. Los países del Sur han
devenido en “protectorados”, en democracias restringidas y limitadas,
sometidos a la tiranía permanente de los Estados acreedores. La UE
condena a los países del Sur al subdesarrollo social y económico,
produce desigualdad, precariza las relaciones laborales, genera pobreza y
bloquea el futuro de las generaciones jóvenes, obligadas al exilio
económico y al desarraigo.
Recientemente Lapavitsas y Flassbeck,
conocidos economistas griego y alemán, respectivamente, hablaban de que
las fuerzas de izquierda que llegan a los gobiernos de los países del
Sur de la eurozona se enfrentan a una “triada imposible”: reestructurar
la deuda, abandonar las políticas de la austeridad y, sobre todo, la
continuidad del marco institucional de la UE y especialmente de la Unión
Económica y Monetaria. En esa batalla estamos. No será fácil ganar el
referéndum. Nada está garantizado y la lucha será durísima, pero la
batalla que están librando las griegas y los griegos marcará el futuro
de la UE, de los pueblos y de la democracia entendida como autogobierno
de las poblaciones. Una cosa es segura: nada será ya igual.
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