domingo, 28 de junio de 2015

PSOE: el partido del régimen se hace (norte) americano

El PSOE es el partido del régimen. Su suerte y su futuro dependerán del régimen del 78, hoy en transición hacia una democracia limitada y oligárquica. El bipartidismo, hoy lo sabemos casi todas y todos, es un modo de organizar el poder político para que sigan mandando aquellos que no se presentan a las elecciones. El papel del PSOE es crucial, articula el consenso de las clases trabajadoras y, lo más importante, impide que surja una alternativa a su izquierda que cuestione las relaciones de poder existentes en nuestra sociedad.

Esto lo sabemos pero es bueno recordarlo en momentos de confusión y cuando tenemos por delante unas elecciones en Cataluña y en el conjunto del Estado. Las elecciones municipales y autonómicas van a dar mucho poder al PSOE a pesar de perder 700.000 votos y, de otro lado, han configurado un mapa más plural y más complejo en lo que podríamos llamar el bloque democrático popular o la izquierda en un sentido amplio. Estamos en un “cerco mutuo” y en una “guerra de posiciones”. El PSOE, insisto, tiene más poder y sabe cómo ejercerlo, no necesitan 100 días, saben que lo que comunica realmente es el poder, es el medio y el mensaje y, rápidamente, configurarán las agendas públicas y las trasladarán sin grandes problemas a los medios.

Este poder que gana el PSOE lo obtiene del apoyo directo o indirecto de Podemos y de IU. También tiene sus costes para el PSOE; deber el poder a fuerzas hasta ayer calificadas de populistas, extremistas y hasta desestabilizadoras implica reconocimiento y eso limita en muchos sentidos las campañas descalificadoras. El cerco es mutuo e implica una “larga marcha” a través de las instituciones políticas y sociales, como nos enseñaba el viejo y grande Rudi Dutschke, hoy, desgraciadamente, casi olvidado. Sin duda, lo que pase en los ayuntamientos de Madrid y Barcelona marcará un ciclo político que terminará en noviembre o antes, si se adelantan las elecciones.

Pedro Sánchez, hay que reconocerlo con veracidad, está haciendo las cosas bien y no lo tenía fácil. Frente a una parte de su partido que miraba con buenos ojos acuerdos con el gobierno de Rajoy y hasta llegar a un posible gobierno de coalición, el secretario del PSOE lo tuvo claro: polarizarse con el PP y construir una alternancia a la altura de los tiempos que vivimos. La presentación de Pedro Sánchez como candidato comunicacional y discursivamente es equivalente a la sucesión de Juan Carlos I: protagonizar el nuevo tiempo, con un mensaje reformista que oculta una enésima restauración política en nuestro país.

La escenografía al estilo estadounidense dice mucho de una estrategia muy pensada y pactada con los poderes fácticos. Una de las palabras más fuertes de su mensaje político fue la de autonomía, el PSOE es un proyecto autónomo, lo ha sido siempre y lo seguirá siendo. Lo que se quiere decir con esto es clarísimo desde Felipe González, no aceptar “frentes de izquierdas” y ser en exclusiva la alternativa a la derecha. Para poder hacer esto hoy hay que transformarse en un partido demócrata ligado lejanamente a las clases trabajadoras y, sobre todo, representar a unas capas medias en proceso de proletarización.

Tiempo habrá para analizar a fondo el discurso político de Sánchez. Un asunto tiene, a mi juicio, mucha importancia; lo que pretende este PSOE es demostrar a los poderes fácticos, (desde la Troika al Ibex-35) que ellos son los únicos capaces de frenar y controlar a Podemos y asegurar el futuro del régimen en las nuevas condiciones de la España, periferia de una UE dirigida por Alemania. El PP no da la talla y su continuidad en el gobierno, como Juan Carlos, pone en peligro a la monarquía reinante y con ello los delicados equilibrios necesarios para un régimen, por así decirlo, post 78. Esa tarea es la propuesta de Sánchez, la misma que hizo Felipe González en el 82.

El territorio comunicacional y discursivo que va a marcar Pedro Sánchez tiene mucho que ver con eso que se ha llamado la centralidad del tablero: el PSOE es el único partido capaz de forjar alianzas, de asegurar a la vez continuidad y cambio y, en último término, garante de la estabilidad del sistema. Hay que cambiar para que los poderes que deciden y mandan puedan seguir haciéndolo en nuevas condiciones. ¿Cuál es la condición básica para que Sánchez gane? El apoyo masivo de los medios.

El PP de nuevo se encuentra con un dilema que vivió Fraga, que soportó Aznar y que, de nuevo, sufre Rajoy: ellos son los “representantes orgánicos” de los poderes económicos, pero no son el partido capaz de asegurar la estabilidad y la continuidad de un régimen que vive una difícil transición. Los que mandan harán como siempre, “invertir” en ambos lados y decantar la partida, en función del bloque de unidad popular en construcción en torno a Podemos.

La agenda parece clara: un mensaje redondo, sin aristas, centrado en la lucha contra el paro y la corrupción. El trasfondo, resucitar de nuevo un “patriotismo constitucional” que ya fracasó y que ahora renace de sus cenizas para intentar, paradójicamente, solucionar los llamados problemas territoriales del Estado. Pronto aparecerá, debe de ser uno de los temas más complejos, la necesidad de reformar la Constitución. La idea que va a ir emergiendo, a mi juicio, es clara, reformar la Constitución para asegurar la continuación de la misma e impedir un proceso constituyente.

Comunicacionalmente, insisto, la propuesta de Pedro Sánchez es, en muchos sentidos, similar a la operación Felipe VI: hay que asegurar por todos los medios la continuidad de la “constitución material” que se ha ido configurando en estos años de crisis. La clave es partir de lo ya ganado por los poderes fácticos, es decir, la Constitución del 78 ya no volverá, no se modificará el art. 135 y, desde luego, nadie cuestionará los tratados firmados con la Troika que nos sitúan como un país subalterno extremadamente dependiente y en transición al subdesarrollo económico y social. Estas son conquistas ya obtenidas por el capital y que, bajo ningún concepto, están dispuestos a cuestionar, y el PSOE lo sabe.

Afirmar una agenda política es, muchas veces, negar otra, es decir, concentrar la atención en el dedo que tapa la luna. Lo que quedará fuera del debate también estará claro; por ejemplo, la política exterior y de defensa, íntimamente ligada a los intereses de la administración norteamericana y teniendo a Rota y a Morón como vanguardia de la OTAN en un mundo que tiende aceleradamente a la multipolaridad.

Quedará fuera del debate el Tratado Trasatlántico, TTIP, que engancha asimétricamente a la UE a los intereses geoeconómicos de EEUU, a mayor gloria de las grandes transnacionales. ¿Es posible defender nuestro débil estado del bienestar, los derechos sociales apoyando este tipo de acuerdos?

Quedará fuera también la UE y sus inmensos dilemas. La Grecia de Syriza lo expresa con muchísima claridad: un chantaje político financiero de todos y cada uno de los países de la eurozona contra un pueblo que se “equivocó” votando por una propuesta democrática que aunaba la defensa de las mayorías sociales con la soberanía y la dignidad de un pueblo cruelmente agredido por un “sindicato” de acreedores dirigidos por la señora Merkel.

Quedará fuera, sin duda alguna, la necesidad imperiosa de reafirmar la soberanía popular al servicio de una democracia sustancial y efectiva. La UE no solamente es una institución básicamente antidemocrática sino que, como la vida pone de manifiesto, limita los derechos de los pueblos, erosiona sistemáticamente el estado social y liquida los derechos sociales, sindicales y laborales, sobre todo, en el Sur de un Norte rico y poderoso.

Quedará fuera el control democrático de las finanzas y la cuestión central de la deuda. Dar estabilidad es asegurar que ésta se pagará, pase lo que pase, y que se hará política, como hacen Hollande o Renzi, en los estrechos márgenes que deja la Troika, eufemísticamente llamada hoy “instituciones” de la Unión.

El “patriotismo constitucional” será perfectamente compatible, como ya lo fue en el pasado, con un Estado centralista y oligárquico cada vez más dependiente de los poderes extranjeros y de unas transnacionales en vías de convertirse en “estados privados sin fronteras”, sin control democrático alguno y, lo que es peor, imponiendo sus intereses por medio de una corrupción que ha devenido en sistémica.

Se podría continuar y continuaremos. Al final, el asunto es más simple y más claro de lo que venden los discursos políticos: restauración o ruptura democrática, continuidad o cambio real, defensa de la soberanía popular y de los derechos sociales o tiranía de unos poderes económicos que, como ya sabemos, son insaciables. Lo que queda es ser coherente con lo que decimos: el capitalismo que surge en y desde la crisis es incompatible con los derechos sociales y con la democracia de los de abajo.



miércoles, 10 de junio de 2015

¿Podrá Podemos? Sí se puede, como lema y desafío

El objetivo táctico es derrotar al Partido Popular; el estratégico es derrotar al bipartidismo como forma precisa y concreta de organizar el poder político para que los que mandan de verdad y no se presentan a las elecciones sigan imponiendo sus intereses y decisiones. Así de claro, así de preciso. Todo lo demás debería ser secundario. Podemos tiene la fuerza y la responsabilidad histórica de organizar la alternativa a la enésima restauración borbónica y oligárquica en marcha. Este debería ser el punto de partida.
Ahora se lleva mucho decirle a Podemos lo que debe hacer y hasta cómo hacerlo. Tiene su lógica: se reconoce que la partida política en juego se gana o se pierde según lo que haga o no haga el partido de Pablo Iglesias. El asunto no es nada fácil. De un lado, se deben gobernar unos resultados electorales que dan un enorme poder institucional a Podemos, pero que van a reforzar también a su principal competidor electoral, el PSOE; de otro, el bloque alternativo se ha hecho más heterogéneo, más plural, con nuevas formas de liderazgos que transcienden el marco local y hasta regional. Hay, por así decirlo, un doble componente, forma-partido, forma-movimiento, que se han reforzado y se han retroalimentado no siempre armoniosamente.
No tiene demasiado interés —creo— hablar de futuros escenarios partiendo de estas singulares elecciones. Estas eran, con mucho, las más difíciles para Podemos. Inventarse organizaciones, resistirse al pesado juego de las encuestas y sustraerse a las tentaciones de unos poderes institucionales que parecían al alcance de los votos fueron siempre tareas muy complicadas para partidos hechos y más o menos derechos; para Podemos eran desafíos radicales. Ahora las cosas son diferentes, diría que sustancialmente diferentes: tres actores representando tres espacios político-electorales se van a enfrentar y tendrán cara y ojos singulares. La presencia de Ciudadanos va a depender más del PP y —atención— del PSOE que de ellos mismos. Los poderes deben, en este momento, sopesar diversas alternativas y escenarios posibles. Lo dicho, tres espacios a desarrollar, fortalecer y ampliar. Este es el centro de la partida.
La reciente propuesta de Alberto Garzón va en la buena dirección, pero me temo que llega tarde y que tiene problemas no pequeños de credibilidad y de implementación. La posición de la que parte el candidato de IU es acertada; los problemas de la coalición dirigida por Cayo Lara son centralmente políticos, de carencias de dirección y de incapacidad radical para situarse en el territorio adecuado. El asunto es en muchos sentidos dramático: una buena organización, solidamente implantada y con referentes locales significativos, puede volverse políticamente prescindible porque no ha tenido una estrategia adecuada.
¿Resulta creíble que aquellos que se han opuesto a la unidad popular dirijan o tutelen el proceso de convergencia? ¿Tiene sentido que aquellos que no asumen responsabilidades políticas vayan dando lecciones de unidad y de pluralidad? Se trata de esto: IU ha sufrido una derrota política y no organizativa; para salir de ella se requieren otros fundamentos, otras prácticas y otros liderazgos, es decir, hace falta un revulsivo nítido, una señal clara de que se ha rectificado, de que se va en serio y hasta el final. Estamos hablando de meses, de pocos meses; no hay tiempo para tacticismos.
La clave, a mi juicio, es organizar en torno a Podemos, desde la autonomía de cada fuerza u organización, un bloque, un espacio político electoral que permita construir una forma-movimiento capaz de convertirse en alternativa al bipartidismo dominante; hacer una propuesta que tenga como lema, referente e imaginario, el Sí se puede que hemos ido proclamando desde el 15M, grito de los de abajo, que expresa un desafío, una esperanza que debe convertirse en propuesta política y en fórmula electoral. Partimos de la idea de que se trata de una ocasión única y que su éxito o fracaso puede marcar el destino de nuestros país durante muchos años

En mi opinión, para lograr esto haría falta, en primer lugar, un discurso político claro que sintetice en propuestas concretas las demandas, las aspiraciones de las mayorías sociales; en segundo lugar, construir una alternativa electoral que tenga como base las nacionalidades y comunidades autónomas; en tercer lugar —no será fácil— desarrollar fórmulas de democracia participativa que impliquen a las gentes más allá de la militancia partidaria como ha ocurrido en diferentes lugares en éstas últimas elecciones; en cuarto lugar, buscar alianzas programáticas con los movimientos sociales; y en quinto lugar, un candidato o candidata que sea capaz de expresar estos anhelos y esperanzas. Yo tengo mi propuesta.

Publicado en Cuarto Poder

viernes, 29 de mayo de 2015

Podemos e IU después de las elecciones: el nudo de Julio Anguita

A Julio Anguita le han construido una imagen de doctrinario y de pésimo táctico. No es verdad. El antiguo coordinador de IU tenía principios sólidos que nunca aplicó dogmáticamente, pero, sobre todo, tenía y tiene un gran olfato político para ver lo nuevo que emerge y traducirlo en votos. No fue casual que los jóvenes del 15M lo admitieran como interlocutor, y lo hizo a su manera, es decir, sin halagar y entrando en un diálogo franco y leal. Tampoco fue casual el surgimiento del Frente Cívico. Izquierda Unida, siempre temerosa, dejó pasar la iniciativa sin sacar las consecuencias políticas debidas. Pablo Iglesias lo entendió a la primera y lo convirtió en el núcleo del discurso político de Podemos.
Un mes, más o menos, antes de las elecciones, Anguita escribió un artículo valiente y extremadamente audaz con el título de “El nudo gordiano”. Lo que venía a decir es claro: expresar la enorme preocupación ante una izquierda que no está a la altura de las dramáticas circunstancias de nuestro país y proponer la creación de una nueva formación política más allá de IU y del PCE. Me temo que este artículo será tratado como los anteriores, es decir, dejarlo pasar y que el tiempo lo haga olvidar. Un error más de los pusilánimes de turno, porque, se esté de acuerdo o no con él —yo lo estoy— el debate merece la pena y puede clarificar mucho los dilemas estratégicos de las fuerzas que, en uno u otro sentido, impulsan lo que hemos llamado la unidad popular.

Todo esto —parece evidente— tiene que ver con el análisis y la valoración de las elecciones municipales y autonómicas celebradas hace unos días, en el marco de un ciclo que terminará en noviembre de este año. Nos referimos a unas elecciones singulares que encuentran a las llamadas fuerzas emergentes en condiciones especialmente complicadas. Inventarse organizaciones, desarrollarse territorialmente y generar centenares de candidaturas en poco más de un año no es nada fácil. Esto obliga a entender estas elecciones como la continuación de un ciclo iniciado en las europeas y que terminarán con las generales. Al fondo, el 15M.

Los resultados entraban —podríamos decirlo así— en el marco de lo previsible. En primer lugar, derrota política del Partido Popular. La derecha pierde votos, pero sobre todo, va a perder poder, mucho poder. Es cierto que el PP sigue siendo la primera fuerza política del país y debe suscitar reflexión preguntarse cómo y por qué se sigue votando a una formación política ligada estructuralmente con la corrupción. En segundo lugar, el bipartidismo retrocede pero se resiste en clave PSOE. La estrategia de Pedro Sánchez se ha mostrado acertada, polarizarse claramente con la derecha y frenar por la izquierda a Podemos. Frente a los que opinaban que era el momento de “la gran coalición” y que había que moderar la confrontación, el secretario general del PSOE entendió que esto era suicida y que dejaba a Podemos un amplísimo espacio electoral.

Conviene aquí no confundirse demasiado. Polarizarse con el PP es buscar el eje derecha- izquierda como referencia, sabiendo que, al final, se pedirá, como siempre, el voto útil y la necesidad de sumar todos los apoyos a la “izquierda” capaz de impedir el triunfo de la derecha. El “relato” es claro: o se vota al PSOE o gana la derecha. Este ha sido el chantaje discursivo durante más 30 años que Izquierda Unida no pudo, casi nunca, superar.

Todos sabíamos que la táctica del voto útil escondía una trampa que era relativamente fácil de desvelar: si a la izquierda del PSOE crecían fuerzas con proyectos alternativos, estos, los socialistas, tendrían que decidir si estaban por seguir pactando con los poderes económicos o —era la clave— girar a la izquierda y propiciar políticas en favor de las mayoría sociales y, específicamente, de los trabajadores y trabajadoras. Lo fundamental —todos lo sabemos— era un sistema electoral que forzaba al voto útil y dejaba a las fuerzas realmente de izquierdas fuera de las opciones con posibilidades reales.

Aquí se ve, una vez más, que el verdadero partido del régimen es el PSOE, ya que asegura como nadie que los que mandan y no se presentan a las elecciones puedan obtener un consenso lo suficientemente amplio para que en ningún momento se cuestione el modelo económico y de poder vigente. El partido de Pedro Sánchez, aún perdiendo más de 600.000 votos, sale fortalecido de estas elecciones, lo que le va a servir de plataforma para encarar razonablemente las generales. Los que mandan habrán tomado ya nota.

Podemos se consolida territorialmente y se desarrolla orgánicamente. De nuevo, el juego entre expectativas y realidad acaba pasando factura. Estas eran las elecciones más difíciles para el partido de Pablo Iglesias y las ha pasado con una nota alta. Hay que analizar caso por caso y no confundir las elecciones autonómicas con las municipales, aunque ambas han estado íntimamente relacionadas. En algunos lugares las municipales han tirado de las autonómicas y, en otros casos, las han frenado o incluso las han hecho retroceder. A la inversa también ha ocurrido.

Podemos, en las comunidades autónomas y en decenas de ciudades, va a acumular poder institucional y mucha influencia política; ahora bien, los dilemas a los que se enfrenta no serán pequeños. En diversos lugares tiene escaños suficientes para, junto con el PSOE, echar a la derecha y propiciar una nueva situación política. El otro lado de la contradicción es también evidente: se pacta con el principal competidor electoral y parte decisiva del bipartidismo —más o menos imperfecto— dominante. “Cerco mutuo y guerra de posiciones”, este es el escenario de una batalla política y estratégica donde se juega, ni más ni menos, la enésima restauración borbónica o el cambio real, es decir, la ruptura democrática. También hay que tomar muy en cuenta —no es poca cosa— que el campo de las fuerzas de la transformación real se ha hecho más plural, más heterogéneo, y que forjar la alternativa, no la simple alternancia de los partidos del turno dinástico, será una tarea compleja y llena de dificultades.

Los resultados de Izquierda Unida han sido aún peores de los que auguraban las encuestas. Resultaron patéticos, en la noche electoral, los esfuerzos del coordinador por maquillar los pésimos resultados de las autonómicas oponiéndoles los buenos de las elecciones municipales, sin darse cuenta de que, con ello, se ponía de manifiesto el verdadero problema: IU tiene una excelente organización y carece de (dirección) política. Para decirlo más claramente, cuando se trata de organizar, de montar centenares de listas y presentar candidaturas, los hombres y mujeres de IU se sobran y se bastan, incluyendo las decenas de candidaturas de unidad popular; se podría decir, sin exagerar demasiado, que no necesitan de la dirección; lo saben hacer y punto.

El problema reside en que cuando pasamos a las elecciones autonómicas, la política, la buena política, la dirección adecuada y la táctica justa, cuentan y mucho. Las carencias de la dirección federal —su no política unas veces o sus políticas equivocadas otras— perjudicaron el discurso de las autonomías y sus opciones electorales. Cuando se ha tenido política, esta no ha sido otra cosa que racionalización del repliegue identitario, muchas veces trufado de un discurso anacrónico, que por serlo, siempre apareció postizo y sin alma.

Seguramente, el dato más relevante es el avance de la unidad popular, reflejada ejemplarmente en Madrid y en Barcelona, destacadas expresiones de centenares de candidaturas construidas paciente y tenazmente en todo el país, en condiciones —justo es subrayarlo— duras, a veces, extremadamente duras. Donde estas se han organizado democráticamente, respetando la pluralidad y superando las prepotencias y sectarismos, han funcionado y se convierten en el dato más relevante de nuestra realidad política vista desde abajo y desde la alternativa democrática.

No conviene olvidarlo en esta hora: centenares de militantes y activistas de IU han estado por delante y por detrás de estas candidaturas de unidad popular, la mayoría de las veces contra el criterio de sus direcciones y teniendo que soportar todo tipo de coacciones, amenazas y, al final, expulsiones; sí, hay centenares de afiliados excluidos de la organización en todo el país por defender lo aprobado en la X Asamblea de IU. Ahora, después de las elecciones, Cayo Lara les dice que lo que ha ganado es la convergencia y la unidad popular, es decir, aquello por lo que muchos han sido marginados o excluidos por las distintas direcciones. Una vieja historia; se deja pasar la pelota y no al jugador.


Es hora de volver a Julio Anguita. El fondo del asunto es simple y coherente con su modo de ver la política de este país desde su reflexiva soledad cordobesa: hay que construir la alternativa, para ello hace falta organizar un proyecto autónomo con voluntad de poder; el tiempo apremia y la unidad no tiene espera. Nos lo jugamos todo en poco tiempo y todos debemos hacer los deberes que nos tocan. A Podemos le toca la responsabilidad de estructurar el bloque nacional-popular sabiendo que solo no podrá. A IU le toca “refundarse”, es decir, fundarse de nuevo. No es tan difícil de entender: el proyecto histórico de Izquierda Unida no cabe ya en esta forma-partido que ha devenido en las siglas IU. Llorar lo justo y abrirse a lo nuevo que surge en nuestra sociedad y que ha venido para quedarse.

sábado, 16 de mayo de 2015

España, ¿neocolonia de una Europa alemana? Nuestro verdadero problema

Imagen de archivo de Rajoy y Merkel durante una rueda de prensa conjunta en Berlín. / Sebastian Kahnert (Efe)
El Debate Prohibido. Moneda, Europa y pobreza era el título de un libro publicado en 1995 por Jean-Paul Fitoussi, donde –era uno de los pocos– alertaba de los peligros de la Unión Europea para los derechos sociales, para nuestras libertades concretas y, específicamente, para nuestras ya maltrechas democracias. Sigue siendo un debate prohibido. No hay nada más que ver la campaña electoral para entender que nadie quiere entrar en el fondo de una UE que se ha convertido en una poderosísima máquina de expropiación de patrimonios, derechos y libertades de los pueblos europeos y, específicamente, de los pueblos del Sur.

Asombra la soledad de Grecia y que no haya solidaridades efectivas de unas fuerzas progresistas que con la boca llena hablan de que no hay salidas nacionales a la crisis, que son necesarias más convergencias europeas y que necesitamos más Europa; eso sí, a renglón seguido, se dice que tiene que ser diferente a esta. Mientras, repetimos, Grecia está sola frente a todos los demás gobiernos de la eurozona. ¿Dónde quedó el internacionalismo de la llamada izquierda europea?

La paradoja más sobresaliente es que más de siete años de crisis y el tipo de integración resultante justifica, hasta la exageración, las razones por las que algunos nos opusimos a la Unión Europea en general y al euro en particular. No fuimos muchos, es verdad, pero lo que sorprende hoy es que no critiquemos a fondo esta específica construcción europea y no hagamos de esto un elemento central de la crítica al capitalismo neoliberal; ambas cosas, integración europea y neoliberalismo, son parte de un mismo proceso que solamente cabe calificar de regresión e involución civilizatoria.

Hay tres cuestiones que están íntimamente unidas y de cuya solución va a depender el futuro de nuestro país y, especialmente, de las generaciones jóvenes que buscan un mañana de dignidad, justicia y libertad. Estas tres cuestiones configuran un nudo que es necesario cortar, romper en mil pedazos: a) España, periferia del Sur de la UE; b) el modelo productivo configurado por las políticas de austeridad y c) la crisis del régimen del 78. Como se ha dicho, es una sola cosa con tres nódulos que se entrecruzan y se relacionan entre sí.

¿Qué significa ser parte de la periferia de la UE? Decía Eduardo Galeano que la división del trabajo es un mecanismo en el que unos se especializan en ganar y otros se especializan en perder. En la UE, en la zona euro, se ha ido organizando una división del trabajo en torno a un centro, cada vez más fuerte y poderoso, y una periferia cada vez más subalterna y dependiente cuyos modelos productivos se han ido estructurando según las necesidades, objetivos y estrategias de los países centrales.

Los años de crisis no han hecho otra cosa que profundizar este esquema de poder y España, como los demás países del Sur, se está especializando en perder. Resulta patético que se pueda hablar hoy de impulsar de nuevo derechos sociales, laborales y sindicales, es decir, de realizar políticas económicas sociales y democráticas como si la UE no existiera. Algunos hemos insistido hasta la saciedad en esta paradoja: las fuerzas nacional-populares tenemos hoy una gran posibilidad de construir un bloque político y social muy amplio en defensa de los derechos humanos fundamentales y de las libertades básicas, es decir, un programa antineoliberal de reconstrucción nacional, económica y social. La otra cara, la que está sufriendo la Grecia de Syriza, es que los límites para reformas, aunque sean muy moderadas, son enormes. Para decirlo de otra forma, la UE es una estructura de poder funcional a la globalización neoliberal dominante y no admite políticas alternativas aunque estas sean mínimas.

Las personas serias lo sabían y así lo dijeron. La introducción del euro sin una política económica común, una hacienda común y una legislación laboral y social común, es decir, una moneda sin un Estado detrás y con economías extremadamente heterogéneas tendría como consecuencia la profundización de lo que ya antes existía y que hoy es gravísimo: un centro cada vez más fuerte y poderoso y una periferia, los países del Sur, cada vez más dependiente económicamente, más subalterna políticamente y en regresión social y laboral.

El cuento que se nos narra es algo peor que una mentira. Se trata pura y llanamente de bloquear el futuro de nuestro país y conducirnos al subdesarrollo económico, social y político. Si no hay políticas realmente redistributivas en la UE y, específicamente, en la zona euro, estamos condenados a una “devaluación interna” permanente y a ir liquidando lo poco que queda ya de un Estado social que fue siempre débil. Haremos, como siempre, del ajuste salarial la variable clave y ganaremos competitividad rebajando derechos sociales, derechos laborales y precarizando sistemáticamente la fuerza de trabajo.

¿Alguien se imagina al Estado alemán dedicando el 8 o el 10 por ciento de su PIB para ayudar a los países del Sur? ¿Alguien se imagina al resto de los países ricos haciendo algo parecido? ¿De qué federalismo hablamos si no hay redistribución territorial, social y económica de renta y riqueza en nuestra cada vez más desigual e injusta Unión Europea? ¿Qué solidaridad? ¿Qué modelo social? El federalismo es la cobertura que legitima no solo las políticas neoliberales sino que, paradoja de las paradojas, impide la Europa política. Friedrich Hayek siempre defendió esto y no otra cosa.

El modelo productivo que emerge tras las políticas de crisis es cada vez más claro: una industria débil, dependiente y poco integrada en la economía productiva nacional; un sector servicios hipertrofiado, basado en un turismo de masas de bajo coste y, de nuevo –el entusiasmo es irresistible– el ladrillo como mecanismo de futuro, a lo que se añade una agricultura sin impulso y, en muchos sentidos, bloqueada. El asunto es simple, un modelo productivo así configurado no genera pleno empleo con derechos, hace de la precariedad la forma predominante de gestión de la mano de obra y consolida un modelo de relaciones laborales que significa para la mayoría de la población una nueva forma de servidumbre.

Nuestro sistema productivo es, sobre todo, un sistema de poder; ambas cosas están íntimamente relacionadas. No es casual que la crisis económica esté significando una enorme erosión del régimen del 78. Los poderes económicos, una alianza entre la oligarquía española y los poderes europeos, decidieron que los derechos y libertades consagrados en la Constitución de 1978 ya no servían para el capitalismo salvaje y depredador que estaba emergiendo de y desde la crisis. La “Constitución material” fue cambiando a golpe de directivas europeas y Zapatero terminó por convertirla en Constitución formal modificando el artículo 135.

El proceso constituyente, mejor dicho, destituyente, comenzó hace tiempo con una pequeña y singular variante: al margen y contra el pueblo soberano. Ser periferia de una Europa alemana significa más desigualdad, pérdidas concretas de libertades y de poderes reales, en definitiva, una ciudadanía condenada a la inseguridad económica, a la vulnerabilidad social, simples mercancías en un mundo cruel, despiadado y sin alma. No hay que darle demasiadas vueltas. A un modelo económico así configurado le corresponde una democracia cada vez más limitada y oligárquica y una clase política que convierte la corrupción en el modo normal de gestionar la cosa pública.

Al final el nudo se fortalece y se consolida cada vez más. El tipo de Unión Europea que el Estado alemán garantiza, representa una alianza duradera entre élites económicas y políticas, entre oligarquías en guerra de clases contra sus poblaciones. Las élites económico-financieras que hoy mandan en nuestro país, incluidas la burguesía vasca y catalana, están de acuerdo en este modelo de sociedad, con este sistema productivo y con esta estructura de poder resultante. Ellos son los enemigos de España y solo enfrentándose a ellos sistemáticamente estaremos en condiciones de vencer. O ellos o nosotros.


¿Cuándo entenderemos que nuestros pueblos tienen un enemigo común y que solo unidos podemos vencerle?

lunes, 4 de mayo de 2015

¿Qué es la unidad popular?


Para Salvador Allende, engarce imprescindible
entre nuestro pasado y nuestro porvenir.

Estas elecciones municipales y autonómicas están siendo muy duras para el sujeto popular: divisiones, prepotencias, sectarismos de todo tipo…, pero es solo una parte de la verdad. En otros muchos lugares, la unidad popular avanza y se consolida; centenares de candidaturas, empezando por Madrid y Barcelona, se han ido gestando con paciencia, con inteligencia, con sufrimiento. Cuando los ‘partidos-institución’ no responden a las demandas del ‘partido orgánico’ (las fuerzas que están por el cambio y la transformación), los ajustes se hacen difíciles y los muros parecen obstáculos infranqueables. Aun así, se saltan y se están saltando, y a veces se rompen y se están rompiendo.

Mujeres y hombres, activistas, cuadros sociales y políticos han hecho posible desde abajo lo que por arriba no parece posible todavía: unir a las diversas izquierdas, organizar amplios frentes democrático-populares, y hacerlo al calor de los movimientos sociales. El objetivo es claro: construir la alternativa al bipartidismo y gobernar para transformar. No es poco, es apenas el inicio y queda mucho, mucho camino por delante. La experiencia va a ser muy importante y dará fuerza, confianza y estímulo a los que han luchado, con paciencia y coraje, por la unidad popular.

Pero, ¿qué es la unidad popular? Intentaremos delimitarla, siempre provisionalmente, por aproximaciones sucesivas. Una primera definición podría ser la siguiente: un conjunto de políticas dirigidas, encaminadas, a la construcción de una sociedad de mujeres y hombres libres e iguales, liberados de la explotación, del dominio y la discriminación; una res pública. Se trata de una definición, quizá demasiado abstracta, que expresa objetivos políticos que actúan como principios, como ideas reguladoras, que sirven para criticar el presente y prefigurar las líneas maestras del futuro a construir colectivamente.

La unidad popular es, sobre todo, una estrategia, es decir, un modo de hacer y organizar la política concebida como acción consciente, colectivamente realizada. Para entender esto, es necesario hacer un pequeño rodeo sobre el poder en nuestras sociedades. En la sociedad capitalista, el poder es capitalista; no se trata de un juego de palabras; lo que se quiere decir es que el capital, los capitalistas, individual y colectivamente, tienen un poder estructural y que este está distribuido desigualmente y asimétricamente en nuestras sociedades. Este es y será siempre el límite objetivo de toda democratización en el capitalismo.

El Estado unifica al bloque dominante, asegura la subalternidad político-ideológica de las mayorías sociales y garantiza la cohesión de la formación económico-social, desde su monopolio exclusivo de la violencia legítima. El Estado capitalista es, pues, el espacio contradictorio donde se expresan los conflictos básicos, se dirimen las contradicciones entre fuerzas políticas y sociales y, esto es lo fundamental, se organiza y reproduce la clase política dirigente. Ni es neutro desde el punto de vista de los conflictos básicos ni un simple instrumento-máquina de las clases económicamente dominantes; su autonomía es siempre relativa, y cambia según condiciones. Ahora, en la presente crisis (es señal inequívoca de ella), la autonomía es más estrecha y su carácter de clase, más evidente.

Partiendo de esta realidad del poder en nuestras sociedades, se entiende mejor lo que significa la unidad popular como estrategia política emancipatoria. Gobernar es muy importante, planteárselo como objetivo demuestra la seriedad, la consistencia y el coraje de una fuerza política, pero debemos subrayar también que gobernar con un programa transformador significa, hoy más que ayer, algo más que acceder electoralmente al poder ejecutivo; hace falta fuerza social organizada para intentar (tarea muy difícil y siempre provisional) reequilibrar el déficit estructural de poder existente en nuestras complejas sociedades. En el centro, el Estado, y más allá, el conjunto de instituciones formales y no formales de eso que se ha venido a llamar la sociedad civil.

El objetivo es combinar, en el largo y en el corto periodo, la democratización de las instituciones del Estado con la articulación y desarrollo de poderes sociales. Ambas cosas, trabajo institucional y creación de poderes de base en nuestras sociedades concretas, tiene una prioridad local-territorial. Se podría hablar de la ‘territorialidad del poder’, es decir, de asentarse sólidamente en el espacio, crear vínculos sociales solidarios y altruistas, y expandir formas alternativas de producción y comercialización que aseguren el buen vivir de las personas, nuevas relaciones sociales respetuosas y en paz con el medio ambiente, volcadas hacia el futuro, uniendo dignidad y autogobierno de las personas con la apropiación colectiva del territorio.

Para no perder el hilo: ‘democratizar la democracia’ (como nos enseña desde hace años Boaventura de Sousa Santos) implica combinar un trabajo serio y sistemático en las instituciones (gestionar de forma alternativa es crucial) con la creación paciente, tenaz, contracorriente (la normalidad es casi siempre pasividad, subalternidad y dejar hacer al mercado, a los empresarios, al capital) de diversas formas de autoorganización social, practicas sociales e institucionales alternativas. La clave: una gestión institucional que genere conflicto y no paz social, que fomente la autoorganización de sujetos sociales fuertes; poderes sociales que ayuden a democratizar las instituciones, que socialicen la política y cambien la sociedad desde abajo.

Lo nacional-popular es la otra cara de la moneda, el contenido que hace posible la transformación social. Ser parte de la gente, ser gente, implicarse y aprender enseñando. Lo que hay detrás es un viejo asunto que tiene que ver con la vida cotidiana de las personas. La sociedad emancipada, lo que hemos llamado socialismo, implicaba una democratización sustancial de la política, del poder, de la cultura, de la economía. Es la democracia de la vida cotidiana, es decir, nuevas relaciones sociales entre los hombres y las mujeres, entre las empresas y los trabajadores, entre los servicios públicos y la ciudadanía, entre los seres humanos y la naturaleza de la que somos irreversiblemente parte. En definitiva, reabsorber la historia de las grandes palabras y de los hechos trascendentales en una cotidianidad liberada.

Lo peor es el elitismo de una parte significativa de los intelectuales, unas veces trufado de culturalismo, otras de marxismo de andar por casa (perdón, por los palacios) y los más, puro llegar holgadamente a final de mes. Los intelectuales tradicionales deben ser superados por otros que sean capaces de partir de las necesidades de las gentes, defendiendo y transformando los ‘sentidos comunes’, construyendo una nueva alianza con las clases subalternas. El objetivo es preciso: una nueva cultura que dé vida a un nuevo poder, a un nuevo Estado, a una nueva república protagonizada por los de abajo, fundada en la hegemonía política de las clases trabajadoras, de las clases populares.

La unidad popular, hay que insistir una y otra vez, es hoy obligatoria. Si algo pone de manifiesto la Grecia de Syriza (siempre sola, justo es señalarlo) es que el poder de los gobiernos ha disminuido mucho y que cualquier proyecto democrático y social requerirá conquistar más autonomía, más soberanía, más poder. Sin una mayoría social organizada, sin un pueblo convencido y movilizado, sin unas fuerzas políticas y sociales unidas, no habrá transformación posible y seremos, una vez más, derrotados, todo ello para mayor gloria de la Europa alemana del euro y del capital monopolista financiero. Al final, será muy importante un equipo dirigente audaz, inteligente y radical.


Se dirá que todo es demasiado genérico y que los seres normales no lo entenderán. Creo que se equivocan. Las encuestas sirven para lo que sirven y con restricciones. Hay, al menos, dos actitudes posibles: quedarse en lo que opinan las gentes sin más o partir de ellas, para ir más allá de ellas mismas. Por lo que sabemos, digámoslo con modestia, nuestra gente tiene ideas claras y enemigos de carne y hueso: los banqueros, los grandes empresarios, la gran patronal… Saben con bastante precisión que los poderosos han capturado al Estado y que lo han puesto a su servicio, y que los responsables de esta inmensa involución social y política son los dos grandes partidos dominantes, siempre apoyados por las burguesías nacionalistas vasca y catalana. Lo que hay que hacer ahora es convertir la enemistad política en proyecto alternativo de país. La diferencia entre transformación y transformismo es, muchas veces, una delgada línea. La unidad popular servirá, también, para que esta no se traspase.

sábado, 18 de abril de 2015

PODEMOS e IU. No hay alternativa a la unidad


Tania Sánchez y Mauricio Valiente, el pasado 29 de enero, 
durante la rueda de prensa en la que Podemos y Ganemos
 anunciaron el acuerdo para ir unidos a la municipales bajo la fórmula de un 
partido instrumental. / Emilio Naranjo (Efe)















A los que luchan por la Unidad
Popular: los perdedores de hoy
son los portadores del futuro

En una reciente reunión de la presidencia de Izquierda Unida, Cayo Lara, con el tono que ya es habitual en él, me interpeló sobre mi (supuesta) propuesta de “partido orgánico” y la necesidad de llevarla a la próxima asamblea de IU. De pronto comprendí que el problema era que el coordinador no había entendido el concepto y que polemizaba conmigo sobre un supuesto falso. Para decirlo claramente desde el principio, someter a votación en un congreso el “partido orgánico” es como decidir el concepto de clases sociales, Estado capitalista o la concepción de la hegemonía político-cultural.

De la “caja de herramientas” analíticas de procedencia gramsciana, el término “partido orgánico” hay que diferenciarlo del partido-institución. Se puede decir que para el destacado comunista sardo cada clase social básica tiene un solo partido fundamental que le es propio, lo que no impide que existan diversos partidos-institución ligados a él. Hoy, el “partido orgánico” emancipatorio sería el conjunto de fuerzas sociales, políticas y culturales que están por el proceso de transformación social. Para poner un ejemplo, en Madrid serían parte del “partido orgánico” Manuela Carmena o Mauricio Valiente; Luis García Montero o José Manuel López, pasando por Tania Sánchez o Agustín Moreno. Sin entrar en demasiados detalles, estos serían las puntas del iceberg del “partido orgánico” de la Comunidad de Madrid.

Un concepto así configurado tiene mucha importancia estratégica y normativa. Nos dice, en primer lugar, que la clave de la política emancipatoria siempre está en este bloque sociopolítico y cultural, en su desarrollo, en su unidad y cohesión política e ideológica. En segundo lugar, que los partidos-institución pueden ser o no funcionales a dicho “partido orgánico”, es decir, pueden favorecer su coherencia y vertebración o pueden contribuir a su división y a su ruptura interna. En tercer lugar, que la estrategia democrático-popular debe propiciar la organicidad, es decir, la correspondencia entre el “partido orgánico” y los partidos-institución transformadores.

No es fácil defender la convergencia y la unidad de las distintas fuerzas transformadoras y de izquierda en plena campaña electoral y cuando hay una competencia muy fuerte entre ellas. El “partido orgánico” ha cambiado mucho en este último periodo, en su composición y hegemonías internas, en su capacidad de organización y de movilización, en su pluralidad interna y en sus consciencia. Podemos refleja las insuficiencias de las viejas izquierdas y expresa un proceso contradictorio, heterogéneo y conflictual de organización de un nuevo sujeto político. El “espíritu de escisión” es muy fuerte y la búsqueda de diferenciación es casi inevitable.

Izquierda Unida vive una situación especialmente dura. No es fácil atravesar tantos desiertos y no encontrar el oasis de un buen resultado electoral. La crítica es siempre más fácil que la autocrítica cuando caen chuzos de punta y la organización corre el riesgo de sumirse en la irrelevancia. Se ha pasado de la esperanza de una subida electoral que forzara un acuerdo de gobierno con el PSOE, a luchar con uñas y dientes por un espacio político menguante. Como se verá, las condiciones están dadas para un durísimo antagonismo entre estructuras partidarias, quedando muy atrás las aspiraciones, los deseos y las demandas de un “partido orgánico” que sabe que la unidad no tiene alternativa. Se podría decir que son momentos propicios para los sectarios de todos lados, para el cierre de filas y la búsqueda del enemigo interno.

Sorprende, sin embargo (las elecciones andaluzas y las encuestas así lo dicen), que no seamos capaces de entender que las diversas izquierdas y Podemos somos insuficientes para los objetivos que individual y colectivamente nos proponemos. Este punto no puede ser eludido. La cuestión de fondo sigue siendo restauración o ruptura democrática, continuidad o cambio, en momentos de crisis del régimen y de transición (muy avanzada ya) hacia una democracia limitada y oligárquica.

La asimetría de fuerzas es espectacularmente favorable a los poderes dominantes. Cada acción de los de abajo implica una reacción de los de arriba que puede ser igual o, como sabemos ya, superior. Los que mandan y no se presentan a las elecciones siempre tienen el poder suficiente para construir alternativas. Sabemos que han reaccionado con prontitud y determinación: el surgimiento y el desarrollo de Ciudadanos como fuerza estatal y el ataque sistemático contra Podemos dice con mucha claridad que estamos ante una guerra de verdad y que los de arriba van a oponerse con toda su energía a cualquier intento de cambiar la actual correlación político-institucional de fuerzas.

Estas elecciones podían haber sido una oportunidad para avanzar en un proceso de unidad popular y de convergencia social y política de las fuerzas que están por la construcción de la alternativa al bipartidismo neoliberal dominante. Al final, creo, que no será así. Los llamamientos a candidaturas unitarias, a la unidad por abajo y demás consignas de la izquierda no consiguen eludir lo fundamental: la unidad por abajo es mucho más difícil de conseguir que la unidad por arriba. Es tremendo, pero es así. Cuando las cosas llegan abajo, en nuestras específicas condiciones, aparecen todos los demonios de la izquierda, sectarismos, oportunismos, desprecio, en definitiva, a las gentes “comunes y corrientes”. La “casta” está metida en nuestros huesos y falta grandeza y sobra mediocridad y pusilanimidad.

Hay que continuar. En centenares de lugares de nuestra patria se han hecho intentos de construir unidad popular. El resultado ha sido desigual, pero esperanzador. La unidad popular es la “prueba del nueve” de la coherencia programática y política de la izquierda. Vivimos una situación contradictoria: la izquierda reformista no lo es y el programa común puede ser el de una inmensa mayoría de nuestra sociedad. Podemos llegar al gobierno. ¿Qué haremos desde él si desde arriba y desde abajo no hay un pueblo organizado y con sentido de la historia? Es un viejo asunto, transformismo o transformación social.


Muchos y muchas pensarán que somos idealistas, gentes con buenas intenciones pero sin posibilidades reales de cambiar esta sociedad. Los “listos”, los realistas, los que todo lo saben, los que están en posesión de la verdad de siempre, dicen que no hay más cera que la que arde y que todos los demás somos ilusos, incompetentes soñadores de un futuro mejor. Olvidan una cosa, no pequeña, que nos enseñó el viejo Marx: la realidad es contradictoria y expresa tendencias reales hacia lo peor y hacia lo mejor, hacia la involución o el progreso social. Nada hay menos realista que aquellos que aceptan esta realidad como la única realidad.

viernes, 27 de marzo de 2015

Después de las elecciones andaluzas: la restauración ya comenzó


Hay que insistir una y otra vez en que la clave siempre está, y en estos momentos históricos mucho más, en saber cómo mandan los que no se presentan a las elecciones. La cuestión básica, a mi juicio, es saber “leer e interpretar la fase”: lucha denodada, sistemática y sin cuartel entre pasado y futuro, continuidad y cambio, restauración dinástica-oligárquica o ruptura democrático-plebeya. Todo lo demás, creo, debe leerse en el marco de este conflicto de clase y, sobre todo, de poder, incluidas las elecciones andaluzas.

La política es un arte y la estrategia, su instrumento principal. Susana Díaz, la Presidenta de la Junta de Andalucía, cuando convocó anticipadamente las elecciones andaluzas sabía lo que hacía: situar “a contrapié” a Podemos, destrozar al PP y quitarse de en medio a una díscola IUCA dirigida por Antonio Maillo, alguien que no era de los suyos. Todo el mundo estaba de acuerdo en esto y las elecciones le han dado la razón. Hasta aquí, todo normal, todo previsible. Hay que ir más allá.

¿Qué es lo específico y qué es lo general de las elecciones andaluzas? Deberíamos centrarnos en esto. La jefa de Andalucía es “orgánica del poder”, es decir, tiene conciencia de Estado: hay que defender al régimen y oponerse con todas las fuerzas a la ruptura democrática. El instrumento debe ser el PSOE y ella, la dirigente, la que decide. Es su misión histórica, defender a la clase política, al bipartidismo y, sobre todo y más, a los grupos del poder, a los que mandan y no se presentan a las elecciones. Ella lo sabe bien, mejor que nadie; es aparato, “purito” aparato. El rey es la clave porque asegura la estabilidad del poder y que todo siga como debe ser, igual, es decir, que los Botín sigan mandando.

El verdadero partido del régimen es el PSOE, Felipe González se lo enseñó. El PP es demasiado derecha, demasiado comprometida con las clases parasitarias y clasistas. El PSOE es “moderno” y abierto al mundo. Ellos saben hacerlo, es decir, encontrar el “centro de gravedad” donde se hace posible que las clases subalternas (los asalariados y asalariadas; los trabajadores y trabajadoras) acepten que los que mandan deben seguir mandando. No es fácil, pero ellos saben el secreto. Si les dejan, si confían en ellos, si los apoyan y los financian abundantemente, demostrarán que son capaces de defenderlos mejor que nadie, mejor que el PP de Rajoy. Esta es la batalla que Susana Díaz ha ganado en Andalucía. La duda es si Pedro Sánchez será capaz; pero si no lo es, ella siempre estará ahí asegurando la línea de defensa última y la gobernabilidad del sistema.

En Andalucía ellos son un régimen, es decir, la cristalización de una estructura de poder, un formidable dispositivo político, organizado, estructurado y legitimado por más de treinta años de ejercicio sistemático de dominio sobre la cosa pública. En unos años hemos visto cómo el PSOE pasa de ser un partido andaluz, el principal si se quiere, al Partido de Andalucía. La clave es una inmensa capacidad para neutralizar el conflicto social. Los ERE son eso, medios, instrumentos para desactivar la relación entre lucha social y política, conflicto y poder en Andalucía. La sociedad civil ha sido reorganizada desde las instituciones e integrada. Se practica un juego donde la discriminación y cooptación de las diversas y singulares oposiciones (sociales, culturales, políticas) son sabiamente dosificadas. SEGUIR LEYENDO ->

miércoles, 18 de marzo de 2015

La Grecia de Syriza: ¿podemos aplicar políticas sociales y democráticas en la zona euro

Una de las paradojas del presente es que, para ser realmente reformista, hacefalta ser revolucionario. Para decirlo de otra forma, el capitalismo financiarizado neoliberal tiene tal fuerza organizada que hace extremadamente difícil cualquier intento para reformarlo aunque sea moderadamente. Esto tiene, al menos, una doble consecuencia: permite ampliar enormemente el marco de alianzas para políticas nacional-populares pero (este pero tiene cierta importancia) haceextremadamente difícil aplicar desde el gobierno políticas que recuperen derechos sociales perdidos, fomenten y amplíen las políticas de bienestar y, sobre todo, construyan modelos productivos social y ecológicamente viables.
Esto se ha puesto de manifiesto con la llegada de Syriza al gobierno de Grecia. La discusión fuera y dentro del país heleno está siendo muy fuerte y, como suele ocurrir, controvertida. El acuerdo recientemente suscrito por las instituciones de la Unión Europea y el gobierno griego ha sido calificado de triunfo por Tsipras y criticado, con argumentos de peso, por una parte de la propia organización de la izquierda griega. El debate tiene aspectos técnicos relevantes y siempre se acaba en aquello de si el vaso está realmente medio lleno o medio vacío.  Leer mas -->

martes, 24 de febrero de 2015

Sobre el llamado debate del Estado de la Nación: de la retórica a los hechos

Esther Gómez:
nunca caminarás sola.
manolo monereo
Sobre el debate del estado de la Nación, habría que poner el acento en algunas grandes cuestiones: a) Rajoy no representa a la Nación y sus intereses; b) esta sociedad, este modelo de sociedad, es el modelo querido e impuesto por el PP; c) la ruptura del pacto social de la transición es el pacto fundante de un nuevo Régimen; d) Grecia como ejemplo.
Vayamos por partes.
Comencemos por Grecia. Basta leer los periódicos y escuchar a los tertulianos para comprender que los que mandan quieren que fracase la Grecia de Syriza. La consigna sería que Merkel le ajuste las cuentas a Tsipras. Las descalificaciones y las acusaciones de incompetencia van dirigidas a demostrar que solo cabe una política: la impuesta por los poderes económicos-financieros, legitimadas por las instituciones de la Unión. Si Grecia consiguiera sus razonables objetivos sería un mal ejemplo para los pueblos y dejaría en pésimo lugar a los gobiernos que han aceptado el austericidio ordenado por la Troika. Como podemos fácilmente entender, lo que está en juego es algo más que las negociaciones con Grecia: es este concreto y preciso modelo de integración europeo que es la Unión Europea y, específicamente, la relación entre un centro cada vez más poderoso y determinante, hegemonizado por Alemania, y un sur siempre más dependiente y subalterno. No hay que engañarse, si fracasa Syriza, el mensaje es claro: dentro de la Unión Europea no hay salvación y, consiguientemente, habría que plantearse el retorno a los Estados Nación como requisito previo para una estrategia nacional-popular.
En segundo lugar, Rajoy: ¿a qué Nación representa? El PP habla y habla de soberanía nacional, de soberanía popular para oponerse a las nacionalidades históricas y rechazar el derecho a la autodeterminación. Como la derecha catalana, la contradicción es solo aparente, el PP es partidario decidido de esta Europa y comparte plenamente las políticas que empobrecen a la ciudadanía y la expropia de derechos sociales, sindicales, laborales y políticos. Su patria, la de unos y la de otros, lo sabemos todos, está en el bolsillo y en las cuentas opacas de Suiza.

Rajoy es un “mandado”, un administrador (gerente) de los interés del capital financiero-inmobiliario, de la oligarquía, de la plutocracia. De nuevo podemos emplear Vichy como metáfora; nos referimos, claro está, al Régimen colaboracionista del mariscal Pétain: la Europa Alemana es el medio para conseguir lo que la derecha, las diversas y asociadas derechas, no podría haber obtenido en solitario sin pagar un altísimo coste. Antes, la amenaza eran las divisiones panzer; ahora, es el capitalismo financiero es sus diversas formas y modalidades. El objetivo es muy similar: doblegar a los pueblos, imponer una democracia limitada y oligárquica y poner fin a los derechos históricamente conquistados por el movimiento obrero organizado. Rajoy es algo más que un discípulo aventajado de Merkel, representa a una burguesía parasitaria y subalterna, a un bloque de poder, que está de acuerdo con el diseño que los grandes poderes centrales europeos han definido para nuestro país y que nos configura como una periferia económica dependiente y subdesarrollada y como un protectorado político sin libertad y autogobierno democrático. Seguir leyendo -->

viernes, 13 de febrero de 2015

Podemos e IU. Ahora a construir la Unidad Popular


Para Hugo Martínez Albarca, 
desde el orgánico partido


La salida de Tania Sánchez agrava la crisis de IU y debilita la posición de Alberto Garzón. Los hechos son tercos e invitan a tomarlos en cuenta o, al menos, partir de ellos. La discusión de cuántos y cuántas se van, las condenas y hasta insultos lo único que prueban es una infinita mala fe y no entender lo que pasa, los que nos pasa. Que Tania deje la IU-organización significa una derrota colectiva, un fracaso de un modo y estilo de hacer, digámoslo así, “dirección” y una demostración más de que los obstáculos para una renovación, refundación, fundación, de Izquierda Unida son extremadamente fuertes, tanto que ya no nos quedan objetivos para nombrar lo mismo, una y otra vez defendido con diversos nombres y, una y otra vez, aplazados cuando no ridículamente negados por los que habían sido elegidos para llevarlos a cabo. Lo que está en juego es si IU es (auto-) reformable más allá de las solemnes declaraciones.

Aquí y ahora, lo fundamental y prioritario es la política, dejarse de lenguajes que nada dicen y situar en el centro el debate político, estratégico y programático en torno a la ruptura democrática y al proceso constituyente. Las cosas están llegando ya a tales extremos que se empieza a dar la paradoja de gentes que abandonan IU para poder seguir defendiendo verazmente su proyecto histórico, aunque sea en otra formación política; para decirlo con más precisión, se puede estar iniciando ya un proceso, la “otra” refundación, de progresiva separación de IU-organización, de IU-proyecto. No es poca cosa. Se necesita, por lo tanto, volver a la política con mayúsculas, para encontrar en ella y desde ella los elementos que permitan crear futuro, ilusión y confianza en las propias fuerzas. Si no, nada será posible.

Las dos ideas básicas que deberían organizar nuestra ofensiva sería la Unidad Popular como estrategia y el “partido orgánico” como fundamento. Ambas cosas esta relacionas. ¿Qué significa la estrategia de Unidad Popular? Es sencillo: que para la transformación social no basta solo ganar unas elecciones, sabiendo que son extremamente importantes, sino que hace falta transformar el poder (en el Estado y más allá) y que para eso es necesario crear una fuerte y compacta Unidad Popular en la sociedad que compense, amortigüe, debilite, la desigualdad de poder existente (económico, político, cultural-mediático) entre las clases dominantes y las clases subalternas.
Si tomamos nota de la marcha de Podemos de las semanas pasadas, las encuesta de opinión y el clima social, se nota que emerge con fuerza un sujeto nacional-popular, democrático-plebeyo que se autoorganiza y busca ser protagonista del cambio político. Esto es lo decisivo: sin unos fuertes poderes sociales, que organicen a las y a los de abajo, que creen alianzas sociales y políticas, que fomenten nuevos patrones culturales, no será posible la transformación social en un sentido justiciero. Los jóvenes, hombres y mujeres, van a jugar un papel decisivo en estos procesos; de hecho ya lo están jugando. -->