sábado, 15 de agosto de 2015

Paco Fernández Buey: maestro, compañero y amigo



(Para Santiago Fernández Vecilla, la conexión zamorana)
“Déjame que, con vieja sabiduría, diga: a pesar, a pesar de todos los pesares
y aunque sea muy doloroso, y aunque sea a veces inmunda, siempre, siempre,
la más honda verdad es la alegría. La que de un río turbio hace aguas limpias…”

Claudio Rodrígue
Está siendo muy difícil vivir sin Paco. Son ya tres años sin él. Se le echa de menos. Tenerlo ahí, al lado, sabiendo que siempre, siempre, estaba disponible para conversar, para dar opiniones serias y fundadas, combinando mesura, buen juicio y radicalidad analítica. Sobre todo, calidez, afecto concentrado y por ello, contenido, que lo convertía en la fortaleza de una amistad sobria y profunda. Uno, con Paco, siempre sabía a que atenerse; estaba ahí, al lado, ayudando, sin que se notara, haciéndose hábito.

Así lo viví por más de treinta años. Era, para muchos de nosotros, un referente político, filosófico y, sobre todo, moral. Había conseguido una especie de “geografía de los afectos”: estar muy cerca, hacértelo sentir, y a la vez distante, próximo y lejano. Quizás esa era la sabiduría que fue adquiriendo con la edad, con las decepciones, con el estudio y con la reflexión del poeta que llevaba adentro. Sí, poeta, y razonar como tal. La razón moral funciona mejor usando el sentimiento esclarecido, la pasión razonada que era, lo repitió muchas veces, el modo en que entendió siempre la incansable tarea, la milenaria lucha por la emancipación de las mujeres y hombres del mal social del dominio y la explotación.

Era seguridad, dentro de un cierto orden. A muchos jóvenes que no lo conocieron o lo vieron de lejos les puede parecer algo oscuro que una persona mayor, hasta muy mayor, como yo, diga de otra persona, de parecida edad, que le ofrecía seguridad. Ser referente es eso, la seguridad que nos da una posición sólida, fundada, diáfana, anclada en el tiempo y en el espacio, como los astros que iluminaban el navegar de los marineros intrépidos por los procelosos mares de la vida vivida, comprometida siempre con personas e ideas. Muchas se acordarán de la vieja metáfora de Otto Neurath que tanto le gustaba repetir: “somos como los hijos de la mar”. Siempre iba en serio y hasta el final.

Qué pensaría de nuestro país hoy; cómo interpretaría hechos tan dramáticos como los de Grecia, la guerra de Ucrania o las variadas derivas de los procesos emancipatorios latinoamericanos. Cataluña y la propia existencia de eso que se llamó España, cuando la Unión Europea enseña su peor lado. Hablando con él, insisto, disponible siempre, te formabas opinión, riqueza de juicio y punto de vista. Podías estar de acuerdo o no, pero las cosas que decía importaban, ayudaban, daban pistas sensatas y juiciosas. Mesura radical.

Un mes antes de su muerte, quizás menos —Jordi Mir estaba con él, creo—, me llamó Julio Anguita y me preguntó si Paco estaba enfermo. Le dije que sí, que estaba muy enfermo. Me lo preguntaba porque tenía delante a una persona que se parecía mucho a él. Eso sí, estaba más demacrado y envejecido. Anguita, siempre tímido, me dijo: ¿Qué hago? Fácil, te acercas a él y lo saludas. Así lo hizo y fue un momento extraordinario para los dos. Paco, fue su último mensaje, me escribió y me dijo: después de muchos años he vuelto a ver a Julio Anguita: ¿será una premonición? Premonición ¿De qué? ¿De la muerte por llegar? ¿De la vida recobrada? Nunca lo sabré.

Paco, nuestro Paco Fernández Buey, vive, en sus escritos, en su excelente castellano y en su dicción serena y clara. Vive porque los que lo quisimos seguimos añorándolo y pensando en él, con él y desde él. Porque tiene a Salvador López Arnal, el mejor de nosotros, que seguirá luchando por su obra, engarzando pasado y futuro y Miguel Riera publicándolo. Así somos. Nuestro mundo, definitivamente, fue mejor con él.

Manolo Monereo. A 14 de Agosto de 2015. En Arenas de San Pedro, Ávila.
En el centenario de Teresa de Jesús.


jueves, 13 de agosto de 2015

Entrevista



Entrevista a Manuel Monereo, exmiembro de la dirección de IU
"En noviembre habrá que crear una nueva fuerza política más allá de Podemos e IU"

Gara


Nacido en Jaén en 1950, Manolo Monereo lleva a sus espaldas la trayectoria de la izquierda española en las últimas décadas. Expulsado del PCE en 1978 y, posteriormente, miembro de la dirección de Izquierda Unida, es uno de los intelectuales que más apuestan por la «unidad popular» en el Estado español. Alejado de la primera fila política pero no de la conspiración, insiste en la importancia del momento.
Manolo Monereo es una especie de lúcido eslabón entre la izquierda española tradicional, la de una hoz y martillo críticos, con fenómenos nuevos como Podemos. Este politólogo antiguo miembro de la Ejecutiva de IU y actual militante de base conoce bien a Pablo Iglesias o Iñigo Errejón, con quienes ha compartido aulas, reuniones y plató en «La Tuerka» y «Fort Apache».
Las encuestas prevén un estancamiento de Podemos. ¿Puede quedarse estancado en los máximos de la IU de Julio Anguita en 1996?
No tengo una percepción muy clara de que vaya a bajar a los límites del 12%, 13% ó 14% que tuvo IU en tiempos de Julio Anguita. Más bien tengo la impresión de que en el campo de Podemos, en el campo de IU, hay un momento de confusión, de tensiones varias, no siempre bien gobernadas, que han podido generar también en el electorado confusión y pérdida de norte. Mi convicción es que una vez que comience la campaña electoral todo eso cambia y el partido empezará de nuevo.
En una entrevista reciente, pidió «una tregua» entre Podemos e IU. ¿Lo ve factible?
Por las personas que se van a enfrentar, tanto Pablo Iglesias como Alberto Garzón, creo que habrá una percepción de tregua, de debate sensato, de fondo, civilizado. Como vengo insistiendo desde hace mucho tiempo, después de noviembre viene diciembre. Noviembre va a definir, de una u otra manera, elementos centrales de la coyuntura política. Pero hay que estar muy preparados para lo que viene después: una durísima pugna de las fuerzas que están por la restauración, encabezadas por el PP, para imponer un nuevo modelo económico, político y social. Todo lo que sea hacernos demasiado daño en este proceso nos perjudica.
Durante todo el ciclo político se ha afirmado que el régimen de 1978 estaba al caer. ¿Se ha vendido la muerte del bipartidismo antes de tiempo?
Está en una agonía. Hay una lucha a muerte del bipartidismo para no desaparecer. Creo que ha habido mucha ingenuidad en Podemos y en las fuerzas del cambio pensando que los poderes iban a consentir más o menos versallescamente desaparecer. Se han puesto a trabajar los aparatos del Estado y las cloacas. De eso los lectores en Euskadi saben mucho. Creo que hay una agonía del bipartidismo si le damos a agonía el término de lucha, de enfrentamiento. El bipartidismo va a hacer lo posible para mantenerse empleando todos los métodos como siempre ha hecho: métodos legales, ilegales o mixtos. Pero siempre intentando mantener el poder, como se ha visto en Grecia.
Al margen de los ataques, el PSOE no ha caído en la «pasokización» que se vaticinó. ¿Qué ocurre si Podemos termina relegado a muleta de Ferraz?
Habrá que repensar lo que hemos hecho en este año. Lo primero, aprender y hacer una lectura autocrítica. A partir de ahí, las fuerzas del cambio deberían asentarse en el país y construir una estrategia de guerra de posiciones. Hasta ahora la hipótesis Podemos tiene un elemento central: una guerra de maniobra y ataque corta. Tiene elementos de interés y de posibilidad pero, si no se diera, tendríamos que establecer un debate estratégico que nos llevara a una guerra de posiciones porque el poder no se va a contentar. Si las fuerzas del cambio no son suficientes para impulsar el cambio real lo que vendrá es una reacción durísima. No nos engañemos: la alternativa no es el bipartidismo en abstracto o Podemos en abstracto. La alternativa es restauración o ruptura democrática. Si la ruptura democrática no avanza vendrá una reacción durísima. Esa es la clave de lo que viene.
En esta tesitura, ¿la confluencia de fuerzas transformadoras es una alternativa? No parece que Podemos esté dispuesto.
Podemos es la vanguardia de la ruptura y lo vemos muchos de nosotros que no somos de Podemos. El aspecto meritorio que va a tener es que ha abierto una grieta en el poder. Esa grieta hay que seguir ampliándola para que sea un inmenso boquete. Los demás deberíamos buscar fórmulas de unidad electoral y unidad de acción. También de unidad popular. Como saben los lectores de Euskadi, la unidad popular no es un proceso ni fundamentalmente electoral ni estrictamente institucional.
¿Cómo la definiría usted?
Va desde la organización de la sociedad civil, desde abajo, la constitución de un contrapoder social que marque la agenda política, sin la cual no se pueda vivir y no se pueda trabajar.
En el Estado español cualquier iniciativa de este calibre estaría todavía muy verde.
La unidad popular es muy embrionaria, está demasiado mezclada con las cuestiones electorales. Por eso deberíamos intentar la unidad electoral siendo partidarios de ampliar lo máximo posible el Frente del Cambio. En segundo lugar, intentar dar un mensaje concreto al país y, en tercero, poner las bases para estrategias de unidad popular.
IU, pese a que presenta a Alberto Garzón como candidato, mantiene una posición dubitativa. Da la sensación de bicefalia y dificultad para entender el momento actual. ¿Cree que puede terminar desapareciendo o cayendo en lo residual?
Yo haría la pregunta de la siguiente manera: ¿qué tenemos que hacer para que una organización como Izquierda Unida, con su trayectoria, sus miles de cuadros, no desaparezca en un voto marginal al margen de los cambios reales del país?
A esa pregunta, en parte, el propio Alberto Garzón ya ha respondido: después de noviembre va a iniciar la construcción de una nueva fuerza política en el país.
A mi juicio ese es el buen camino. En noviembre lo que hay que poner en el conjunto del Estado es una nueva fuerza política más allá de Podemos, de IU y de miles de hombres y mujeres independientes. Una fuerza política incluyente, nacional-popular, donde podamos definir un gran partido de masas, con una implantación seria en el conjunto del país y un proyecto serio. Me preocupa mucho la política que se hace día a día sin tener estrategia. Para mí, ese discurso estratégico es que en unos meses, después de estas elecciones, habrá que ir a la construcción de una gran fuerza política. Y en esa construcción naturalmente estarán miles de hombres y mujeres de IU.
En Euskal Herria, un grupo de personalidades de la sociedad civil ha lanzado un llamamiento para listas unitarias entre EH Bildu, Podemos, Irabazi, Ezker Anitza o Equo. ¿Cómo valora la iniciativa?
Esto ya pasó en Galiza. Para nosotros, como para Podemos, la experiencia gallega fue muy importante. Se mezclaron dos cosas: por un lado la izquierda soberanista e independentista y, por el otro, la izquierda federalista. ¿Esa posibilidad se puede repetir en Euskadi? Creo que se tiene que intentar. ¿Soy optimista? No. Fórmulas políticas de estas características son muy difíciles en un contexto electoral en el que todo el mundo amenaza con la unidad. Soy escéptico. Creo que para que haya unidad tiene que haber bases objetivas que la hagan posible. La unidad es un proceso de confluencia, de debate de ideas, de luchas, de estrategia, y es evidente que eso no se da en este momento a mi juicio en Euskadi. Ahora bien, también considero que todo lo que sea abrir un debate sobre la unidad que vaya más allá de los alineamientos tradicionales y que se ponga como objetivo la construcción de una alternativa democrática y popular y la ruptura democrática y un proceso constituyente, me parece muy importante. Aunque no haya acuerdo. El proceso constituyente tendrá diferentes canales y vías. No será lo mismo en Catalunya o Euskadi que en Madrid. Pero habrá ruptura democrática. Al menos esa es la ventana de oportunidad que se abre. Si al final no lo conseguimos, apretar los dientes y tirar para adelante.
Da la sensación de que la cuestión nacional de Euskal Herria o Catalunya nunca es prioritaria para la izquierda española. Eso se demuestra con el proceso soberanista catalán.
En Euskadi hay otro debate, no es exactamente ese. Entre otras cosas porque si algo dio Herri Batasuna a la política en Euskadi es escorar el nacionalismo a las clases populares. En Catalunya, con la candidatura de Ada Colau, se encuentra un nuevo eje entre cuestión social y cuestión nacional. Ahora emerge una nueva sintonía, un nuevo núcleo entre cuestión de clase y cuestión nacional popular. Aunque lo veo desde la lejanía y puedo estar equivocado.
«Espero que se recupere la rebeldía»
Podemos surgió con mucha fuerza pero, como consecuencia de su hipótesis, ha modulado su discurso. ¿Cree que se ha dejado demasiado por el camino?
Podemos se ha sentido demasiado golpeado por el poder. En segundo lugar creo que en algún momento demostró debilidad. Es decir, demostró que los golpes les afectaban y eso les dejó durante unos meses sin norte. Creo que ahora están en un proceso de esclarecimiento ideológico aunque todavía les falta un elemento esencial, que es el discurso político. Cuando salieron, de una manera muy fresca, tenían un discurso político muy claro, representando a los de abajo, enfrentándose a los grupos de poder. Creo que ese impulso inicial se ha ido agotando y que lo que hace falta es que de una vez por todas podamos tener un proyecto de país, las bases y las perspectivas que tiene ese proyecto para las naciones y pueblos que configuran el Estado español. Hasta ahora se han dedicado a responder pero no tienen una estrategia definida. Están en transición desde el momento en el que perdieron la iniciativa política y la tuvieron los aparatos del Estado y los medios de comunicación y el momento actual en el que repensar cuál sería aquí y ahora un proyecto alternativo. Espero que el discurso de rebeldía, que el discurso de cambio profundo, de transformación social de Podemos lo recupere para un proyecto que sea entendible para las grandes mayorías.
Fuente: http://www.naiz.eus/eu/hemeroteca/gara/editions/2015-08-11/hemeroteca_articles/en-noviembre-habra-que-crear-una-nueva-fuerza-politica-mas-alla-de-podemos-e-iu

jueves, 6 de agosto de 2015

Tsipras y el síndrome Tina: la alternativa como problema político electoral

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Alexis Tsipras, durante el Comité Central de Syriza celebrado el pasado jueves, 30 de julio. / Orestis Panagiotou (Efe)

Para analizar la Grecia de Syriza sería bueno evitar el lenguaje falsario e intentar, simplemente, decir la verdad. Las derrotas son derrotas y no avances sobre la retaguardia. La condición previa para salir en buenas condiciones de una derrota es encararla con veracidad y afrontarla radicalmente, es decir, ir a sus raíces últimas. El gobierno griego ha sufrido una enorme derrota que va a tener consecuencias graves en Grecia y, más allá, en la periferia sur de la Unión Europea.
Cuando Goliat vence a David siempre hay que condenar al fuerte que se impone y solidarizarse con el débil. Esto obliga a ser cuidadoso en la crítica, a analizar los diversos puntos de vista y, sobre todo, a aprender. Parece claro —Varoufakis ha dado muchos elementos de autocrítica— que la estrategia negociadora ha fallado desde el principio y que no se tenía un análisis realista de lo que es hoy la UE. Tiempo habrá para analizar a fondo los puntos débiles de dicha estrategia. Ahora hay que poner el acento en lo que son las consecuencia inmediatas, no solo para la izquierda griega, de la derrota del gobierno Tsipras.
Como muchos hemos venido diciendo en estos últimos meses, la negociación entre la Troika y el gobierno griego ha sido, desde el principio, centralmente política. Syriza era un mal ejemplo que había que derrotar y convertirlo en una línea de ruptura para los pueblos y para las fuerzas políticas contrarias a la austeridad neoliberal. La lección que se ha pretendido dar es clara: no se puede ir contra las políticas dominantes en la UE y quien se atreva, lo pagará caro; no es de extrañar que el ‘acuerdo’ haya sido el peor de los posibles y que ha podido calificarse de capitulación o entrega sin más a la Troika.
Lo que aparece ahora son las lecciones que debemos de aprender, es una versión burda del síndrome thacheriano TINA (There is not alternative), es decir, no hay alternativa a las políticas neoliberales dominantes, impuestas con puño de hierro por el Estado alemán y asumidas por las clases dirigentes, específicamente, del Sur de Europa. Las próximas elecciones van a tener a TINA en el centro de un chantaje discursivo, que va a ser convertido en una línea de masas para colonizar el sentido común de las gentes: o las políticas neoliberales o la salida del euro, es decir, entre la catástrofe o la crisis autoprovocada; más en concreto, recuperación económica o salida del euro, “corralito”, incluido. En esto estará de acuerdo todo el establishment bipartidista, con el añadido de Ciudadanos; obviamente, con el objetivo de situar a la defensiva a Podemos y a IU.
Muchos de nosotros estamos convencidos, desde hace años, de que la Europa alemana del euro es un instrumento decisivo para propiciar un gigantesco proceso de acumulación por expropiación de los Estados y pueblos europeos, especialmente los del Sur. La UE es hoy un sistema de dominación que organiza y administra los intereses generales de las clases económicamente dominantes, bajo la garantía y la hegemonía del Estado alemán. No basta con afirmaciones de principio, es necesario que las personas, que los trabajadores y trabajadoras hagan su propia experiencia de lucha y de acción, aprendan en lo concreto los límites reales del sistema euro. Estamos hablando de una propuesta política que permita avanzar, aquí y ahora, noviembre y más allá, a las fuerzas democrático-populares y de izquierda, en un contexto de crisis de régimen y ante unas elecciones cruciales.
¿Cómo construir la alternativa, a la vez posible y radical, de ruptura democrática y de transformación social? A mi juicio, en primer lugar, diciendo la verdad sobre la naturaleza de esta UE y no hacerse ninguna ilusión sobre su futuro. La UE es, en muchos sentidos, la anti-Europa, la divide y la convierte en un instrumento subalterno de los intereses geopolíticos norteamericanos.
En segundo lugar, hay que clarificar con precisión la naturaleza del adversario. En esto tampoco nos debemos de engañar: estamos ante un enemigo bifronte que expresa un proyecto común y una alianza entre las clases dirigentes de la UE. El Estado alemán ejerce su hegemonía porque defiende un proyecto en el que están de acuerdo las clases dirigentes de los países del Sur. El bloque en el poder en España, en el que se incorporan partes sustanciales de las burguesías vasca y catalana, está de acuerdo con el modelo productivo y de acumulación que los poderes dominantes y las instituciones europeas han diseñado para nuestro país. Este es el problema central y todo lo demás es secundario.
En tercer lugar, hace falta un programa político, económico y social de transición que defienda la soberanía popular, los derechos sociales y las libertades de nuestro país. Este programa debería expresar una alianza entre pueblos y clases de esa pluralidad que históricamente hemos llamado España. En el centro, la reivindicación de un Proceso Constituyente que dé voz, protagonismo y participación a las mayorías sociales en torno a un Nuevo Proyecto de País.
En cuarto lugar, hay que avanzar en una unidad electoral lo más amplia posible, creando condiciones para que pueblos, clases y grupos sociales puedan estructurarse como sujetos políticos. La Unidad Popular es algo más que una fórmula electoral, es la construcción consciente de (contra-) poderes sociales. Hoy, como ayer, la madurez de una fuerza política está relacionada con su concepción del poder. La característica de esta etapa —Grecia lo pone de manifiesto— es que es posible organizar amplios frentes democrático-populares, pero —es el lado negativo de la cuestión— una vez llegado al gobierno, los poderes reales que éste puede ejercer son limitados.

La tensión entre lo que es necesario y lo que es posible política y electoralmente nos acompañará hasta noviembre. Hacer propuestas políticas teniendo sólo en cuenta lo que dicen las encuestas electorales suele ser un mal método, sobre todo, cuando la crisis llega y las percepciones sociales cambian aceleradamente. El discurso político debe buscar una coherencia entre el proyecto y la propuesta programática. El programa debe de ser percibido como viable, posible y necesario, pero, a la vez, articulado a un nuevo proyecto de país que promueva un imaginario social transformador, creencias e ideas que engarcen razones y pasiones. En definitiva, un discurso por el que merezca la pena comprometerse, luchar y votar. Desde otro punto de vista, propiciar una campaña electoral, por así decirlo, no electoralista donde las personas concretas se sientan parte de una identidad colectiva que crea país y pueblo. Para lo otro, ya están el PP y el PSOE.

miércoles, 8 de julio de 2015

El ataque a Grecia: PODEMOS a la vista

Grecia-Europa-deuda-Tsipras-Iglesias
Alexis Tsipras y Pablo Iglesias en una imagen de archivo. / Efe
Para Pablo
Honor a quienes en su vida se han marcado / el defender unas Termópilas. /
Sin apartarse nunca del deber; / en todas sus acciones justos y equilibrados, /
y, sin embargo, con pena, y con entrañas. / Si ricos, generosos; y aun en lo poco /
generosos, si pobres; prestos / a socorrer en tanto pueden; / siempre con la verdad
a flor de labios, / 
sin odiar sin embargo a los que mienten. / Y aun mayor honor les
es debido / c
uando prevén —y muchos lo prevén—/ que surgirá por último un
Efialtes / 
y los persas terminarán pasando.  (C.P. Cavafis)

No han ayudado mucho al gobierno griego de Syriza los cambios en España y, sobre todo, los previsibles en el futuro. Es normal. Uno de los muchos escenarios implicados en las negociaciones de Grecia con la troika, tiene que ver con sus consecuencias en el conjunto de la UE y, específicamente, en los países del Sur, de un buen acuerdo o de un mal acuerdo. En el primer caso, quedarían muy mal los gobiernos que aceptaron — como los de Zapatero y Rajoy— los planes de ajuste impuestos por los acreedores; en un segundo caso, serviría de escarmiento para los pueblos que se atrevieran a votar contra los partidos del sistema, es decir, PSOE-PP, caracterizados por su servilismo hacia los poderes económicos y, específicamente, con el Estado alemán.
He estado del 26 al 29 de junio en Atenas y estas cuestiones eran conocidas, formando parte del debate. Me pasé tres días discutiendo sobre Podemos, sobre IU y las posibilidades reales de conseguir en noviembre una nueva mayoría política más favorable a los griegos y a su gobierno. Como me decía un destacado miembro de la dirección de Syriza, nuestro mayor acto de solidaridad sería derrotar a la derecha y construir una alternativa democrática en nuestro país. Me vino a la cabeza la experiencia latinoamericana y pensé cuánto necesitamos de gobiernos honestos y limpios que defiendan a la ciudadanía y que no se sometan a la tiranía de los Estados acreedores.
De este proceso hay que sacar algunas lecciones para el futuro, para nuestro común futuro. La primera, es clara y rotunda: el centro de la negociación es político y solo derivadamente económico y técnico. Cuando Merkel habla de que no aceptarán negociar bajo la amenaza de un referéndum, dice dos cosas importantes: que la democracia es negativa para su Europa y que la transparencia es incompatible con el funcionamiento normal de las instituciones de la Unión, eso que antes se llamaba la troika.
El estilo de la negociación ha sido un elemento clave. Se podría decir que ha sido “corleonesco”: a Grecia se le hizo una oferta que no podía rechazar, con la pistola de la liquidez apuntándole a la cabeza y el puñal del cese del crédito apretándole en la espalda. Todos contra el gobierno de Tsipras, cuando digo todos, son realmente todos, minoría de a uno, pues; en frente, socialdemócratas, conservadores, derechas varias. La unanimidad confirma la ignominia, la corrupción de una clase política al servicio de los poderes económicos y que conscientemente conspira contra sus pueblos, todo a la mayor gloria de una Europa alemana: ¿qué tipo de artefacto, de maquinaria de dominación infernal, es esta Unión Europea que se opone con fiereza a un pequeño país que lo único que pide es respeto, dignidad y salir de la catástrofe social y económica creada por políticas injustas e ineficaces?
Lo que más asombra es la valentía, la audacia y el coraje moral del gobierno de Syriza. Lleva toda la razón —es habitual en él— Jacques Sapir cuando señala que el gobierno griego nos devuelve la deliberación, el valor de la soberanía popular y la democracia constitucional. Es un crimen que la Unión Europea y las clases dominantes no pueden consentir. También en esto están de acuerdo Mariano Rajoy y Pedro Sánchez; al final, poco importa que haya o no un gobierno de coalición entre el PP y el PSOE cuando hay un consenso básico en torno a unos Tratados, que, de una u otra forma, obligan  a realizar políticas neoliberales.
Esto nos lleva a la segunda lección. La UE no puede permitir un precedente como este. Debe castigar al pueblo griego porque ha votado mal, ha elegido a políticos irresponsables y —gravísimo— ha puesto al frente de su gobierno a una fuerza política que quiere cumplir sus promesas electorales. Todo en ellos es malo, lo que dicen y cómo lo dicen, faltando siempre al respeto debido a las reglas no escritas pero escrupulosamente seguidas por todos y —horror— pretendiendo que el debate sea público e inteligible para la gente común. Decididamente, esto no puede ser.
Sentar un precedente así es muy peligroso. Al fin y al cabo, Grecia es poca cosa, pero, precisamente por ello, hay que evitar que la excepción se convierta en regla. Ahí está Rajoy recomendando mano dura, advirtiendo de que un buen acuerdo con los “populistas” griegos daría alas a Podemos y que una alianza España-Grecia rompería los consensos básicos y generaría una situación incontrolable e inmanejable. España es más grande, más potente y debe más, muchísimo más, que los helenos. No se puede olvidar que se está negociando con los “primos” norteamericanos el Tratado Transatlántico (TTIP) y que la OTAN anda en pleno rearme y reposicionamiento en un contexto donde la guerra de facto ya está en Europa.
La tercera lección tiene que ver con los fundamentos mismos de la Unión Europea. No se cansan de repetirlo los representantes de la troika: los griegos deben escoger entre estar o no estar en Europa. Así de simple. Se acepta la mentira convertida en ideología: la Unión Europea no es Europa, es el modo neoliberal de construcción de un espacio económico al servicio de los poderes económicos, bajo hegemonía y garantía del Estado alemán. Se puede decir, para llegar hasta el final, que la UE es la anti-Europa, la rompe, la divide permanentemente entre un núcleo rico y cada vez más poderoso y unas periferias dependientes económicamente y subalternas políticamente. Los países del Sur han devenido en “protectorados”, en democracias restringidas y limitadas, sometidos a la tiranía permanente de los Estados acreedores. La UE condena a los países del Sur al subdesarrollo social y económico, produce desigualdad, precariza las relaciones laborales, genera pobreza y bloquea el futuro de las generaciones jóvenes, obligadas al exilio económico y al desarraigo.

Recientemente Lapavitsas y Flassbeck, conocidos economistas griego y alemán, respectivamente, hablaban de que las fuerzas de izquierda que llegan a los gobiernos de los países del Sur de la eurozona se enfrentan a una “triada imposible”: reestructurar la deuda, abandonar las políticas de la austeridad y, sobre todo, la continuidad del marco institucional de la UE y especialmente de la Unión Económica y Monetaria. En esa batalla estamos. No será fácil ganar el referéndum. Nada está garantizado y la lucha será durísima, pero la batalla que están librando las griegas y los griegos marcará el futuro de la UE, de los pueblos y de la democracia entendida como autogobierno de las poblaciones. Una cosa es segura: nada será ya igual.

domingo, 28 de junio de 2015

PSOE: el partido del régimen se hace (norte) americano

El PSOE es el partido del régimen. Su suerte y su futuro dependerán del régimen del 78, hoy en transición hacia una democracia limitada y oligárquica. El bipartidismo, hoy lo sabemos casi todas y todos, es un modo de organizar el poder político para que sigan mandando aquellos que no se presentan a las elecciones. El papel del PSOE es crucial, articula el consenso de las clases trabajadoras y, lo más importante, impide que surja una alternativa a su izquierda que cuestione las relaciones de poder existentes en nuestra sociedad.

Esto lo sabemos pero es bueno recordarlo en momentos de confusión y cuando tenemos por delante unas elecciones en Cataluña y en el conjunto del Estado. Las elecciones municipales y autonómicas van a dar mucho poder al PSOE a pesar de perder 700.000 votos y, de otro lado, han configurado un mapa más plural y más complejo en lo que podríamos llamar el bloque democrático popular o la izquierda en un sentido amplio. Estamos en un “cerco mutuo” y en una “guerra de posiciones”. El PSOE, insisto, tiene más poder y sabe cómo ejercerlo, no necesitan 100 días, saben que lo que comunica realmente es el poder, es el medio y el mensaje y, rápidamente, configurarán las agendas públicas y las trasladarán sin grandes problemas a los medios.

Este poder que gana el PSOE lo obtiene del apoyo directo o indirecto de Podemos y de IU. También tiene sus costes para el PSOE; deber el poder a fuerzas hasta ayer calificadas de populistas, extremistas y hasta desestabilizadoras implica reconocimiento y eso limita en muchos sentidos las campañas descalificadoras. El cerco es mutuo e implica una “larga marcha” a través de las instituciones políticas y sociales, como nos enseñaba el viejo y grande Rudi Dutschke, hoy, desgraciadamente, casi olvidado. Sin duda, lo que pase en los ayuntamientos de Madrid y Barcelona marcará un ciclo político que terminará en noviembre o antes, si se adelantan las elecciones.

Pedro Sánchez, hay que reconocerlo con veracidad, está haciendo las cosas bien y no lo tenía fácil. Frente a una parte de su partido que miraba con buenos ojos acuerdos con el gobierno de Rajoy y hasta llegar a un posible gobierno de coalición, el secretario del PSOE lo tuvo claro: polarizarse con el PP y construir una alternancia a la altura de los tiempos que vivimos. La presentación de Pedro Sánchez como candidato comunicacional y discursivamente es equivalente a la sucesión de Juan Carlos I: protagonizar el nuevo tiempo, con un mensaje reformista que oculta una enésima restauración política en nuestro país.

La escenografía al estilo estadounidense dice mucho de una estrategia muy pensada y pactada con los poderes fácticos. Una de las palabras más fuertes de su mensaje político fue la de autonomía, el PSOE es un proyecto autónomo, lo ha sido siempre y lo seguirá siendo. Lo que se quiere decir con esto es clarísimo desde Felipe González, no aceptar “frentes de izquierdas” y ser en exclusiva la alternativa a la derecha. Para poder hacer esto hoy hay que transformarse en un partido demócrata ligado lejanamente a las clases trabajadoras y, sobre todo, representar a unas capas medias en proceso de proletarización.

Tiempo habrá para analizar a fondo el discurso político de Sánchez. Un asunto tiene, a mi juicio, mucha importancia; lo que pretende este PSOE es demostrar a los poderes fácticos, (desde la Troika al Ibex-35) que ellos son los únicos capaces de frenar y controlar a Podemos y asegurar el futuro del régimen en las nuevas condiciones de la España, periferia de una UE dirigida por Alemania. El PP no da la talla y su continuidad en el gobierno, como Juan Carlos, pone en peligro a la monarquía reinante y con ello los delicados equilibrios necesarios para un régimen, por así decirlo, post 78. Esa tarea es la propuesta de Sánchez, la misma que hizo Felipe González en el 82.

El territorio comunicacional y discursivo que va a marcar Pedro Sánchez tiene mucho que ver con eso que se ha llamado la centralidad del tablero: el PSOE es el único partido capaz de forjar alianzas, de asegurar a la vez continuidad y cambio y, en último término, garante de la estabilidad del sistema. Hay que cambiar para que los poderes que deciden y mandan puedan seguir haciéndolo en nuevas condiciones. ¿Cuál es la condición básica para que Sánchez gane? El apoyo masivo de los medios.

El PP de nuevo se encuentra con un dilema que vivió Fraga, que soportó Aznar y que, de nuevo, sufre Rajoy: ellos son los “representantes orgánicos” de los poderes económicos, pero no son el partido capaz de asegurar la estabilidad y la continuidad de un régimen que vive una difícil transición. Los que mandan harán como siempre, “invertir” en ambos lados y decantar la partida, en función del bloque de unidad popular en construcción en torno a Podemos.

La agenda parece clara: un mensaje redondo, sin aristas, centrado en la lucha contra el paro y la corrupción. El trasfondo, resucitar de nuevo un “patriotismo constitucional” que ya fracasó y que ahora renace de sus cenizas para intentar, paradójicamente, solucionar los llamados problemas territoriales del Estado. Pronto aparecerá, debe de ser uno de los temas más complejos, la necesidad de reformar la Constitución. La idea que va a ir emergiendo, a mi juicio, es clara, reformar la Constitución para asegurar la continuación de la misma e impedir un proceso constituyente.

Comunicacionalmente, insisto, la propuesta de Pedro Sánchez es, en muchos sentidos, similar a la operación Felipe VI: hay que asegurar por todos los medios la continuidad de la “constitución material” que se ha ido configurando en estos años de crisis. La clave es partir de lo ya ganado por los poderes fácticos, es decir, la Constitución del 78 ya no volverá, no se modificará el art. 135 y, desde luego, nadie cuestionará los tratados firmados con la Troika que nos sitúan como un país subalterno extremadamente dependiente y en transición al subdesarrollo económico y social. Estas son conquistas ya obtenidas por el capital y que, bajo ningún concepto, están dispuestos a cuestionar, y el PSOE lo sabe.

Afirmar una agenda política es, muchas veces, negar otra, es decir, concentrar la atención en el dedo que tapa la luna. Lo que quedará fuera del debate también estará claro; por ejemplo, la política exterior y de defensa, íntimamente ligada a los intereses de la administración norteamericana y teniendo a Rota y a Morón como vanguardia de la OTAN en un mundo que tiende aceleradamente a la multipolaridad.

Quedará fuera del debate el Tratado Trasatlántico, TTIP, que engancha asimétricamente a la UE a los intereses geoeconómicos de EEUU, a mayor gloria de las grandes transnacionales. ¿Es posible defender nuestro débil estado del bienestar, los derechos sociales apoyando este tipo de acuerdos?

Quedará fuera también la UE y sus inmensos dilemas. La Grecia de Syriza lo expresa con muchísima claridad: un chantaje político financiero de todos y cada uno de los países de la eurozona contra un pueblo que se “equivocó” votando por una propuesta democrática que aunaba la defensa de las mayorías sociales con la soberanía y la dignidad de un pueblo cruelmente agredido por un “sindicato” de acreedores dirigidos por la señora Merkel.

Quedará fuera, sin duda alguna, la necesidad imperiosa de reafirmar la soberanía popular al servicio de una democracia sustancial y efectiva. La UE no solamente es una institución básicamente antidemocrática sino que, como la vida pone de manifiesto, limita los derechos de los pueblos, erosiona sistemáticamente el estado social y liquida los derechos sociales, sindicales y laborales, sobre todo, en el Sur de un Norte rico y poderoso.

Quedará fuera el control democrático de las finanzas y la cuestión central de la deuda. Dar estabilidad es asegurar que ésta se pagará, pase lo que pase, y que se hará política, como hacen Hollande o Renzi, en los estrechos márgenes que deja la Troika, eufemísticamente llamada hoy “instituciones” de la Unión.

El “patriotismo constitucional” será perfectamente compatible, como ya lo fue en el pasado, con un Estado centralista y oligárquico cada vez más dependiente de los poderes extranjeros y de unas transnacionales en vías de convertirse en “estados privados sin fronteras”, sin control democrático alguno y, lo que es peor, imponiendo sus intereses por medio de una corrupción que ha devenido en sistémica.

Se podría continuar y continuaremos. Al final, el asunto es más simple y más claro de lo que venden los discursos políticos: restauración o ruptura democrática, continuidad o cambio real, defensa de la soberanía popular y de los derechos sociales o tiranía de unos poderes económicos que, como ya sabemos, son insaciables. Lo que queda es ser coherente con lo que decimos: el capitalismo que surge en y desde la crisis es incompatible con los derechos sociales y con la democracia de los de abajo.



miércoles, 10 de junio de 2015

¿Podrá Podemos? Sí se puede, como lema y desafío

El objetivo táctico es derrotar al Partido Popular; el estratégico es derrotar al bipartidismo como forma precisa y concreta de organizar el poder político para que los que mandan de verdad y no se presentan a las elecciones sigan imponiendo sus intereses y decisiones. Así de claro, así de preciso. Todo lo demás debería ser secundario. Podemos tiene la fuerza y la responsabilidad histórica de organizar la alternativa a la enésima restauración borbónica y oligárquica en marcha. Este debería ser el punto de partida.
Ahora se lleva mucho decirle a Podemos lo que debe hacer y hasta cómo hacerlo. Tiene su lógica: se reconoce que la partida política en juego se gana o se pierde según lo que haga o no haga el partido de Pablo Iglesias. El asunto no es nada fácil. De un lado, se deben gobernar unos resultados electorales que dan un enorme poder institucional a Podemos, pero que van a reforzar también a su principal competidor electoral, el PSOE; de otro, el bloque alternativo se ha hecho más heterogéneo, más plural, con nuevas formas de liderazgos que transcienden el marco local y hasta regional. Hay, por así decirlo, un doble componente, forma-partido, forma-movimiento, que se han reforzado y se han retroalimentado no siempre armoniosamente.
No tiene demasiado interés —creo— hablar de futuros escenarios partiendo de estas singulares elecciones. Estas eran, con mucho, las más difíciles para Podemos. Inventarse organizaciones, resistirse al pesado juego de las encuestas y sustraerse a las tentaciones de unos poderes institucionales que parecían al alcance de los votos fueron siempre tareas muy complicadas para partidos hechos y más o menos derechos; para Podemos eran desafíos radicales. Ahora las cosas son diferentes, diría que sustancialmente diferentes: tres actores representando tres espacios político-electorales se van a enfrentar y tendrán cara y ojos singulares. La presencia de Ciudadanos va a depender más del PP y —atención— del PSOE que de ellos mismos. Los poderes deben, en este momento, sopesar diversas alternativas y escenarios posibles. Lo dicho, tres espacios a desarrollar, fortalecer y ampliar. Este es el centro de la partida.
La reciente propuesta de Alberto Garzón va en la buena dirección, pero me temo que llega tarde y que tiene problemas no pequeños de credibilidad y de implementación. La posición de la que parte el candidato de IU es acertada; los problemas de la coalición dirigida por Cayo Lara son centralmente políticos, de carencias de dirección y de incapacidad radical para situarse en el territorio adecuado. El asunto es en muchos sentidos dramático: una buena organización, solidamente implantada y con referentes locales significativos, puede volverse políticamente prescindible porque no ha tenido una estrategia adecuada.
¿Resulta creíble que aquellos que se han opuesto a la unidad popular dirijan o tutelen el proceso de convergencia? ¿Tiene sentido que aquellos que no asumen responsabilidades políticas vayan dando lecciones de unidad y de pluralidad? Se trata de esto: IU ha sufrido una derrota política y no organizativa; para salir de ella se requieren otros fundamentos, otras prácticas y otros liderazgos, es decir, hace falta un revulsivo nítido, una señal clara de que se ha rectificado, de que se va en serio y hasta el final. Estamos hablando de meses, de pocos meses; no hay tiempo para tacticismos.
La clave, a mi juicio, es organizar en torno a Podemos, desde la autonomía de cada fuerza u organización, un bloque, un espacio político electoral que permita construir una forma-movimiento capaz de convertirse en alternativa al bipartidismo dominante; hacer una propuesta que tenga como lema, referente e imaginario, el Sí se puede que hemos ido proclamando desde el 15M, grito de los de abajo, que expresa un desafío, una esperanza que debe convertirse en propuesta política y en fórmula electoral. Partimos de la idea de que se trata de una ocasión única y que su éxito o fracaso puede marcar el destino de nuestros país durante muchos años

En mi opinión, para lograr esto haría falta, en primer lugar, un discurso político claro que sintetice en propuestas concretas las demandas, las aspiraciones de las mayorías sociales; en segundo lugar, construir una alternativa electoral que tenga como base las nacionalidades y comunidades autónomas; en tercer lugar —no será fácil— desarrollar fórmulas de democracia participativa que impliquen a las gentes más allá de la militancia partidaria como ha ocurrido en diferentes lugares en éstas últimas elecciones; en cuarto lugar, buscar alianzas programáticas con los movimientos sociales; y en quinto lugar, un candidato o candidata que sea capaz de expresar estos anhelos y esperanzas. Yo tengo mi propuesta.

Publicado en Cuarto Poder

viernes, 29 de mayo de 2015

Podemos e IU después de las elecciones: el nudo de Julio Anguita

A Julio Anguita le han construido una imagen de doctrinario y de pésimo táctico. No es verdad. El antiguo coordinador de IU tenía principios sólidos que nunca aplicó dogmáticamente, pero, sobre todo, tenía y tiene un gran olfato político para ver lo nuevo que emerge y traducirlo en votos. No fue casual que los jóvenes del 15M lo admitieran como interlocutor, y lo hizo a su manera, es decir, sin halagar y entrando en un diálogo franco y leal. Tampoco fue casual el surgimiento del Frente Cívico. Izquierda Unida, siempre temerosa, dejó pasar la iniciativa sin sacar las consecuencias políticas debidas. Pablo Iglesias lo entendió a la primera y lo convirtió en el núcleo del discurso político de Podemos.
Un mes, más o menos, antes de las elecciones, Anguita escribió un artículo valiente y extremadamente audaz con el título de “El nudo gordiano”. Lo que venía a decir es claro: expresar la enorme preocupación ante una izquierda que no está a la altura de las dramáticas circunstancias de nuestro país y proponer la creación de una nueva formación política más allá de IU y del PCE. Me temo que este artículo será tratado como los anteriores, es decir, dejarlo pasar y que el tiempo lo haga olvidar. Un error más de los pusilánimes de turno, porque, se esté de acuerdo o no con él —yo lo estoy— el debate merece la pena y puede clarificar mucho los dilemas estratégicos de las fuerzas que, en uno u otro sentido, impulsan lo que hemos llamado la unidad popular.

Todo esto —parece evidente— tiene que ver con el análisis y la valoración de las elecciones municipales y autonómicas celebradas hace unos días, en el marco de un ciclo que terminará en noviembre de este año. Nos referimos a unas elecciones singulares que encuentran a las llamadas fuerzas emergentes en condiciones especialmente complicadas. Inventarse organizaciones, desarrollarse territorialmente y generar centenares de candidaturas en poco más de un año no es nada fácil. Esto obliga a entender estas elecciones como la continuación de un ciclo iniciado en las europeas y que terminarán con las generales. Al fondo, el 15M.

Los resultados entraban —podríamos decirlo así— en el marco de lo previsible. En primer lugar, derrota política del Partido Popular. La derecha pierde votos, pero sobre todo, va a perder poder, mucho poder. Es cierto que el PP sigue siendo la primera fuerza política del país y debe suscitar reflexión preguntarse cómo y por qué se sigue votando a una formación política ligada estructuralmente con la corrupción. En segundo lugar, el bipartidismo retrocede pero se resiste en clave PSOE. La estrategia de Pedro Sánchez se ha mostrado acertada, polarizarse claramente con la derecha y frenar por la izquierda a Podemos. Frente a los que opinaban que era el momento de “la gran coalición” y que había que moderar la confrontación, el secretario general del PSOE entendió que esto era suicida y que dejaba a Podemos un amplísimo espacio electoral.

Conviene aquí no confundirse demasiado. Polarizarse con el PP es buscar el eje derecha- izquierda como referencia, sabiendo que, al final, se pedirá, como siempre, el voto útil y la necesidad de sumar todos los apoyos a la “izquierda” capaz de impedir el triunfo de la derecha. El “relato” es claro: o se vota al PSOE o gana la derecha. Este ha sido el chantaje discursivo durante más 30 años que Izquierda Unida no pudo, casi nunca, superar.

Todos sabíamos que la táctica del voto útil escondía una trampa que era relativamente fácil de desvelar: si a la izquierda del PSOE crecían fuerzas con proyectos alternativos, estos, los socialistas, tendrían que decidir si estaban por seguir pactando con los poderes económicos o —era la clave— girar a la izquierda y propiciar políticas en favor de las mayoría sociales y, específicamente, de los trabajadores y trabajadoras. Lo fundamental —todos lo sabemos— era un sistema electoral que forzaba al voto útil y dejaba a las fuerzas realmente de izquierdas fuera de las opciones con posibilidades reales.

Aquí se ve, una vez más, que el verdadero partido del régimen es el PSOE, ya que asegura como nadie que los que mandan y no se presentan a las elecciones puedan obtener un consenso lo suficientemente amplio para que en ningún momento se cuestione el modelo económico y de poder vigente. El partido de Pedro Sánchez, aún perdiendo más de 600.000 votos, sale fortalecido de estas elecciones, lo que le va a servir de plataforma para encarar razonablemente las generales. Los que mandan habrán tomado ya nota.

Podemos se consolida territorialmente y se desarrolla orgánicamente. De nuevo, el juego entre expectativas y realidad acaba pasando factura. Estas eran las elecciones más difíciles para el partido de Pablo Iglesias y las ha pasado con una nota alta. Hay que analizar caso por caso y no confundir las elecciones autonómicas con las municipales, aunque ambas han estado íntimamente relacionadas. En algunos lugares las municipales han tirado de las autonómicas y, en otros casos, las han frenado o incluso las han hecho retroceder. A la inversa también ha ocurrido.

Podemos, en las comunidades autónomas y en decenas de ciudades, va a acumular poder institucional y mucha influencia política; ahora bien, los dilemas a los que se enfrenta no serán pequeños. En diversos lugares tiene escaños suficientes para, junto con el PSOE, echar a la derecha y propiciar una nueva situación política. El otro lado de la contradicción es también evidente: se pacta con el principal competidor electoral y parte decisiva del bipartidismo —más o menos imperfecto— dominante. “Cerco mutuo y guerra de posiciones”, este es el escenario de una batalla política y estratégica donde se juega, ni más ni menos, la enésima restauración borbónica o el cambio real, es decir, la ruptura democrática. También hay que tomar muy en cuenta —no es poca cosa— que el campo de las fuerzas de la transformación real se ha hecho más plural, más heterogéneo, y que forjar la alternativa, no la simple alternancia de los partidos del turno dinástico, será una tarea compleja y llena de dificultades.

Los resultados de Izquierda Unida han sido aún peores de los que auguraban las encuestas. Resultaron patéticos, en la noche electoral, los esfuerzos del coordinador por maquillar los pésimos resultados de las autonómicas oponiéndoles los buenos de las elecciones municipales, sin darse cuenta de que, con ello, se ponía de manifiesto el verdadero problema: IU tiene una excelente organización y carece de (dirección) política. Para decirlo más claramente, cuando se trata de organizar, de montar centenares de listas y presentar candidaturas, los hombres y mujeres de IU se sobran y se bastan, incluyendo las decenas de candidaturas de unidad popular; se podría decir, sin exagerar demasiado, que no necesitan de la dirección; lo saben hacer y punto.

El problema reside en que cuando pasamos a las elecciones autonómicas, la política, la buena política, la dirección adecuada y la táctica justa, cuentan y mucho. Las carencias de la dirección federal —su no política unas veces o sus políticas equivocadas otras— perjudicaron el discurso de las autonomías y sus opciones electorales. Cuando se ha tenido política, esta no ha sido otra cosa que racionalización del repliegue identitario, muchas veces trufado de un discurso anacrónico, que por serlo, siempre apareció postizo y sin alma.

Seguramente, el dato más relevante es el avance de la unidad popular, reflejada ejemplarmente en Madrid y en Barcelona, destacadas expresiones de centenares de candidaturas construidas paciente y tenazmente en todo el país, en condiciones —justo es subrayarlo— duras, a veces, extremadamente duras. Donde estas se han organizado democráticamente, respetando la pluralidad y superando las prepotencias y sectarismos, han funcionado y se convierten en el dato más relevante de nuestra realidad política vista desde abajo y desde la alternativa democrática.

No conviene olvidarlo en esta hora: centenares de militantes y activistas de IU han estado por delante y por detrás de estas candidaturas de unidad popular, la mayoría de las veces contra el criterio de sus direcciones y teniendo que soportar todo tipo de coacciones, amenazas y, al final, expulsiones; sí, hay centenares de afiliados excluidos de la organización en todo el país por defender lo aprobado en la X Asamblea de IU. Ahora, después de las elecciones, Cayo Lara les dice que lo que ha ganado es la convergencia y la unidad popular, es decir, aquello por lo que muchos han sido marginados o excluidos por las distintas direcciones. Una vieja historia; se deja pasar la pelota y no al jugador.


Es hora de volver a Julio Anguita. El fondo del asunto es simple y coherente con su modo de ver la política de este país desde su reflexiva soledad cordobesa: hay que construir la alternativa, para ello hace falta organizar un proyecto autónomo con voluntad de poder; el tiempo apremia y la unidad no tiene espera. Nos lo jugamos todo en poco tiempo y todos debemos hacer los deberes que nos tocan. A Podemos le toca la responsabilidad de estructurar el bloque nacional-popular sabiendo que solo no podrá. A IU le toca “refundarse”, es decir, fundarse de nuevo. No es tan difícil de entender: el proyecto histórico de Izquierda Unida no cabe ya en esta forma-partido que ha devenido en las siglas IU. Llorar lo justo y abrirse a lo nuevo que surge en nuestra sociedad y que ha venido para quedarse.

sábado, 16 de mayo de 2015

España, ¿neocolonia de una Europa alemana? Nuestro verdadero problema

Imagen de archivo de Rajoy y Merkel durante una rueda de prensa conjunta en Berlín. / Sebastian Kahnert (Efe)
El Debate Prohibido. Moneda, Europa y pobreza era el título de un libro publicado en 1995 por Jean-Paul Fitoussi, donde –era uno de los pocos– alertaba de los peligros de la Unión Europea para los derechos sociales, para nuestras libertades concretas y, específicamente, para nuestras ya maltrechas democracias. Sigue siendo un debate prohibido. No hay nada más que ver la campaña electoral para entender que nadie quiere entrar en el fondo de una UE que se ha convertido en una poderosísima máquina de expropiación de patrimonios, derechos y libertades de los pueblos europeos y, específicamente, de los pueblos del Sur.

Asombra la soledad de Grecia y que no haya solidaridades efectivas de unas fuerzas progresistas que con la boca llena hablan de que no hay salidas nacionales a la crisis, que son necesarias más convergencias europeas y que necesitamos más Europa; eso sí, a renglón seguido, se dice que tiene que ser diferente a esta. Mientras, repetimos, Grecia está sola frente a todos los demás gobiernos de la eurozona. ¿Dónde quedó el internacionalismo de la llamada izquierda europea?

La paradoja más sobresaliente es que más de siete años de crisis y el tipo de integración resultante justifica, hasta la exageración, las razones por las que algunos nos opusimos a la Unión Europea en general y al euro en particular. No fuimos muchos, es verdad, pero lo que sorprende hoy es que no critiquemos a fondo esta específica construcción europea y no hagamos de esto un elemento central de la crítica al capitalismo neoliberal; ambas cosas, integración europea y neoliberalismo, son parte de un mismo proceso que solamente cabe calificar de regresión e involución civilizatoria.

Hay tres cuestiones que están íntimamente unidas y de cuya solución va a depender el futuro de nuestro país y, especialmente, de las generaciones jóvenes que buscan un mañana de dignidad, justicia y libertad. Estas tres cuestiones configuran un nudo que es necesario cortar, romper en mil pedazos: a) España, periferia del Sur de la UE; b) el modelo productivo configurado por las políticas de austeridad y c) la crisis del régimen del 78. Como se ha dicho, es una sola cosa con tres nódulos que se entrecruzan y se relacionan entre sí.

¿Qué significa ser parte de la periferia de la UE? Decía Eduardo Galeano que la división del trabajo es un mecanismo en el que unos se especializan en ganar y otros se especializan en perder. En la UE, en la zona euro, se ha ido organizando una división del trabajo en torno a un centro, cada vez más fuerte y poderoso, y una periferia cada vez más subalterna y dependiente cuyos modelos productivos se han ido estructurando según las necesidades, objetivos y estrategias de los países centrales.

Los años de crisis no han hecho otra cosa que profundizar este esquema de poder y España, como los demás países del Sur, se está especializando en perder. Resulta patético que se pueda hablar hoy de impulsar de nuevo derechos sociales, laborales y sindicales, es decir, de realizar políticas económicas sociales y democráticas como si la UE no existiera. Algunos hemos insistido hasta la saciedad en esta paradoja: las fuerzas nacional-populares tenemos hoy una gran posibilidad de construir un bloque político y social muy amplio en defensa de los derechos humanos fundamentales y de las libertades básicas, es decir, un programa antineoliberal de reconstrucción nacional, económica y social. La otra cara, la que está sufriendo la Grecia de Syriza, es que los límites para reformas, aunque sean muy moderadas, son enormes. Para decirlo de otra forma, la UE es una estructura de poder funcional a la globalización neoliberal dominante y no admite políticas alternativas aunque estas sean mínimas.

Las personas serias lo sabían y así lo dijeron. La introducción del euro sin una política económica común, una hacienda común y una legislación laboral y social común, es decir, una moneda sin un Estado detrás y con economías extremadamente heterogéneas tendría como consecuencia la profundización de lo que ya antes existía y que hoy es gravísimo: un centro cada vez más fuerte y poderoso y una periferia, los países del Sur, cada vez más dependiente económicamente, más subalterna políticamente y en regresión social y laboral.

El cuento que se nos narra es algo peor que una mentira. Se trata pura y llanamente de bloquear el futuro de nuestro país y conducirnos al subdesarrollo económico, social y político. Si no hay políticas realmente redistributivas en la UE y, específicamente, en la zona euro, estamos condenados a una “devaluación interna” permanente y a ir liquidando lo poco que queda ya de un Estado social que fue siempre débil. Haremos, como siempre, del ajuste salarial la variable clave y ganaremos competitividad rebajando derechos sociales, derechos laborales y precarizando sistemáticamente la fuerza de trabajo.

¿Alguien se imagina al Estado alemán dedicando el 8 o el 10 por ciento de su PIB para ayudar a los países del Sur? ¿Alguien se imagina al resto de los países ricos haciendo algo parecido? ¿De qué federalismo hablamos si no hay redistribución territorial, social y económica de renta y riqueza en nuestra cada vez más desigual e injusta Unión Europea? ¿Qué solidaridad? ¿Qué modelo social? El federalismo es la cobertura que legitima no solo las políticas neoliberales sino que, paradoja de las paradojas, impide la Europa política. Friedrich Hayek siempre defendió esto y no otra cosa.

El modelo productivo que emerge tras las políticas de crisis es cada vez más claro: una industria débil, dependiente y poco integrada en la economía productiva nacional; un sector servicios hipertrofiado, basado en un turismo de masas de bajo coste y, de nuevo –el entusiasmo es irresistible– el ladrillo como mecanismo de futuro, a lo que se añade una agricultura sin impulso y, en muchos sentidos, bloqueada. El asunto es simple, un modelo productivo así configurado no genera pleno empleo con derechos, hace de la precariedad la forma predominante de gestión de la mano de obra y consolida un modelo de relaciones laborales que significa para la mayoría de la población una nueva forma de servidumbre.

Nuestro sistema productivo es, sobre todo, un sistema de poder; ambas cosas están íntimamente relacionadas. No es casual que la crisis económica esté significando una enorme erosión del régimen del 78. Los poderes económicos, una alianza entre la oligarquía española y los poderes europeos, decidieron que los derechos y libertades consagrados en la Constitución de 1978 ya no servían para el capitalismo salvaje y depredador que estaba emergiendo de y desde la crisis. La “Constitución material” fue cambiando a golpe de directivas europeas y Zapatero terminó por convertirla en Constitución formal modificando el artículo 135.

El proceso constituyente, mejor dicho, destituyente, comenzó hace tiempo con una pequeña y singular variante: al margen y contra el pueblo soberano. Ser periferia de una Europa alemana significa más desigualdad, pérdidas concretas de libertades y de poderes reales, en definitiva, una ciudadanía condenada a la inseguridad económica, a la vulnerabilidad social, simples mercancías en un mundo cruel, despiadado y sin alma. No hay que darle demasiadas vueltas. A un modelo económico así configurado le corresponde una democracia cada vez más limitada y oligárquica y una clase política que convierte la corrupción en el modo normal de gestionar la cosa pública.

Al final el nudo se fortalece y se consolida cada vez más. El tipo de Unión Europea que el Estado alemán garantiza, representa una alianza duradera entre élites económicas y políticas, entre oligarquías en guerra de clases contra sus poblaciones. Las élites económico-financieras que hoy mandan en nuestro país, incluidas la burguesía vasca y catalana, están de acuerdo en este modelo de sociedad, con este sistema productivo y con esta estructura de poder resultante. Ellos son los enemigos de España y solo enfrentándose a ellos sistemáticamente estaremos en condiciones de vencer. O ellos o nosotros.


¿Cuándo entenderemos que nuestros pueblos tienen un enemigo común y que solo unidos podemos vencerle?

lunes, 4 de mayo de 2015

¿Qué es la unidad popular?


Para Salvador Allende, engarce imprescindible
entre nuestro pasado y nuestro porvenir.

Estas elecciones municipales y autonómicas están siendo muy duras para el sujeto popular: divisiones, prepotencias, sectarismos de todo tipo…, pero es solo una parte de la verdad. En otros muchos lugares, la unidad popular avanza y se consolida; centenares de candidaturas, empezando por Madrid y Barcelona, se han ido gestando con paciencia, con inteligencia, con sufrimiento. Cuando los ‘partidos-institución’ no responden a las demandas del ‘partido orgánico’ (las fuerzas que están por el cambio y la transformación), los ajustes se hacen difíciles y los muros parecen obstáculos infranqueables. Aun así, se saltan y se están saltando, y a veces se rompen y se están rompiendo.

Mujeres y hombres, activistas, cuadros sociales y políticos han hecho posible desde abajo lo que por arriba no parece posible todavía: unir a las diversas izquierdas, organizar amplios frentes democrático-populares, y hacerlo al calor de los movimientos sociales. El objetivo es claro: construir la alternativa al bipartidismo y gobernar para transformar. No es poco, es apenas el inicio y queda mucho, mucho camino por delante. La experiencia va a ser muy importante y dará fuerza, confianza y estímulo a los que han luchado, con paciencia y coraje, por la unidad popular.

Pero, ¿qué es la unidad popular? Intentaremos delimitarla, siempre provisionalmente, por aproximaciones sucesivas. Una primera definición podría ser la siguiente: un conjunto de políticas dirigidas, encaminadas, a la construcción de una sociedad de mujeres y hombres libres e iguales, liberados de la explotación, del dominio y la discriminación; una res pública. Se trata de una definición, quizá demasiado abstracta, que expresa objetivos políticos que actúan como principios, como ideas reguladoras, que sirven para criticar el presente y prefigurar las líneas maestras del futuro a construir colectivamente.

La unidad popular es, sobre todo, una estrategia, es decir, un modo de hacer y organizar la política concebida como acción consciente, colectivamente realizada. Para entender esto, es necesario hacer un pequeño rodeo sobre el poder en nuestras sociedades. En la sociedad capitalista, el poder es capitalista; no se trata de un juego de palabras; lo que se quiere decir es que el capital, los capitalistas, individual y colectivamente, tienen un poder estructural y que este está distribuido desigualmente y asimétricamente en nuestras sociedades. Este es y será siempre el límite objetivo de toda democratización en el capitalismo.

El Estado unifica al bloque dominante, asegura la subalternidad político-ideológica de las mayorías sociales y garantiza la cohesión de la formación económico-social, desde su monopolio exclusivo de la violencia legítima. El Estado capitalista es, pues, el espacio contradictorio donde se expresan los conflictos básicos, se dirimen las contradicciones entre fuerzas políticas y sociales y, esto es lo fundamental, se organiza y reproduce la clase política dirigente. Ni es neutro desde el punto de vista de los conflictos básicos ni un simple instrumento-máquina de las clases económicamente dominantes; su autonomía es siempre relativa, y cambia según condiciones. Ahora, en la presente crisis (es señal inequívoca de ella), la autonomía es más estrecha y su carácter de clase, más evidente.

Partiendo de esta realidad del poder en nuestras sociedades, se entiende mejor lo que significa la unidad popular como estrategia política emancipatoria. Gobernar es muy importante, planteárselo como objetivo demuestra la seriedad, la consistencia y el coraje de una fuerza política, pero debemos subrayar también que gobernar con un programa transformador significa, hoy más que ayer, algo más que acceder electoralmente al poder ejecutivo; hace falta fuerza social organizada para intentar (tarea muy difícil y siempre provisional) reequilibrar el déficit estructural de poder existente en nuestras complejas sociedades. En el centro, el Estado, y más allá, el conjunto de instituciones formales y no formales de eso que se ha venido a llamar la sociedad civil.

El objetivo es combinar, en el largo y en el corto periodo, la democratización de las instituciones del Estado con la articulación y desarrollo de poderes sociales. Ambas cosas, trabajo institucional y creación de poderes de base en nuestras sociedades concretas, tiene una prioridad local-territorial. Se podría hablar de la ‘territorialidad del poder’, es decir, de asentarse sólidamente en el espacio, crear vínculos sociales solidarios y altruistas, y expandir formas alternativas de producción y comercialización que aseguren el buen vivir de las personas, nuevas relaciones sociales respetuosas y en paz con el medio ambiente, volcadas hacia el futuro, uniendo dignidad y autogobierno de las personas con la apropiación colectiva del territorio.

Para no perder el hilo: ‘democratizar la democracia’ (como nos enseña desde hace años Boaventura de Sousa Santos) implica combinar un trabajo serio y sistemático en las instituciones (gestionar de forma alternativa es crucial) con la creación paciente, tenaz, contracorriente (la normalidad es casi siempre pasividad, subalternidad y dejar hacer al mercado, a los empresarios, al capital) de diversas formas de autoorganización social, practicas sociales e institucionales alternativas. La clave: una gestión institucional que genere conflicto y no paz social, que fomente la autoorganización de sujetos sociales fuertes; poderes sociales que ayuden a democratizar las instituciones, que socialicen la política y cambien la sociedad desde abajo.

Lo nacional-popular es la otra cara de la moneda, el contenido que hace posible la transformación social. Ser parte de la gente, ser gente, implicarse y aprender enseñando. Lo que hay detrás es un viejo asunto que tiene que ver con la vida cotidiana de las personas. La sociedad emancipada, lo que hemos llamado socialismo, implicaba una democratización sustancial de la política, del poder, de la cultura, de la economía. Es la democracia de la vida cotidiana, es decir, nuevas relaciones sociales entre los hombres y las mujeres, entre las empresas y los trabajadores, entre los servicios públicos y la ciudadanía, entre los seres humanos y la naturaleza de la que somos irreversiblemente parte. En definitiva, reabsorber la historia de las grandes palabras y de los hechos trascendentales en una cotidianidad liberada.

Lo peor es el elitismo de una parte significativa de los intelectuales, unas veces trufado de culturalismo, otras de marxismo de andar por casa (perdón, por los palacios) y los más, puro llegar holgadamente a final de mes. Los intelectuales tradicionales deben ser superados por otros que sean capaces de partir de las necesidades de las gentes, defendiendo y transformando los ‘sentidos comunes’, construyendo una nueva alianza con las clases subalternas. El objetivo es preciso: una nueva cultura que dé vida a un nuevo poder, a un nuevo Estado, a una nueva república protagonizada por los de abajo, fundada en la hegemonía política de las clases trabajadoras, de las clases populares.

La unidad popular, hay que insistir una y otra vez, es hoy obligatoria. Si algo pone de manifiesto la Grecia de Syriza (siempre sola, justo es señalarlo) es que el poder de los gobiernos ha disminuido mucho y que cualquier proyecto democrático y social requerirá conquistar más autonomía, más soberanía, más poder. Sin una mayoría social organizada, sin un pueblo convencido y movilizado, sin unas fuerzas políticas y sociales unidas, no habrá transformación posible y seremos, una vez más, derrotados, todo ello para mayor gloria de la Europa alemana del euro y del capital monopolista financiero. Al final, será muy importante un equipo dirigente audaz, inteligente y radical.


Se dirá que todo es demasiado genérico y que los seres normales no lo entenderán. Creo que se equivocan. Las encuestas sirven para lo que sirven y con restricciones. Hay, al menos, dos actitudes posibles: quedarse en lo que opinan las gentes sin más o partir de ellas, para ir más allá de ellas mismas. Por lo que sabemos, digámoslo con modestia, nuestra gente tiene ideas claras y enemigos de carne y hueso: los banqueros, los grandes empresarios, la gran patronal… Saben con bastante precisión que los poderosos han capturado al Estado y que lo han puesto a su servicio, y que los responsables de esta inmensa involución social y política son los dos grandes partidos dominantes, siempre apoyados por las burguesías nacionalistas vasca y catalana. Lo que hay que hacer ahora es convertir la enemistad política en proyecto alternativo de país. La diferencia entre transformación y transformismo es, muchas veces, una delgada línea. La unidad popular servirá, también, para que esta no se traspase.

sábado, 18 de abril de 2015

PODEMOS e IU. No hay alternativa a la unidad


Tania Sánchez y Mauricio Valiente, el pasado 29 de enero, 
durante la rueda de prensa en la que Podemos y Ganemos
 anunciaron el acuerdo para ir unidos a la municipales bajo la fórmula de un 
partido instrumental. / Emilio Naranjo (Efe)















A los que luchan por la Unidad
Popular: los perdedores de hoy
son los portadores del futuro

En una reciente reunión de la presidencia de Izquierda Unida, Cayo Lara, con el tono que ya es habitual en él, me interpeló sobre mi (supuesta) propuesta de “partido orgánico” y la necesidad de llevarla a la próxima asamblea de IU. De pronto comprendí que el problema era que el coordinador no había entendido el concepto y que polemizaba conmigo sobre un supuesto falso. Para decirlo claramente desde el principio, someter a votación en un congreso el “partido orgánico” es como decidir el concepto de clases sociales, Estado capitalista o la concepción de la hegemonía político-cultural.

De la “caja de herramientas” analíticas de procedencia gramsciana, el término “partido orgánico” hay que diferenciarlo del partido-institución. Se puede decir que para el destacado comunista sardo cada clase social básica tiene un solo partido fundamental que le es propio, lo que no impide que existan diversos partidos-institución ligados a él. Hoy, el “partido orgánico” emancipatorio sería el conjunto de fuerzas sociales, políticas y culturales que están por el proceso de transformación social. Para poner un ejemplo, en Madrid serían parte del “partido orgánico” Manuela Carmena o Mauricio Valiente; Luis García Montero o José Manuel López, pasando por Tania Sánchez o Agustín Moreno. Sin entrar en demasiados detalles, estos serían las puntas del iceberg del “partido orgánico” de la Comunidad de Madrid.

Un concepto así configurado tiene mucha importancia estratégica y normativa. Nos dice, en primer lugar, que la clave de la política emancipatoria siempre está en este bloque sociopolítico y cultural, en su desarrollo, en su unidad y cohesión política e ideológica. En segundo lugar, que los partidos-institución pueden ser o no funcionales a dicho “partido orgánico”, es decir, pueden favorecer su coherencia y vertebración o pueden contribuir a su división y a su ruptura interna. En tercer lugar, que la estrategia democrático-popular debe propiciar la organicidad, es decir, la correspondencia entre el “partido orgánico” y los partidos-institución transformadores.

No es fácil defender la convergencia y la unidad de las distintas fuerzas transformadoras y de izquierda en plena campaña electoral y cuando hay una competencia muy fuerte entre ellas. El “partido orgánico” ha cambiado mucho en este último periodo, en su composición y hegemonías internas, en su capacidad de organización y de movilización, en su pluralidad interna y en sus consciencia. Podemos refleja las insuficiencias de las viejas izquierdas y expresa un proceso contradictorio, heterogéneo y conflictual de organización de un nuevo sujeto político. El “espíritu de escisión” es muy fuerte y la búsqueda de diferenciación es casi inevitable.

Izquierda Unida vive una situación especialmente dura. No es fácil atravesar tantos desiertos y no encontrar el oasis de un buen resultado electoral. La crítica es siempre más fácil que la autocrítica cuando caen chuzos de punta y la organización corre el riesgo de sumirse en la irrelevancia. Se ha pasado de la esperanza de una subida electoral que forzara un acuerdo de gobierno con el PSOE, a luchar con uñas y dientes por un espacio político menguante. Como se verá, las condiciones están dadas para un durísimo antagonismo entre estructuras partidarias, quedando muy atrás las aspiraciones, los deseos y las demandas de un “partido orgánico” que sabe que la unidad no tiene alternativa. Se podría decir que son momentos propicios para los sectarios de todos lados, para el cierre de filas y la búsqueda del enemigo interno.

Sorprende, sin embargo (las elecciones andaluzas y las encuestas así lo dicen), que no seamos capaces de entender que las diversas izquierdas y Podemos somos insuficientes para los objetivos que individual y colectivamente nos proponemos. Este punto no puede ser eludido. La cuestión de fondo sigue siendo restauración o ruptura democrática, continuidad o cambio, en momentos de crisis del régimen y de transición (muy avanzada ya) hacia una democracia limitada y oligárquica.

La asimetría de fuerzas es espectacularmente favorable a los poderes dominantes. Cada acción de los de abajo implica una reacción de los de arriba que puede ser igual o, como sabemos ya, superior. Los que mandan y no se presentan a las elecciones siempre tienen el poder suficiente para construir alternativas. Sabemos que han reaccionado con prontitud y determinación: el surgimiento y el desarrollo de Ciudadanos como fuerza estatal y el ataque sistemático contra Podemos dice con mucha claridad que estamos ante una guerra de verdad y que los de arriba van a oponerse con toda su energía a cualquier intento de cambiar la actual correlación político-institucional de fuerzas.

Estas elecciones podían haber sido una oportunidad para avanzar en un proceso de unidad popular y de convergencia social y política de las fuerzas que están por la construcción de la alternativa al bipartidismo neoliberal dominante. Al final, creo, que no será así. Los llamamientos a candidaturas unitarias, a la unidad por abajo y demás consignas de la izquierda no consiguen eludir lo fundamental: la unidad por abajo es mucho más difícil de conseguir que la unidad por arriba. Es tremendo, pero es así. Cuando las cosas llegan abajo, en nuestras específicas condiciones, aparecen todos los demonios de la izquierda, sectarismos, oportunismos, desprecio, en definitiva, a las gentes “comunes y corrientes”. La “casta” está metida en nuestros huesos y falta grandeza y sobra mediocridad y pusilanimidad.

Hay que continuar. En centenares de lugares de nuestra patria se han hecho intentos de construir unidad popular. El resultado ha sido desigual, pero esperanzador. La unidad popular es la “prueba del nueve” de la coherencia programática y política de la izquierda. Vivimos una situación contradictoria: la izquierda reformista no lo es y el programa común puede ser el de una inmensa mayoría de nuestra sociedad. Podemos llegar al gobierno. ¿Qué haremos desde él si desde arriba y desde abajo no hay un pueblo organizado y con sentido de la historia? Es un viejo asunto, transformismo o transformación social.


Muchos y muchas pensarán que somos idealistas, gentes con buenas intenciones pero sin posibilidades reales de cambiar esta sociedad. Los “listos”, los realistas, los que todo lo saben, los que están en posesión de la verdad de siempre, dicen que no hay más cera que la que arde y que todos los demás somos ilusos, incompetentes soñadores de un futuro mejor. Olvidan una cosa, no pequeña, que nos enseñó el viejo Marx: la realidad es contradictoria y expresa tendencias reales hacia lo peor y hacia lo mejor, hacia la involución o el progreso social. Nada hay menos realista que aquellos que aceptan esta realidad como la única realidad.